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ABC SÁBADO 2 s 2 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CABREADO EL ESPAÑOL EL ÁNGULO OSCURO LOS OBISPOS Y LOS 400 EUROS L OS sociatas afirman que los obispos están muy lejos de la sociedad de hoy Lo dicen con la misma seguridad satisfecha con que el doctor Moreau le diría a un cisne: Estás muy lejos de la fauna de mi isla Los sociatas llevan cuatro años haciendo con la sociedad española lo mismo que hacía el doctor Moreau con las cobayas de su isla: fabricar quimeras y aberraciones. Y, claro, acostumbrados como están a pasearse por sus dominios entre seres con hocico de cerdo y pezuñas de cabra, los subleva sobremanera que aún haya gente que se resiste a pasar por las horcas caudinas de su ingeniería social. Que la sociedad española está sometidita a su hacedor sociata, como lo estaba la fauna de la isla al doctor Moreau, lo demuestra el sencillo hecho de que la promesa de la limosnilla de los 400 euros no haya provocado un nuevo motín de Esquilache. A la promesa de la limosnilla de los 400 euros la han tildado los analistas de temporada como compra de votos pero en puridad es algo mucho más alevoso. Con la promesa de la limosnilla de los 400 euros, los sociatas han actuado como las legiones romanas actuaban con las aldeas de los pueblos sometidos: primero les saqueaban los graneros y, cuando ya JUAN MANUEL entre los sometidos no restaba ni un ápiDE PRADA ce de dignidad, los convocaban en la plaza de la aldea y les arrojaban desde un carro unas cuantas hogazas de pan, para que se las disputasen como alimañas, mientras ellos se carcajeaban a mandíbula batiente. Para entonces, los aldeanos sometidos habían olvidado que aquel pan se había amasado con una parte exigua del grano que antes les había sido saqueado; y creían sinceramente que debían agradecer al ocupante la magnanimidad demostrada. A los sociatas no les entra en la cabeza que la jerarquía eclesiástica no crea en la sociedad que ellos han fabricado, esa sociedad que se deja someter a sus ingenierías como una cobaya en manos del doctor Moreau y que, en reconocimiento a su servidumbre, es recompensada con una limosnilla de 400 euros. A los sociatas les gustaría que los obispos se pusieran a la cola de la limosnilla, como cual- quier hijo de vecino; pero, como se resisten a desempeñar este papelón, arremeten contra ellos muy iracundamente, diciéndoles que están muy lejos de la sociedad de hoy casi tan lejos como lo estaba Casandra de la sociedad de Troya. A los sociatas les gustaría que las palabras de los obispos fuesen desatendidas como lo fueron las de Casandra por los troyanos; pero, por muy chinches que se pongan, todavía hay gente que los escucha, gente que no está resignada a que le crezcan hocico de cerdo y pezuñas de cabra. ¿Y cuáles eran las enormidades que los obispos han ensartado en su documento reciente? Todas ellas se resumen en una: la acción política no puede estar desvinculada de obligaciones morales objetivas, no puede estar desligada de principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano Y, desde estos principios, a modo de corolario natural, los obispos enhebran una serie de reflexiones entre las que se incluye una muy pertinente sobre la imposibilidad de que una sociedad fundada en la justicia reconozca como interlocutor político a una organización terrorista. A los sociatas esta precisión se les antoja inmoral que es como los amorales califican cualquier argumento que se oponga a sus designios; y censuran a los obispos que utilicen el tema del terrorismo para hacer campaña electoral Naturalmente, saben que los obispos no están haciendo campaña electoral, sino estableciendo principios que deben regir la acción política; pero para quienes carecen de principios, su invocación se convierte automáticamente en proselitismo electoral. Quizá no les falte razón. Quizá estas elecciones no sean, ala postre, sinoun dictamen sobrela vigencia delos principios en la acción política. En estecaso, los sociatas nada tienen que temer: si, después de hacer sus cálculos, han confirmado que pueden ganarse la voluntad de la mayoría a cambio de 400 euros, ¿qué les importa que unos obispos les lleven la contraria? O a lo mejor sí les importa; a lo mejor han descubierto que no toda la fauna de la isla está encantada con sus hocicos de cerdo y sus pezuñas de cabra; a lo mejor han descubierto que hay gente con nostalgia de ser cisnes, y que esa nostalgia no se soborna con 400 euros. www. juanmanueldeprada. com OCOS ciudadanos cuadran en elestereotipo del español cabreado con la lograda exactitud de Luis Aragonés Suárez. Fallecido el gran Agustín González y en retirada el versátil Alfredo Landa, los dos actores nacionales quemejor sehan desenvueltoen los diversos registros del cabreo, el seleccionador de fútbollidera elranking deceltíberos coléricos y en permanente estado de frustrada amargura, con la diferencia de que el suyo no es un malhumor impostado ni profesionalsinounacaracterística ontológica, una impronta existencial y casi metafísica. Hosco, malencarado, inestable, ceñudo, desaIGNACIO brido, Luis representa como CAMACHO nadie aeseintratablecompatriota que siempre parece haberse peleado con el mundo y caminar a contramano de la felicidad. No hay bronca que le disguste, ni trapo al que no embista, ni exabrupto que desprecie; es el retrato, tan intemporal y tan nuestro, del cascarrabias hispano, esehombrecrispado, sin correa ni cintura, en perpetua alerta quisquillosa, filosóficamente incapaz de permitirse a sí mismo un instante defrivolidad, de alegría o de relajo. Un ser a disgusto, arisco y destemplado, irritable y montaraz, que vive bajo un eterno nublado de suspicacia y recelo. Quizá por eso resulta, en el fondo, entrañable; es el tipo que todos conocemos, el amigo irascible, el compañero insatisfecho, el parientearisco instalado en un perenneenojo. Un personaje familiar, un ejemplar españolísimo que forma parte del paisaje social de una nación esencialmente airada. El abuelete pulguillas y gruñón al que nos gusta encabronar para disfrutar del espectáculo de su torva aspereza. El arquetipo de una España rígida y taciturna, refractaria y chapada a la antigua, camorrista y cazurra, castiza y desconfiada. En cada escaramuza con los periodistas, en cada desencuentro con el público, en cada incidente con los jugadores, Aragonés parece siempre dispuesto a representarse a sí mismo. Pocas veces defrauda, aunque la victoria le sonría oelclimalesea propicio. Ésta es unacaracterística inmarcesible y fundamental de ese español insociable, que ni siquiera dulcifica la bonanzaola suerte, novaya aserquealguien piense que por un guiño de la fortuna se ha vuelto tierno, apocado o algo mariconcete. El celtíbero recio nunca se ablanda, nunca se afloja, nunca baja la guardia de su sospecha o su aprensión. Bromas las justas, que pa chulo yo y pa pegarse, mi padre. Que no me cabe el pelo de una gamba, etcétera. Es chocante que, con todo lo que ha evolucionado la sociedad española, y el fútbol con ella, y con la creciente importancia de la imagen en la personalidad colectiva, España siga luciendo en su más nítido escaparate deportivo a un representante de su esencia más atávica y retardataria. Si al menos leacompañaseuna hoja indiscutible de éxitos no cabría reproche, pero cada improbable triunfo supone una sudorosa escala de sinsabores y forcejeos, un parto doloroso y esforzado que apenas sí prologa nuevas tormentas de desafueros. Quizá es que, en el fondo, Luis no represente más que un espejo de lo que somos, esepueblo encolerizadoy turbulentocapaz de grandes arrebatos de gloria y de fracaso, que cuando le hierve el radiador lo mismo organiza un dos de mayo que un catorce de abril... o un dieciocho de julio. P