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ABC LUNES 28 s 1 s 2008 DEPORTES 95 EL MUNDO ES UNA HISTORIA SIN FUERA DE JUEGO FUERA DE JUEGO Fernando Castro Flórez A Kikuchi, a la derecha, en un partido internacional con la selección de Japón ante la de Turquía AP El terror de las nenas Naoya Kikuchi, un futbolista japonés detenido el año pasado por mantener relaciones sexuales con una chica de 15 años, ficha por el FC Carl Zeiss de Jena, un centenario pero modesto equipo de la Segunda división alemana POR PABLO M. DÍEZ TOKIO. El FC Carl Zeiss de Jena, fundado en 1903 por los trabajadores de esta marca de lentes fotográficas, es un modesto equipo de la Segunda división de la Bundesliga. Su gloria se remonta a la época de la extinta República Democrática de Alemania, cuando ganó varias liga y jugó, en 1981, la final de la Copa de Europa, que perdió ante el Dínamo de Tiflis. Ahora, el FCC vuelve a sonar en el mundo, pero no por haber recuperado su esplendor de antaño, sino por su último fichaje. El club de Jena, en el estado de Turingia, no se ha hecho con los servicios de ningún astro brasileño, sino de un joven jugador japonés más conocido también por sus perversos gustos sexuales que por su talento. Se trata de Naoya Kikuchi, un futbolista de 23 años que participó en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 como miembro de la selección nacional nipona y que, el pasado mes de junio, fue detenido por actos indecentes con una menor de edad. A finales de mayo, Kikuchi, centrocampista del Jubilo Iwata, mantuvo relaciones sexuales con una chica de 15 años en el asiento trasero de su coche en Hamamatsu, en la Prefectura de Shizuoka. A cambio, el futbolista le dio a la muchacha 10.000 yenes (63 euros) pero, de una manera que no está clara, la cartera de Kikuchi con su carné de conducir acabó en la cesta de la bicicleta de la menor, que acudió a la Policía para devolverla. Aunque la chica, que no sabía que Kikuchi era futbolista, dijo que la había encontrado en la calle, los agentes no la creyeron y sospecharon que la había robado, por lo que al final confesó lo que había ocurrido. Kikuchi fue detenido y multado, ya que la legislación nipona prohíbe mantener relaciones sexuales con menores. Además, el escándalo obligó al presidente del Jubilo Iwata a expulsarlo del equipo, al tiempo que la Federación Japonesa de Fútbol lo castigaba prohibiéndole jugar durante un año. Apartado de la competición, Kikuchi ha reaparecido esta semana tras ser fichado por el FC Carl Zeiss de Jena. De momento, no se sabe si las madres dicha ciudad alemana están preocupadas por la llegada de este terror de las nenas pero es que en Japón hay una perversa y obsesiva fijación por las menores de edad. Basta con echar un vistazo a los contenidos de algunos comics manga plagados de violencia y sexo incluso con niñas, o darse un paseo por Akihabara. En este barrio de Tokio, plagado de tiendas de electrónica, se venden vídeos pornográficos protagonizados por menores con coletas o por jóvenes con uniformes de colegialas. Debido al materialismo que impera en esta sociedad tan consumista, se ha extendido el enjo kosai (textualmente, citas remuneradas Bajo esta expresión se conoce una forma de prostitución infantil en la que hombres maduros tienen citas con adolescentes o hasta con niñas a cambio de dinero o de carísimos regalos, como los teléfonos móviles más punteros o las últimas novedades de marcas como Gucci o Dior. pesar de que Zapatero promete que me devolverá 400 euros y Rajoy tiene intención, como dice el Mesías de Endesa, de mantener el dinero guapamente en el bolsillo del contribuyente, estaba el sábado por la mañana al borde del infarto. El árbitro acababa de anular un gol a Emilio, delantero del Moscardó infantil. Los improperios brotaban de mi enfermiza garganta: Malo, que eres muy malo Llegué, fanatizado, a la compulsión de repetición. Me daba igual que el balón rodara por el centro del campo o que ejecutaran un saque de banda o alguien regateara a sombras fugitivas, porque yo seguía a lo mío, recordando al colegiado el fallo garrafal. Incluso le animé a componer una ficción a partir de esa decisión funesta. Nada me consolaba y, así, al meter un gol el equipo de mis amores retorné, como la cabra, al monte o, mejor, a la grada para vociferar y, en plan cachondeo, subrayar que ahora si había fuera de juego. Los padres del otro equipo e incluso los del mío estaban, seguramente, hasta las pelotas de tanta obsesividad. Camino del bar, soñando con la cervecita, mi mente pantanosa cobró conciencia de que la decisión era ortodoxamente reglamentaria. Como te pones hombre- -me dijo uno que tiene talante estoico- -si el chaval tenía más razón que un santo No quise dar mi brazo a torcer y me impuse la tarea de fundar un club de socios contra el fuera de juego. ¿Qué sentido tiene esa regla que hace que el juego se detenga cada dos por tres y precisamente cuando la situación es más interesante? ¿Por qué tendría que ponerse en manos del linier, genéticamente falto de vista, una decisión trascendental? Esa línea imaginaria que trazan los defensas está sometida a más discusiones que las que ha generado la metafísica a lo largo de su historia. Jugadores como Pippo Inzaghi o Raúl viven en ese filo Tras el escándalo, el jugador fue despedido de su equipo y sancionado con un año sin jugar en su país Inzaghi o Raúl viven en ese filo de la polémica sacando partido de las maldades, los fallos y los errores ópticos de la polémica sacando partido de las maldades, los fallos y los errores ópticos. Su vertiginoso deambular en esa frontera dinámica hace que un partido pueda convertirse en algo más podrido que Dinamarca en el imaginario de Shakespeare. No soporto ese momento en el que, al repetir por la tele la jugada, un árbitro jubilado y varios jugadores metido a tertulianos demuestran que la comprensión es completamente prejuiciosa: unos ven fuera de juego indiscutible donde otros ven la legalidad resplandeciente e imperial. Empiezan entonces las chorradas de si el balón estaba en la bota del que centraba o ya en el aire, de si arrancó desde su campo o estaba en Parla. Menos mal que tras eras geológico- futboleras de discusiones bizantinas, pérdidas de tiempo y falta de entusiasmo, vemos resplandecer en el horizonte un nuevo mundo deportivo para el que no hace falta himno alguno. No estoy, aunque lo parezca, narcotizado, antes al contrario, he llegado a un estado de lucidez total gracias al programa proto- electoral de la sociedad que, como he dicho, quiero fundar. La cosa es elemental, esto es, reducida a un único punto: hay que abolir la regla del fuera de juego hoy mejor que mañana. Los jugadores podrán correr o vegetar, esperar la pelota o perseguirla con saña, colocarse a las espaldas del central o en el córner. Algunos eruditos del fútbol me dirán que esto no tiene sentido o que ya fue probado y no funcionaba bien. A pesar de lo que digan, estoy convencido de que el cerocerismo el dogmatismo de las defensas, la cerrazón italianizante y tantas aberraciones conocidas encuentran su cimiento en esa regla de la regla. A mi me gustaron siempre las curvas. En todos los sentidos. Sueño con un movimiento browniano de los jugadores, convertidos en partículas de trayectorias improbables, en la aparición de lo imprevisto incluso de lo mágico en esa zona tan fértil para lo soporífero. Además quiero conservar la poca voz que me queda y evitar que un día me pongan la camisa de fuerza en esas peligrosas gradas por las que el padre de Víctor, otro héroe del Moscardó, se precipitó de cabeza como si también estuviera atrapado en pensamientos oscuros. En una comida de las tropas de elite del ABCD, un poeta de tendencia filosófica preguntó, sin ruborizarse, qué era eso del fuera de juego. Nos quedamos helados y luego nos dio la risa floja. Llegará, lo juro, un día en el que esa pregunta será, como dijo Hegel del arte, cosa del pasado.