Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 26 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA BAMBOLINA ARECE mentira que Italia, ese país mágico orlado por la belleza, el arte y el talento, haya sido capaz de crear un fútbol tan feo y una política tan corrompida. Lo del fútbol es pecado venial, pero el envilecimiento político ha carcomido el Estado y socava poco a poco- -más lentamente de lo previsible, cierto- -los cimientos sociales. No es casualidad que esté perdiendo tantos trenes de competitividad y desarrollo: ni siquiera una nación que ha visto surgir a los Médici puede resistir la enfermedad crónica del desgobierno. El espectáculo siniestro de la caída de Prodi, con esos senadores insultándose a grito pelado- ¡stroncio! ¡bambolina! -en mediodeunabroncabarriobaIGNACIO jera y pedestre, nos proporCAMACHO ciona a los españoles un cierto alivio comparativo del que deberíamos aprender a sacar conclusiones. En esta legislatura tan dura y tan ruda como decía el exquisito Manuel Marín, a lo más que sehallegadohasidoaalgún vituperiodescortés, pero todavía estamos a tiempo de evitar el deslizamiento por la pendiente del bochorno. Incluso Martínez Pujalte parece un dandy wildeano al lado de esos próceres rufianescos y vociferantes como jabalíes en celo. Vacunados acaso por la vergüenza histórica del tejerazo, hemos ido aprendiendo al menos deboquillalassaludables virtudes deldecoro político, y más vale que miremos a dónde conduce la naturalidad del desencuentro. Lo que llamamos crispación es un juego floral frente al bochorno de un Senado a bofetadas y un Estado descontrolado entre los balbuceos pusilánimes de su primer ministro. Este Prodi es un buenazo incapaz, de una excelencia incompetente; su fracaso manifiesto debería de servir de aviso ejemplar a los que creen que se puede gobernar desde un buenismo de mosquita muerta pastoreando aliados tan montaraces comoindeseables. El que pueda entender que entienda. Del enemigo, el consejo, y del vecino, la advertencia. Los italianos se han aficionado desde hace décadas a derribar gobiernos con una frecuencia media semestral- -el único que aguantó fue Berlusconi, y no se sabe qué es peor- -y a componerlos a partir de un demencial sistema de cuotas que surge de una ley electoral fraccionaria. El poder de los pequeños partidos- bisagra ha consagrado un delirante mercado negro que somete al Estado a continuo chantaje. No hay país capaz de resistiresapresióndeinestabilidadcentrífuga en la que grupúsculos tardocomunistas, separatistas lombardos o neofascistas reciclados se erigen al tiempo en árbitros y parte del (des) equilibrio de poder. Ahí hay otra lección para el que quiera verla; a la gente que no es de fiar no se le puede dejar la responsabilidad de la dirigencia pública. Y menos, a la que no cree en el Estado del que forma parte. Así que este vergonzoso vodevil romano lo podemos mirar con aire de superioridad y llamarnos a andana o reflexionar ahora que estamos a tiempo. Si hemos superado a Italia en PIB es porque la democracia española se ha estabilizado con respeto institucional y solidaridad colectiva. Pero es bastante más fácil dilapidar un caudal que amasarlo. Se empieza con las pancartitas y las fantochadas y se acaba convirtiendo el Parlamento en un circo de payasos destemplados y la política en un patio de alcahuetes. P EL ÁNGULO OSCURO POCAS Y VIEJAS N la figura retórica denominada reticencia o aposiopesis, dejamos incompleta una frase dando, sin embargo, a entender lo que se calla. Josep Miró i Ardèvol, presidente de E- Cristians, acaba de hacer uso de esta figura al referirse a las asistentes a las recientes concentraciones proabortistas como pocas y viejas que es como referirse a las participantes en un certamen de Miss Universo como muchas y jóvenes escamoteando el epíteto de macizas, que las califica más certeramente. Uno contempla las fotos de estas concentraciones y es como si lo sumergieran de repente en un tanque de bromuro. No negaremos, sin embargo, que tales fotos poseen una innegable fuerza persuasiva: tal vez las manifestantes no logren que nos adhiramos a sus proclamas abortistas; pero, desde luego, sus visajes y alaridos constituyen una exhortación eficacísima a la continencia y un anafrodisíaco infalible. Los pintores de alegorías retrataban a la Fealdad solitaria y decrépita. Así, al describir como pocas y viejas a las proabortistas, Miró i Ardèvol traza un retrato alegórico que nos obliga a meditar sobre la fealdad moral de las tesis JUAN MANUEL que defienden, pues de la otra ya dejan DE PRADA constancia las fotografías. ¿Qué reclaman estas proabortistas? Aparentemente, la libre elección de la mujer; pero esto es, precisamente, lo que reclamamos quienes somos contrarios al aborto. Queremos, en efecto, que las mujeres tengan de verdad la posibilidad de elegir con libertad verdadera, sin ser arrolladas por circunstancias hostiles o por ideologías funestas que consideran la maternidad un oprobio; queremos que el estado de necesidad no empuje a abortar a las mujeres; queremos que sean atendidas en su tribulación y sostenidas con ayudas y asistencias concretas, para que la vida que se gesta en sus vientres no se convierta en una carga. No es, pues, una elección no coaccionada lo que se reclama en estas concentraciones, sino un presunto derecho a disponer de otras vidas, considerando que el feto es una especie de tumor en el vientre de la mujer. Se trata E de la misma idea que guiaba a los adoradores de Moloch, el dios demoníaco de los cartagineses, cuyo apetito trataban de saciar arrojando a sus hijos a un horno. La misma idea que el Marqués de Sade- -verdadero inspirador de la ideología abortista, según nos recuerda Antonio Socci en su vibrante ensayo El genocidio censurado- -expone descarnadamente a través de uno de sus personajes en La filosofía en el tocador: Somos siempre las dueñas de lo que llevamos en el seno, y no hacemos más mal destruyendo esta especie de materia que purgándonos de otra con medicamentos cuando tenemos necesidad. Los imbéciles que creían en Dios debieron seguramente considerar un delito capital la destrucción de esta pequeña criatura, porque, según ellos, en ese momento ella no pertenecía ya a los hombres. Pero desde que las luces de la filosofía disiparon todas esas imposturas, desde que la quimera divina ha sido puesta a nuestros pies, desde que, mejor instruidos sobre las leyes y los secretos de la física, hemos desarrollado el principio de la generación y comprendido que ese proceso natural no ofrece a nuestros ojos nada más extraño que la germinación de un grano de trigo hemos comprendido que una criatura más o menos sobre la tierra no comporta una gran diferencia y que nosotros nos convertimos, en una palabra, en dueños de ese trozo de carne, por animado que esté, no de forma distinta a como lo somos de las uñas que cortamos de nuestros dedos, de las excrecencias de carne que extirpamos de nuestro cuerpo o de los productos de la digestión que evacuamos de nuestras vísceras. Hace falta ser imbéciles para encontrar el mal en una acción tan indiferente Esta acción tan indiferente es lo que se defiende en esas concentraciones: el aborto como purga laxante y salutífera. Pero este grado de indiferencia sádica no sería inteligible si no hubiese detrás un culto demoníaco a Moloch que aspira a destruir lo que en el hombre hay de intrínsecamente humano. No sé si los adoradores de Moloch son pocos y viejos; pero los anima, desde luego, una arrebatada fealdad moral. Y contra la fealdad de Cartago acaban triunfando siempre las águilas de Roma, cuando ya parece que la batalla está perdida.