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ABC VIERNES 25- -1- -2008 El historiador británico Antony Beevor prepara un libro sobre Normandía 81 El club de los rockeros muertos El rock ha proporcionado a la más reciente mitología de consumo decenas de héroes, fabricados a partir de tragedias personales como las que inmortalizaron a Jim Morrison o Kurt Cobain JESÚS LILLO La recuperación de cierto tipo de héroe romántico, compuesto al cincuenta por ciento de fatalidad y autodestrucción, sin excipientes, todo veneno, llenó el altar del siglo pasado de rockeros, poetas muertos con los que alimentar la mitomanía de un público seducido por el morbo del martirio autoinfligido. A la gloria por la muerte, preferiblemente prematura, pasando por la tortura. El espesor de la leyenda, directamente proporcional al drama que la sostiene, se resiente con la normalidad de una muerte más o menos natural e incluso por el paso de los años: no es lo mismo el asesinato de John Lennon, el reventón de Elvis Presley, el cáncer de Bob Marley, el fallo multiorgánico de los Ramones o el infarto de Joe Strummer- -fallecidos en plena madurez, pasado el tiempo de una rebeldía que aquí también cotiza- -que los excesos que, en una adolescencia nunca cerrada, se llevaron por delante a Jim Morrison, Sid Vicious, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Brian Jones o Gram Parsons. El suicidio añade un extra de malditismo que sitúa a quienes se quitaron la vida- -Nick Drake, Kurt Cobain, Ian Curtis- -en lo más alto de esta monumental y anacrónica pirámide funeraria. Con su primer vagido, el rock idealizó entre el público una forma de vida enfermiza y carnal, ligada a la eterna juventud y en la que intervienen drogas y velocidad. Desde la desaparición, casi fundacional, del malogrado Eddie Cochran a los ajustes de cuentas que surcan el relato del hip- hop norteamericano, la lista de caídos en el mundo de rock es enorme, un suma y sigue que parece haber detenido el frenético ritmo de ingresos de la segunda mitad del siglo pasado hasta situarse, a través de antiestrellas de la talla de Pete Doherty, en el umbral de la caricatura mediática. Juventud idealizada La muerte de James Dean, la más mediática de toda la historia del cine ABC BUENOS DÍAS, TRISTEZA La literatura está forjada en cadáveres exquisitos, talentos despedazados, santos bebedores, divinas fumadoras, que han dejado huérfanos los folios ANTONIO ASTORGA MADRID. A Alfonsina Storni (46 años) le diagnosticaron un tumor, y la noche del 25 de octubre de 1938 se perdió en las aguas atlánticas de Mar del Plata. Su último poema finiquitaba así: Ah, un encargo, si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido El poeta galés Dylan Thomas se diluyó tras beberse dieciocho whiskys en la Gran Manzana. La bostoniana Sylvia Plath, que padecía trastorno bipolar, se suicidó de muerte dulce asfixiándose con gas a los 30 años. Dos siglos atrás, Mariano José de Larra se despidió de la vida y del artículo a los veintisiete años frente a un espejo, con una pistola a un lado de la sien, y la imagen de Dolores Armijo en el otro. A los 47 años, hace dos décadas, se apartó del mundanal ruido el poeta cubano Reinaldo Arenas, no sin antes culpar a Castro. A la misma edad (47) Cesare Pavese, asmático, impotente, comunista, molesto existencialmente, se envenenó con dieciséis sobres de somníferos tras su último fracaso amoroso (Constance Dowling) a quien dedicó un memorable poema: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos Y le llegó a los 33 al escritor granadino Ángel Ganivet en tierra extraña, Riga. El 29 de noviembre de 1898, cuando cruzaba el río Duina en un pequeño vapor, el autor de Idearium español se arrojó a las heladas aguas. Fue rescatado, y subido a bordo de nuevo, pero Ganivet, en un descuido, insistió y volvió a arrojarse al río, de donde ya no saldría con vida. Con un año menos de edad, el poeta griego Costas Cariotakis se lanzó al mar, pero las olas le devolvieron a tierra firme con vida. Tras dormir toda la noche, compró un arma de fuego, vistió su mejor traje y... directo al corazón. Alain Fournier veló sus armas literarias en la Primera Guerra Mundial, donde murió a los 27; y con 20 el bohemio Radiguet. Con 40 años la muerte de Jack London se vistió de misterio y controversia ¿suicido? ¿sobredosis de morfina? ¿accidental? ¿deliberada? Con cincuenta años murió el último piel roja Roberto Bolaño, y superado el medio siglo de edad Yukio Mishima, que se hizo el harakiri en protesta contra la decadencia nipona; Antonin Artaud, acribillado por el cáncer; Virginia Woolf, arrojándose al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras; Benjamin, Salgari, Scott Fitzgerald, Attila Joszef, Celan, Maiakovski, Feltrinelli, Lugones, Horacio Quiroga, Costafreda, Gabriel Ferrater... La muerte acecha al pie de la letra. Kurt Cobain, líder de Nirvana, muerto a los 27 años ABC