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ABC VIERNES 25 s 1 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA DEMOCRACIAS SIN LIBERTAD El éxito universal de la democracia está lejos de ser inevitable. No hay que descartar una oleada inversa de rupturas. Ojalá no sea así, porque existen razones de peso- -todavía y por mucho tiempo- -a favor del Estado constitucional. Conviene confiar nuestra suerte a la razón instrumental ilustrada, el método menos inútil para procurar una convivencia medio en paz. No hay que dejar lugar para la confusión interesada... OS hemos vuelto poco exigentes. El mundo está lleno de parodias democráticas que encubren dictaduras flagrantes, pero nos dejamos llevar por la retórica sin contenido. La democracia, se dice, es el esperanto político y moral de la era posmoderna. Como escribe Sartori, oficialmente carece de enemigos. Autócratas de la peor especie toman en vano un nombre respetable. Viejos y nuevos tiranos, señores de la guerra o dueños de Estados neopatrimoniales pretenden ganar legitimidad a través de las urnas. A veces, lo consiguen. Otras, terminan mal. Sucede en países marginales: ya saben cómo acabaron las elecciones en Kenia. También en naciones situadas en el núcleo del conflicto geopolítico que amenaza nuestra frágil seguridad: Pakistán es un buen ejemplo. La novedad vale incluso para eternos Imperios desvencijados: está claro que Putin ganará otra vez en Rusia, con la fórmula que sea. Tímida y generosa, la ciencia política acuña la expresión regímenes híbridos Vale más buscar las raíces en Montesquieu: su nombre es despotismo y su principio constitutivo es el temor. Instituciones y academias miran para otro lado. Naciones Unidas cuenta ya más de 190 miembros. Los analistas de Freedom House admiten que casi cien Estados merecen ser llamados democracias Otros llegan más lejos: hasta 130, he leído alguna vez. ¿Acaso es suficiente introducir una papeleta en una urna? í y no. Símbolo de la calidad moral del sistema, el acto de votar es condición necesaria pero no suficiente. Democracia constitucional, la única que merece tan ilustre condición, significa al menos: soberanía nacional o popular; pluralidad de partidos; elecciones, claro, pero libres y competitivas; instituciones representativas; división de poderes; en suma, garantía de los derechos fundamentales y las libertades públicas. Nadie pide lo imposible. El ideal es inalcanzable, pero conviene no reducir las exigencias mínimas. Con todas sus servidumbres, Occidente es una civilización privilegiada. La deriva partitocrática de las instituciones merece por supuesto una crítica severa. Cuidado, sin embargo, con las fórmulas mágicas: no hay atajos hacia una sedicente democracia sin partidos, ni milagros que conviertan a estas entidades en una expresión idílica de las virtudes cívicas al servicio del interés general. Como siempre, cualquier avance exigirá muchos años y mucho esfuerzo para alcanzar resultados discretos. El modelo constitucional es la expresión política de las ideas ilustradas, la economía (ahora social) de mercado, la sociedad de clases medias, el Estado de Derecho. La Modernidad, pues, en sentido estricto. Los posmodernos entretienen su ocio en quebrar el Gran Relato de una forma de vida menos injusta que ninguna otra. Luego nos extraña que los tiranos de medio mundo quieran justificar las dictaduras más atroces bajo el disfraz de un mandato popular. Fareed Zakaria emplea la expresión democracias no liberales en un ensayo que alcanzó un éxi- N to merecido. Allí recuerda que el símbolo de nuestra forma de gobierno no es el plebiscito de las masas, sino el juez imparcial. No hay que dejarse engañar. Exportar elecciones sin condiciones suficientes es ofrecer armas letales al enemigo. He aquí el error objetivo de los neocons más allá de etiquetas ideológicas o de preferencias subjetivas. Si hay Estados fallidos, es mejor no darles la oportunidad de blanquear sus carencias. Comicios con trampa han existido siempre. Basta recordar los tiempos del caciquismo, el encasillado, la distribución de los escaños desde un despacho ministerial. No sólo en España, por supuesto. Por eso resulta más coherente en política internacional el punto de vista de los realistas. Lo entienden ya los republicanos, lo mismo que los demócratas. Lecciones de Irak, en el terreno de la razón práctica: una superpotencia debe jugar la partida allí donde más le convenga. Cortesía diplomática, manipular a distancia, mover piezas de ajedrez. Discípulos de Kissinger, menos brillante pero mucho más eficaz que Leo Strauss. Bien lo saben los lectores de ABC, que siguen los artículos del ex secretario de Estado y distinguido teórico de las relaciones internacionales. n régimen libre no se improvisa de un día para otro. Volvamos a nuestros ejemplos. Quejas del cuestionado Musharraf en Bruselas: Pakistán necesita tiempo para completar lo que ustedes han hecho en siglos De acuerdo, pero tiene que empezar cuanto antes... En Kenia, ya vamos por setecientos muertos desde que cerraron las urnas. En Rusia, no hace falta recordar el final del espía Litvinenko o de la periodista Politovskaya. Desarrollo de la teoría. Soberanía del pueblo. Casi nadie la niega, porque no molesta, excepto el Islam militante con su doctrina teocrática sobre el origen y fundamento del poder. Pluralidad de parti- U S dos. Falla en muchos sistemas, por vía de hecho o de derecho. Elecciones libres: trampas, corrupción, recuentos falseados. Una legión de observadores internacionales se desplazan de acá para allá sin otra función más que avalar la limpieza del proceso en algunas mesas elegidas ad hoc Parlamentos: a veces, meras apariencias o sucedáneos, cámaras que sirven como eco al autócrata insaciable. División de poderes: nada más lejos de la realidad. Garantía de derechos y libertades: ni jueces independientes ni juicios justos. En estas condiciones, una llamada a las urnas sólo sirve para ofrecer un pretexto a los dictadores. Los más inteligentes lo saben utilizar. La oposición se desespera. Avalado por la comunidad internacional, el tirano abusa todavía más. Democracia sin libertad es igual a despotismo. Si el gobierno del pueblo no encaja en la democracia constitucional es un peligro para la libertad. La llamada democracia material y sustantiva contra la puramente formal o burguesa ya no resiste el veredicto de la Historia. Lo mismo, claro está, que falsas teorías orgánicas y artilugios similares. Es arduo el camino de las libertades. Hace trampas Hu Jintao cuando proclama que China construye su propio tipo de democracia de acuerdo con las condiciones nacionales Lo saben los dirigentes del Partido y lo sabemos todos, aunque callamos casi siempre. Pragmatismo obliga. Nos consta también que el populismo engaña sin pudor en nombre de un pueblo secuestrado por la demagogia. Acaso las fórmulas occidentales puedan mejorar su calidad. Quizá sea preciso debatir sobre posibles reformas: participativa, deliberativa, inclusiva. Tal vez habrá que releer a Rousseau, aunque nada bueno puede salir de su famosa paradoja de la libertad la voluntad general tiene derecho a obligar a ser libre al discrepante. En todo caso, el daño más grave para la libertad política deriva de la tentación posmoderna, una vez más liviana y oportunista: rebajar el nivel del examen nos permite contar más democracias. La realidad demuestra lo contrario. Ningún texto más hermoso que el discurso de Pericles al servicio de la polis Atenas era ética y políticamente mejor que su enemigo. Esparta ganó la guerra... E l éxito universal de la democracia está lejos de ser inevitable. No hay que descartar una oleada inversa de rupturas. Ojalá no sea así, porque existen razones de peso- -todavía y por mucho tiempo- -a favor del Estado constitucional. Conviene confiar nuestra suerte a la razón instrumental ilustrada, el método menos inútil para procurar una convivencia medio en paz. No hay que dejar lugar para la confusión interesada. Democracia significa libertades públicas, imperio de la ley, sociedad abierta, pluralismo de verdad... Los tiranos, que asuman su condición ante el mundo entero. BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas