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ABC LUNES 21 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA HUMO DE PAJAS EUNIÉRONSE los sabios a pensar, y de sus cabezas brotó humo. Los siete sabios de Grecia eran veinte, como bien explicó el guasón de Luciano di Crescenzo, y los catorce sabios de Zapatero son once, como un equipo de fútbol sin suplentes. Dos días han estado encerrados en Madrid, con sus laureados magines a toda máquina, y al fin ha brotado de tanta masa crítica una densa humareda. ¿Ebullición intelectual? ¿Hervor imaginativo? ¿Efervescencia ilustrada? Más bien humo de pajas, si hemos de calibrar a tenor de sus proIGNACIO puestas programáticas: CAMACHO plantar muchos árboles, cerrar las nucleares y comprar pilas de hidrógeno. Algunos ya estaban calvos, pero las caballeras del resto de minervas no corren peligro tras este maratón de brain storming. La tormenta de cerebros ha derivado en un mustio sirimiri de ideas. Eso sí, el más reputado del sanedrín, Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, ha dado el visto bueno a la supresión del impuesto de patrimonio, iniciativa fiscal que ya viene aplicando... ¡Esperanza Aguirre! Con honradez, Stiglitz ha declarado que el resto de sus consejos se han limitado a explicar lo que no hay que hacer. Menos prudentes, otros colegas han propuesto dar cerrojazo a las centrales atómicas y sustituirlas por baterías domésticas de hidrógeno, una por cada hogar. El padre de esta sugestiva revolución energética es Jeremy Rifkin, autor intelectual de la semana de 35 horas, el mayor fracaso laboral de la historia de Francia, que ahora se propone revisar el hiperactivo Sarkozy, a quien el día le cunde, como se sabe, con enorme elasticidad productiva. Sarko preconiza la cultura del esfuerzo, pero su compatriota Marie Duru Bellat, experta en educación, ha sugerido al PSOE la implantación de una atrevida fórmula contra el abandono escolar: un salario estatal para los estudiantes, que así no sentirán la tentación de trabajar antes de tiempo. Wangari Maahtai, nobelesa africana, al menos es partidaria de que alguien doble el espinazo: quiere que cada español plante un árbol, noble empeño que viene a completar el estímulo zapateril del baby cheque para cada celtíbero que tenga un hijo. Como no estaba Philip Petit, el generoso evaluador político del presidente, no se ha podido redondear la terna clásica con la recomendación de un incentivo para que todos los ciudadanos escriban un libro. Aunque si la izquierda sigue la pauta de este laxo Estado avanzado del Bienestar, no debe estar lejano el día en que el Gobierno establezca una subvención al que lea alguno. Bajo este tenue chubasco de ideas, Zapatero se ha hecho una foto sin más impermeable que su sonrisa. Los sabios son generosos y no han cobrado por tan abultada aportación a la praxis socialdemócrata. El más lúcido de ellos, George Lakoff- -el del elefante- propuso a Caldera la más interesante contribución del cónclave: quitarle páginas al programa electoral. Lakoff aún no tiene el Nobel, pero quizá haya que pedir para él un galardón urgente al sentido común. R EL ÁNGULO OSCURO LOS SABIOS ARBITRISTAS DE ZAPATERO APATERO, a imitación de los Austrias, se ha propuesto recuperar la figura del arbitrista, ese tipo humano de honda raigambre hispánica dispuesto a remediar los males patrios con las soluciones más disparatadas. Al arbitrista dedicaron los escritores de nuestro Siglo de Oro algunos pasajes desternillantes, inaugurando una veta satírica que parece improbable que encuentre hogaño continuadores. En la república zapateril delas letras abundan los estómagos agradecidos; y ya se sabe que un estómago agradecido es más propenso a la hagiografía que a la sátira, género que amarga las digestiones al soberano y le cierra el pesebre a quien aspira a hacer la tournée de los institutos Cervantes, que es como en España hacen turismo los plumillas. En El coloquio de los perros aparece un arbitrista dispuesto a remediar los quebrantos del erario público imponiendo que todos los vasallos de Su Majestad sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua para que el dinero que ahorren en otros condumios se dé a Su Majestad sin defraudalle un ardite Cuando supe que el Gobierno de Zapatero proponía a los españoles que comiesen conejo en Navidad paJUAN MANUEL ra compensar la subida de precios pensé DE PRADA que aquel arbitrista urdido por Cervantes sehabía reencarnado en alguno de los tropecientos consejeros áulicos que nutren de ocurrencias al inquilino de La Moncloa. Y cuando escuché al vicepresidente Solbes recomendar moderación en las propinas para contener la inflación me acordé de aquel otro arbitrista famoso que propuso reemplazar la moneda metálica por granos de cacao. Pero la apoteosis arbitrista de Zapatero se ha alcanzado con el nombramiento de ese comité de catorce sabios ¡el doble que los famosos de Grecia! venidos de allende las fronteras con el propósito de limpiar, pulir y dar esplendor al programa electoral socialista, redactado por el equipo de Pepiño Blanco. Uno piensa que para limpiar, pulir y dar esplendor a un texto de Pepiño Blanco resultaría más eficaz pasarlo por el corrector ortográfico quecualquier ordenador de medio pelo incluye entre sus herramientas bási- Z cas; pero en algo tiene que notarse que la sede de Ferraz es una nueva Atenas. Como en este comité babélico nadie sabeespañol, es improbableque consigan despiojar de anacolutos la prosa de Pepiño; en cambio, el suministro dedesatinos arbitristas está más que asegurado. Entre los sabios arbitristas secuenta ese Philip Pettit que hace honor a su apellido con libros chiquitines en los que, desoyendo el consejo del señor Lobo en Pulp Fiction, se dedica a chupar a Zapatero salva sea la parte. También Wangari Maathai, una nobelesa de la paz que plantó más de treinta millones de árboles en Kenia; desde entonces, los keniatas siguen sin llevarse un mendrugo de pan a la boca, pero al menos pueden sobrellevar los retortijones de tripas provocados por el hambre a la sombra de un árbol, que es un lenitivo muy reconfortante. A la inspiración de esta nobelesa quizá deba atribuirse una de las medidas arbitristas más superferolíticas del programa socialista, que consiste en levantar una barrera verde de cuarenta y cinco millones de árboles (uno por barba, para no ser menos que los keniatas) que frene el cambio climático; la medida suena un poco rocambolesca, casi como si para frenar los ataques de Al Qaeda se arbitrara levantar una barrera porcina pero no seremos nosotros quienes la critiquemos. Claro que antes convendría, si se quiere dejar espacio a tan millonaria plantación, que los alcaldes socialistas se dedicaran a recalificar como terreno rústico lo que antes recalificaron como terreno urbano para pillar cacho de las licencias al ladrillo. Quizá el arbitrista más demencial de nuestra literatura clásica sea aquel loco repúblico que el Buscón se tropieza camino de Segovia, dispuesto a ganar la plaza de Ostende absorbiendo con esponjas el agua del mar que lo rodea. Pero la ministra Narbona, con sus plantas desaladoras y sus trasiegos deagua de Almería a Barcelona, ha dejado pálidas las coñas quevedescas. Zapatero ha recuperado la figura del arbitrista para gloria de la nación española; y en esto, al menos, debemos considerarlo un digno émulo de aquellos Austrias en cuyos dominios nunca se ponía el sol. En los de Zapatero el sol tal vez se ponga, pero molestar no creo quemoleste, con cuarenta y cinco millones de árboles dándonos sombra. www. juanmanueldeprada. com