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ABC SÁBADO 19 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL CABALLERO BLANCO H EL ÁNGULO OSCURO RAJOY EN EL CABARÉ AJOY es como la esfinge sin secreto del cuento de Oscar Wilde, aquella mujer que se paseaba de noche cubierta por un velo y alquilaba casas de tapadillo, supuestamente para citarse con sus amantes. Al final del cuento, descubríamos que lo único que aquella mujer hacía en aquellas casas era encerrarse a leer novelas de heroínas misteriosas, imaginando que ella misma las protagonizaba. En lugar de velos y picaderos de mentirijillas, Rajoy utiliza para embozarse frases pretendidamente crípticas o irónicas de cuño marxista (por Groucho, no por Karl) En Alicante, para explicar a los militantes de su partido la exclusión de Gallardón, profirió literalmente el siguiente galimatías: No dependemos más que de los españoles y de nuestros compatriotas, y no dependo más que de aquellas personas a las que no conozco de nada y que ellas tampoco me conocen a mí El alcalde de Villar del Río encarnado por Pepe Isbert no se hubiese explicado mejor en Bienvenido, míster Marshall Pero una decisión como la que ha adoptado Rajoy, nuestra esfinge sin secreto, no admitía más explicación que este galimatías chusco. La explicación verdadera le hubiese exigido desnudarse y JUAN MANUEL desnudar a su partido, que cada vez se paDE PRADA rece más a una olimpiada de mediocres en la que Esperanza Aguirre se pavonea como Lola, la cabaretera encarnada por Marlene Dietrich en El ángel azul jaleada por sus incondicionales con púlpito mediático. Naturalmente, en este vodevil a Rajoy le corresponde el papel de aquel profesor Rath que, sometido a la pérfida voluntad de la cabaretera, acababa sus días haciendo reír a sus alumnos y colegas universitarios, disfrazado de payaso. Yo no sé si la inclusión de Gallardón le habría dado o quitado votos a Rajoy; pero el papelón que éste ha representado para dar satisfacción a Esperanza Aguirre, entronizándola como la nueva Venus de las pieles de la derecha española, reduce su estatura a tamaño liliputiense. Mi abuelo me decía siempre que la población masculina se divide en hombres, hombrines, monicacos y monicaquines; y Rajoy, puesto a rodar, parece dispuesto como el profesor Ra- R th a descender hasta la categoría más insignificante. Quizá a esa insignificancia se refiriese cuando describía a los españoles ¿o eran los compatriotas? como esas personas que no conozco de nada y que ellas tampoco me conocen a mí Rajoy tiene algo de increíble hombre menguante a quien ya nadie conoce, porque nadie lo ve: está acurrucadito bajo la suela del zapato de la cabaretera Lola, que sólo tiene que apretar un poco para despachurrarlo. Pero, fuera del papelón ofrecido por nuestra esfinge sin secreto, lo que más perturba de este episodio es el regocijo indisimulado que la exclusión de Gallardón ha provocado entre sus compañeros de partido. Decíamos antes que la derecha española se parece lastimosamente a una olimpiada de mediocres; ése es el legado aznarista que Rajoy ha administrado durante estos cuatro años, temeroso de que le moviesen el asiento. Y, claro, en medio de esta conjura de los feos, Gallardón resplandecía como un caballero con armadura; había que cargárselo, a ser posible con humillación pública, no fuera que le diese por fundar un nuevo Camelot. Yo siempre he pensado con Shakespeare que estas encarnizadas pugnas por el poder, en las que parecen entrelazarse las más enrevesadas causas, se explican a la postre por el factor humano Y la exclusión de Gallardón la explica el aborrecimiento que los mediocres tributan a quien saben mejor que ellos. Los mediocres anticipaban la presencia de Gallardón en el Congreso como una suerte de injuria personal, pues nada agravia más a los mediocres que la apoteosis de quien, por contraste, hace más patente su mediocridad. Les agravia más, desde luego, que perder unas elecciones. A fin de cuentas, con las elecciones perdidas y Gallardón relegado al ostracismo, los mediocres siempre podrán salvar el culo acurrucándose bajo la suela del zapato de la cabaretera Lola. Y, quién sabe, quizá Lola se apiade de ellos y decida no despachurrarlos, a cambio de que se estén quietecitos. Como cantaba Marlene en El ángel azul Ich bin die fesche Lola, mich liebt ein jeder Mann. Doch an mein Pianola, da la ich keinen ran! Soy la elegante Lola, todos los hombres me conocen. Pero mi pianola, ¡nadie la toca! www. juanmanueldeprada. com AY político, y de los buenos. Llamándose Pizarro sabe estar a la altura del apellido: es un tipo correoso, demótico, preparado y fajador. Ha llegado en un momento crítico, con el caso Gallardón crepitando en la opinión pública, pero se ha abierto paso con pulso firme y una claridad sobresaliente de ideas; tiene tanta vis politica que parece llevar bajo el terno una túnica de tribuno. De sus dotes parlamentarias ya hubo noticia cuando afrontó, siendo presidente de Endesa, una comparecencia en la Cámara catalana para hablar de los apagones: iba de carne de cañón y se merendó a los IGNACIO portavoces en una exhibiCAMACHO ción dialéctica. Tiene cabeza jurídica, experiencia gestora y está curtido en crisis; es un comepapeles que además sabe explicarse y que le entiendan. Su irrupción ha sido una ventolera de aire fresco en el cargado ambiente del PP, oxígeno puro para un Rajoy merecidamente zarandeado por la pésima gestión del conflicto gallardoniano. La pena es que el líder del PP se las haya aviado para restar por un lado lo que sumaba en el otro. Pero si con el alcalde de Madrid se ha equivocado, empobreciendo su candidatura, con Pizarro ha acertado- -él y Aznar, que dio la última vuelta de tuerca- -de pleno para enriquecerla. Ha fichado a un hombre de enorme polivalencia: puede ser un vicepresidente económico, un ministro político o un gestor de responsabilidades de Estado. Tiene madera sobrada de portavoz parlamentario... y quién sabe si proyección futura de liderazgo. Con Gallardón y Aguirre fuera del Congreso, con Zaplana quemado en una legislatura abrasiva, Pizarro puede ser una opción a considerar en caso de que una eventual derrota abriese una catarsis en el partido. De momento ha ingresado como militante, no como independiente, y es seguro que no ha abandonado sus bien retribuidas prebendas para un viaje de dos meses y un día. El hombre que buscaba un caballero blanco para Endesa puede acabar siéndolo él mismo en el PP si es capaz de multiplicar dividen, dos como lo hizo en la OPA eléctrica. No se trata de una especulación a humo de pajas; se está hablando de ello seriamente en los pasillos de la calle Génova. Al quemar abruptamente las naves de los dos aspirantes madrileños, Rajoy se ha asegurado la posibilidad de administrar la hipotética sucesión a su manera. Y cabe colegir razonablemente que tenga para ello el influyente visto bueno de un Aznar que no pierde de vista las estrategias de futuro. En cualquier caso, Pizarro tiene trazas de ganador y llega para amarrar bazas de victoria y fajarse en una pelea a cara de perro. Los socialistas lo van a recibir a sartenazos esgrimiendo los millones que se ha llevado de Endesa, pero ese debate tiene poco recorrido. Primero porque se pudo llevar más aceptando la oferta de la Caixa; segundo porque es un hombre de caudales, pero no un plutócrata, y tiene los pies en el suelo. Y tercero, last but not least, porque puede que a la izquierda le produzca desconfianza el dinero- -salvo a algunos que lo descubren de repente, y de qué manera- pero en el evangelio liberal no está escrito que un rico no pueda entrar en el reino de los cielos de la política con las recetas para que cualquiera pueda llegar a serlo.