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ABC VIERNES 18- -1- -2008 VIERNES deESTRENO 85 EL VERDADERO ESPEJO DE FERMINA DAZA Gabo supo que existía por su amigo Jomí García Ascot, hermanastro de Virginia Ernst, la mujer turco- española cuyo reflejo inspiró una romántica escena de la novela POR ZABALA DE LA SERNA MADRID. Cierta noche entró en el Mesón de don Sancho, un restaurante colonial de alto vuelo, y ocupó el rincón más apartado, como solía hacerlo cuando se sentaba solo a comer sus meriendas de pajarito. De pronto vio a Fermina Daza en un gran espejo del fondo... Aquel espejo mágico existió realmente e inspiró a Gabriel García Márquez una de las escenas más románticas de El amor en los tiempos del cólera Supo de su existencia a través de la palabra de Jomí García Ascot, poeta, cineasta, ensayista, crítico de arte, editor y uno de sus primeros amigos, junto a Carlos Fuentes y Álvaro Mutis, a su llegada a México en 1961. Jomí compartía tanto con Gabo que el Nobel colombiano le dedicó Cien años de Soledad A Jomí García Ascot y María Luisa Elío Jomí (José Miguel) había nacido en Túnez en 1927; contaba sólo doce años a la hora de partir hacia el exilio de la mano de su padre, el diplomático Felipe García Ascot. Atrás dejó España y a su adorada hermanastra, hermana de madre, Virginia Ernst, casada ya en 1939 con Victoriano de la Serna, figura del toreo de la edad de plata, época prebélica e incivil de la II República. Nada, ni la distancia ni la guerra, separó nunca a los hermanos, unidos por el amor y los recuerdos. Siendo García Ascot un niño de babero aún, vivió con la débil consciencia de la tierna infancia la excursión estival desde el consulado de Elvas (Portugal) a Villagarcía de Arosa (Pontevedra) que refrescó luego en conversaciones epistolares y añorantes charlas fraternales en visitas intercaladas por demasiado tiempo. Virginia irradiaba una belleza pura de cara lavada, muy Ingrid Bergman, iluminada por el gris profundo de unos ojos que arrastraban el mar de invierno desde su Turquía natal. No había pasado la barrera de los dieciséis en aquel verano de principios de los años treinta, cuando entró con toda su familia en un hotelillo gallego de corriente presencia. Victoriano de la Serna fumaba, con las piernas cruzadas como su traje de alpaca inmaculado, sentado en el brazo de un butacón, de espaldas a la entrada, enfrentado a un grande espejo, rodeado por su cuadrilla. Alzó Alzó la vista y el reflejo de Virginia lo deslumbró: Alicia había vuelto a atravesar el espejo la vista para elevar una columna de humo desde su boca, y el reflejo de Virginia lo deslumbró: Alicia había vuelto a atravesar el espejo Al genial torero de hondas verónicas se le iluminó la vida y no dudó, una vez más: Acabo de conocer a la que será mi mujer dijo a sus sorprendidos subalternos. Sólo hubo que esperar a que la mayoría de edad le llegase a Virginia Ernst; La Serna, como Florentino Ariza, se obsesionó con el espejo, que le había traído a sus brazos a la mujer que lo acompañaría hasta su último aliento en 1981, hasta que lo compró: No fue fácil, pues el viejo don Sancho creía en la leyenda de que aquel precioso marco tallado por ebanistas vieneses era gemelo de otro que perteneció a María Antonieta, y que había desaparecido sin dejar rastros: dos joyas únicas. Cuando por fin cedió, Florentino Ariza colgó el espejo en la sala de su casa, no por los primores del marco, sino por el espacio interior, que había sido ocupado durante dos horas por la imagen amada El espejo de Virginia Ernst fue el verdadero espejo de Fermina Daza. El amor en los tiempos del cólera EE. UU. 2007 137 minutos Género- -Drama Director- -Mike Newell Actores- -Javier Bardem, Giovanna Mezzogiorno, Benjamin Bratt La pasión se quedó en la pluma JOSÉ MANUEL CUÉLLAR Gabo se mira al espejo en casa y ve su imagen deformada, un tanto frustrada. Viene de decirle a la canallesca que está contento con lo que ha visto, que no han traicionado su texto y que Newell ha trabajado bien, pero en el fondo piensa que algo falta en el pack, que el alma de lo que ha observado es insuficiente, que está truncada por algo. Una vez más, una vez más... Es así, tampoco Mike Newell lo ha logrado, y van... La historia dice que llevar un texto de Gabriel García Márquez al celuloide es tarea compleja, por no decir imposible. Fracaso tras fracaso, Gabo vuelve a casa decepcionado. El daño viene dado por su precisión en la descripción del alma, su detalle, su talento indescriptible en la narración, que se va a diluyendo cuando se hace cuerpo presente. Todo eso lleva sus historias a un grado de pasión tal que se escapa entre los técnicos dedos de los directores que hacen cola para semejante hazaña. El amor en los tiempos de cólera es un empeño más, y también un empeño fracasado. La pasión se quedó en la pluma de Gabo, y aquí no se siente más que una ñoña historia de cierta sosería que intenta inculcar algo de ardor en los ojos del espectador sin apenas conseguir más que un fruncir de ceño. Ni siquiera Bardem ayuda. Bardem es muy bueno, pero a veces equivoca las elecciones. Su físico de piedra y acero pa los barcos no le para el papel y su talento gestual no le llega para la empresa, ya no digamos su defectuosa dicción, algo habitual en él. De la quema se salva Giovanna Mezzogiorno, tierna y frágil, pero es una gotita de agua en el incendio que conforma un casting universal, con la fatal amalgama de estilos, nacionalidades y forma de hacer cine que conlleva una multiproducción de este tipo que, finalmente, se mantiene a flote en la rigurosidad del guión, pero con vías de agua producidas por un alma inexistente. Las actrices Alicia Borrachero y Giovanna Mezzogiorno, durante la presentación en Madrid de la película de Mike Newell ERNESTO AGUDO