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ABC VIERNES 18 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CADENA DE ERRORES NA perversa constante histórica del centroderecha españoles su capacidad para enredarse a sí mismo. Cada vez que se encuentra ante una expectativa favorableselas apañapara ponerse unaautozancadilla. El caso Gallardón viene a ser el ejemplo más reciente, pero en absoluto el único y por desgracia es probable que tampoco el último, de esta tendencia autodestructiva. Donde podía sumar, el PP ha restado. Cuando podía avanzar, ha retrocedido. YahoraRajoy tienequeabrirse de nuevo paso en un terrenoencharcadoporlatormenta política de una cadena de errores propios y ajenos. IGNACIO Error número 1: La imCAMACHO paciencia de Gallardón. Quiso presionar a Rajoy a través de la opinión pública, loque, además deincomodar allíder, descubría la estrategia del alcalde ante sus adversarios. Luego, a medida que transcurría el tiempo, se fue poniendo nervioso y, lo que es peor, lo dejó traslucir. Más bazas para quienes querían cerrarle el paso. Error número 2: La procrastinación de Rajoy. Del latín procrastinare: diferir, aplazar. Es proverbial la tendencia del presidente del PP a dejar pudrir los problemas, pero esta vez la ha mezclado con un sentido equivocado de la iniciativa de los tiempos. Si no pensaba llevar a Gallardón en su lista, pudo habérselo dicho en un principio y zanjar la cuestión. Si lo quería poner, debió habérselo dejado claroa Esperanza Aguirre. Probablemente él mismo no lo tuvo decidido hasta el último momento, duda que ha convertido un asunto relativamente menor en una polémica nacional. Su autoridad hasalido malparada y con la sensación, generalizada en el propio partido, de que le ha estallado la crisis en las manos. Error número 3: La filtración del fichaje de Pizarro. La baza oculta para compensar la polémica gallardoniana saltó a destiempo y consumió su principal efecto en pocas horas. Laagenda de comunicacióndeRajoy quedó hecha pedazos, y el ruido del debate que menos le interesaba devoró la novedad positiva. Error número 4: El órdago de Esperanza. Ha sido la gran vencedora del pulso, y está administrando correctamente su victoria en un prudente silencio, pero con su órdago final de dimitir de la presidencia autonómica para no perder comba sucesoria le ha faltado el respeto a su propio cargo. Quizá esto haya sido lo más desalentador de la crisis: que tanto ella como su rival, dos de los mejores gobernantes activos delPP semanifestasen dispuestos adeclinar sus responsabilidades institucionales con tal de perfilarse en la disputa interna. Los ciudadanos que los eligieron no se merecen eso. Error número 5: Los pucheros del alcalde. Con suactitud deCalimerolloroso, Gallardón ha ofrecido una imagen victimista que le debilita. Un político tiene que mostrar entereza en la derrota, por injusta que sea o le parezca. Ha dado una sensación de inmadurez y egoísmo, el lastre que empaña su incontestable brillantez. Estos cinco errores se encierran, como los mandamientos del catecismo, en dos: un pésimo manejo de los tiempos y un evidente vértigo ante las posibilidades de victoria. Que, aunque parezca imposible, aún siguen en pie... sólo que quizá algo más lejos. O no, que diría alguien. U EL BURLADERO LA VIGENCIA DEL ASUNTO DEL HOMBRE DE LAS CEJAS BREZNEVIANAS sero de los concursantes de Operación Triunfo cuando son evacuados del concurso. Conviene en momentos tan delicados controlar las inevitables tendencias a la sobreactuación. Creo que lo ha conseguido, sinceramente. La Alcaldía de Madrid, por otra parte, no merece ser considerada una suerte de trampolín desde la que acceder a destinos de más grueso fuste. Piense el alcalde que si Mariano Rajoy gana, habrá tenido razón en esta decisión tan severa como controvertida, pero si pierde siempre le asistirá el beneficio de la duda de haberlo hecho por no haber contado con su persona en el paquete final. Es sabido que todo perdedor despierta simpatías, pero bien sabe el hombre de las cejas breznevianas que son de corto recorrido y de escaso consuelo (las simpatías, no las cejas) El Partido Popular es, por regla general, un colectivo de buenas ideas pero de malos ademanes, y acostumbra a brindar a sus opositores regalos de última hora que éstos aprovechan con la eficacia conocida de la izquierda española. Durante las horas que han mediado entre la resolución de la crisis y la mañana que hoy alumbra las tierras de España, los portavoces del PSOE han procurado, con toda lógica, meter el dedo en la herida y orinarse en las llagas que deja toda decisión polémica, pero deberían darse prisa en apurar todo el contenido de la vejiga ya que se va a empezar a hablar más de Pizarro que de Ruiz- Gallardón. Convendría que dejaran de llorar por él y empezaran a buscar argumentos más sólidos de oposición al antiguo presidente de Endesa que los que hacen referencia al dinero obtenido por la venta de sus acciones. Ruiz- Gallardón ha barrido a los socialistas en cuatro ocasiones consecutivas en el ámbito de Madrid y ese es motivo suficiente para estar contentos por su no inclusión en las listas populares. Esto, en cualquier caso, no ha hecho más que empezar. Verán como, en cuanto pasen unos días, la distracción estará en otras cosas y nos proporcionará, de aquí al día nueve, nuevas e impredecibles excitaciones. www. carlosherrera. com O siento, pero este asunto creo que da para lo que da, no para mucho más. Así que si los socialistas piensan que lo de Ruiz- Gallardón es el gran regalo que esta derecha- -a la que tanto le gustan los triunfos difíciles- -les hace en plena campaña, ya pueden ir buscando otro argumento porque su efecto va a pasar poco más allá de esta columna. Igual me equivoco y no se habla de otra cosa de aquí al día nueve, pero el olfato me dice que el alcalde de Madrid, el político mejor valorado por quienes no le votan, será objeto de deseo mientras no pase otra cosa digna de mención. Los apellidos, generalmente, no transcienden a las siglas, con lo bueno y lo malo que eso tiene. Alberto Ruiz- Gallardón, se ha dicho hasta la saciedad, es político ambicioso y eso siempre levanta sospechas. Usted puede ser un médico ambicioso, un fontanero ambicioso y hasta un funcionario ambicioso, pero si es político deberá disimularlo porque la ambición en ese campo suena a cosa rara, a se le ve el CARLOS plumero o a a saber qué querrá Lo HERRERA normal es que todo el que entre en política quiera ser presidente del gobierno de la misma manera que todo el que inicia una carrera aspira a quedar el primero, y eso, que en cualquier competición es comprensible, en política debe ser disimulado. Alberto no lo ha hecho, con todo lo bueno y todo lo malo que eso comporta, y probablemente ha medido mal las consecuencias. Quería ir en las listas porque aspiraba a ser el sucesor, sin más, y puede que lo diera a entender demasiadas veces, a destiempo y, lo más importante, sin apoyos reales en las estructuras inmediatas de su partido. Por si eso fuera poco, al no haber conseguido su objetivo- -legítimo por otra parte- ha amagado con cometer el error añadido de despedirse antes de tiempo, pero afortunadamente ha sabido recoger a tiempo tanto esas intenciones como alguna lágrima furtiva que le hubiese puesto al ra- L