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ABC MARTES 15 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA MENTIRA ERECEMOS un Gobierno que nos mienta. Merecemos un Gobierno que nos engañe. Merecemos un Gobierno que nos tome por tontos capaces de perdonarle sus manifiestas falsedades y sus toscos disimulos. Y merecemos, también, una oposición incapaz de sacar partido de toda estafarsa, enredadaen un catastrofismo tan confuso que envuelve todas sus razones en elestrépito de su propia alharaca. Lo merecemos porque en un país acostumbrado a la transparencia democrática no habría presidente capaz de confesar que ha mentido con la pasmosa tranquilidad con que Zapatero lo ha hecho a sabiendas del nulo coste electoral de una conducta tan vergonzosa. Más aún, tratándonos de IGNACIO convencer a los ciudadanos CAMACHO de que el fin justifica los medios y de que su trapacera doblez en la negociacióncon ETA buscaba el bien colectivo de nuestra paz perpetua. Con perfecta conciencia de que sus embustes eran ya algo tan interiorizado por la opinión pública que se puede permitir el lujo de admitirlos con el orgullo de quien efectúa un generoso ejercicio de autocrítica. No ha habido, en el ominoso transcurso del mal llamado proceso de una sola verdad consistente, ni una mezquina gota de sinceridad objetiva. Todo patraña, mendacidad pura. El presidente abordó la negociación con los terroristas con desprecio absoluto de las condiciones que él mismo estableció ante la ciudadanía y para las que pidió el refrendo del Congreso. Convirtió las reglas en un papel mojado a merced de su empecinado designio. Mintió sin ambages y sin importarle que se acabara sabiendo. Negoció sin que cesara la violencia, y mantuvo el diálogo más allá del atentado mortal que provocó su más clamorosa mentira, la de que habían cesado las conversaciones. Y negó y mandó negar las evidencias cuando se hicieron patentes, para acabar aceptando que sí, que lo hizo, que lo volvería a hacer y que todo fue en aras de su suprema voluntad de hacer el bien por caminos torcidos. Sin pedir ni siquiera perdón; para qué, si se sabe de antemano indultado por la bochornosa amnesia de una sociedad anestesiada. En cualquier sitiodondela democracia conservase un mínimo rigor ético, un gobernante capaz de tan desahogada suficiencia quedaría de inmediato invalidado moralmente para pedir al pueblo la renovación de su confianza. Su crédito se pulverizaría en una nube de desdén e ignominia. Aquí, sin embargo, raro será que no acaben apostrofados como rabiosos savonarolas quienes conserven aún cierta capacidad de escándalo, mientras la oposición ya ni siquiera se siente con fuerzas para erigirse- -probablemente por el desgaste de su propia recurrencia- -en el referente necesario de la atropellada dignidad de las instituciones y del sistema. Pero peor es el vacío conformista, la silenciosa y amortizada anuencia con que la certidumbre de un engaño cae en la acolchada sensibilidad de una opinión pública herrumbrosa. Dice Rosa Díez, ingenua o estupefacta ante este arrogante descaro, que un presidente tan relativista e insolvente le da miedo. Pero miedo, lo que se dice miedo, lo produce la acomodaticia, conformista, sumisa reacción de quienes ni siquiera se ofenden cuando les mienten y traicionan con la mayor de las naturalidades. M LISTAS ABIERTAS PITILLOS EN LA RIVE GAUCHE H AY que ver lo bien que quedaban los escritores franceses en la foto, con el pitillo colgando de los labios: Albert Camus corrigiendo un editorial de Combat André Malraux con uniforme de piloto en la guerra civil española, Jean- Paul Sartre escribiendo en un bar de Saint- Germain. Con sus ojos de besugo a la absenta, el poeta Jacques Prévert fuma un gitanes con un gato que se le enreda entre las piernas. La legislación antitabaquista de la era Sarkozy acaba con ese icono de la cultura europea, sobre todo de izquierdas. Sin su pitillo sempiterno, el intelectual francés ya no es lo que era. A lo mejor deja incluso de firmar manifiestos ideológicos. Ni tan siquiera el general De Gaulle dejó de retratarse con el pitillo, a punto de proclamar por undécima vez que después del gaullismo vendría el diluvio. Desde su retiro irlandés, escribe un telegrama de felicitación a Georges Pompidou, recién elegido presidente. Enviado el telegrama, comenta: El deslizamiento de Francia hacia la mediocridad va a proseguir Entre el humo de los pitillos de Sartre, el moño pseudojansenista de Simone de Beauvoir mantuvo siempre la conVALENTÍ tundencia del dogma. Al cumplirse los PUIG cien años de su nacimiento, ni un experto en determinar el sexo de los ángeles podría reconocer una brizna de talento o de verdad en el rastro de Simone de Beauvoir. Para más inri, la revista Time acaba de dictaminar que la cultura francesa ha entrado en barrena. A la hora de salvar los muebles, incluso la ligera Françoise Sagan tiene más méritos que la pesada Simone de Beauvoir. Ni el tan admirado pacto amoroso entre Simone y Jean- Paul Sartre resulta tener la menor autenticidad. El postfeminismo está a años luz de las arcaicas estipulaciones de El segundo sexo Aun así, algunos le debemos un favor. En 1971 aparece en las librerías españolas la traducción de El pensamiento político de la derecha de Simone de Beauvoir. Leerlo fue muy revelador: ahí uno se dio cuenta de que, dadas las cosas que la Beauvoir tenía contra la derecha, ser de derechas- -de la derecha europea, liberal- conservadora y burguesa- -no podía ser tan malo. Según Simone de Beauvoir, la burguesía sólo tenía el horizonte del fascismo y oponer- -como entonces hacia Aron- -los valores humanistas y cristianos al comunismo soviético era una mentira más, sin esperanzas. Claro que en aquellos tiempos lo recomendable era equivocarse con Sastre y no acertar con Aron. Una burguesía que se siente fuerte no piensa: se dedica a la violencia. Era absurdo negar que Dios estuviera a sueldo de los poderosos de este mundo. Eso quedaba dicho y escrito con el muro de Berlín, bañado con la de sangre de quienes habían deseado vivir en libertad. Uno le agradece a Simone de Beauvoir que le ayudase a desembarazarse de tanto fetiche intelectual de la izquierda. Aquel ensayo sobre el pensamiento político de la derecha resultó ser como esas inmersiones en la falsedad que- -por su propio exceso- -ayudan a distinguir la razón del fraude. En aquellos meses también aparecía en España la traducción de El complejo de derecha de J. Plumyene y R. La Sierra, un libro divertido y desenfadado que también desacralizaba los mitos de la izquierda, pero de forma deliberada y no como la Beauvoir. Por unos años, continuamos con el pitillo en la comisura de los labios, pero ya sin tener que aspirar los humos ideológicos de la rive gauche. Entre otras cosas, tal vez porque sabíamos cuánto le había odiado Simone de Beauvoir, desde entonces atendíamos más a Albert Camus: Toda idea falsa termina en sangre, pero se trata siempre de la sangre de los otros. Es lo que explica que algunos de nuestros filósofos se sientan tan a sus anchas para decir no importa qué Leamos hoy un libro muy menor de Camus, Cartas a un amigo alemán En no poca medida, estaremos adentrándonos en el presente moral de Europa. Con el centenario de Simone de Beauvoir ocurre al revés: retrocedemos al Pleistoceno, palpamos un friso de fósiles incrustados y respiramos el odioso clima del totalitarismo intelectual. Ni todos los pitillos de la rive gauche y de la rive droite han emponzoñado tanto. valentí puig abc. es