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26 ESPAÑA DOMINGO 13 s 1 s 2008 ABC Monarquía y escepticismo Germán Yanke tución de consenso, unidad y moderación, ha venido pretendiendo que sea el baluarte de su concepción de España y de sus ideas políticas. Como no ha jugado ese papel, se le critica (a veces se le insulta también) se pide su abdicación o se pontifica sobre la inutilidad de la Institución. Otros ataques, que arreciaron al final del año, proceden de los nacionalismos más radicales. Para estos, el verdadero objetivo a derribar es la España constitucional. Si insultan al Rey, vociferan y queman sus fotografías es porque le consideran el vértice y el símbolo de todo ello. Un tercer grupo, el de los republicanos- -ya sean convencidos o seducidos por su cosmética progresista- no es exactamente beligerante, aunque unos pocos busquen residencia intelectual en algunos planteamientos políticos que, rompiendo la soberanía de los ciudadanos españoles y abandonando el concepto de nación democrática, alienten de algún modo el cambio de forma de gobierno del Estado. Lo extraordinario de estos meses es que el Rey ha quedado reivindicado en su papel ante los ataques de cierta derecha porque, salvo una minoría exaltada, los españoles no quieren una monarquía partidista, alejada de su papel moderador. Los insultos de los nacionalistas de tendencia totalitaria han subrayado que el Rey, y la monarquía, representan muy adecuadamente y son piedra angular de la España constitucional y democrática. Y los republicanos, aunque no pierdan el ideal, terminan reconociendo que, si las instituciones políticas se justifican y se sostienen en el tiempo por su eficiencia y no por voluntarismo o razones esotéricas, la monarquía española parece plena de sentido. Un año, por tanto, de tensiones y pretendidos varapalos que ha terminado no por asentar la monarquía, que lo estaba ya, sino por subrayar su significado como elemento fundamental de la España democrática. El republicanismo, no como forma de Estado sino como contenido político, debería quizá seguir la estela de la Transición hacia una democracia mejor y más asentada en la que, paradójicamente, la Corona seguiría siendo la misma. Si se enzarza en otras aventuras arbitrarias será el que pierda. Yo, sencillamente- -no sé si corresponderé a la amabilidad de Pemán- he terminado por ser un escéptico de la República. Todos tenemos abuelos, no sólo el presidente del Gobierno. Uno de los míos, que había olvidado- -al parecer voluntariamente- -su país de origen y le interesaban más que a ninguno los asuntos del nuestro, era, cómo decirlo, el héroe de la familia: había fundado con otros el Bilbao, ayudó en la guerra a la familia de Indalecio Prieto, murió poco después de que terminara como un perdedor y despojado de su título profesional... En una ocasión, cuando empezó a interesarme la política, le pregunté a mi padre si el abuelo era de izquierdas o de derechas. Era republicano me respondió. Y con esa teoría política fui creciendo. Años después me fui a vivir a los Países Bajos y mi escepticismo ante la monarquía se topó allí con el sentimiento monárquico- -y la convicción también- -que observaba en los holandeses. Me acordé entonces de un libro de Pemán que al parecer se titulaba Cartas a un escéptico en materia de formas de gobierno pero que yo había visto, que no leído, en una versión que hacía referencia a los escépticos ante la monarquía. Le escribí una carta (Don José María Pemán, Cádiz, España) contándole mi fascinación por el contraste que contemplaba y pidiéndole el libro. Para mi sorpresa, al cabo de una semanas el cartero me entregó un sobre con sus Cartas... y con un amable tarjetón en el que me decía que esperaba que el libro sirviera para acercarme a la monarquía- -algo que no ocurrió- -pero que, en toco caso, había un sistema infalible: Siga usted de cerca lo que vaya haciendo Don Juan Carlos (era 1976) y terminará siendo monárquico Lo recuerdo ahora, cuando se celebra el 70 aniversario del Rey y se evalúa su papel, sobre todo en este importante año que acaba de terminar. En 2007 se encierra, quizá, la paradoja de Don Juan Carlos, quizá porque el incremento de las críticas, o su tono, han revelado, superándolos ampliamente, su papel personal e institucional. Un primer grupo de adversarios viene de la derecha extrema, como ocurrió también durante la Transición que el Rey tanto reivindica, que en vez de defender la función de la Insti- The Times reprodujo en su edición de ayer los cotilleos de Peñafiel ABC La telebasura española llega a las páginas de The Times El diario reproduce las últimas entregas del serial Peñafiel JESUS LILLO MADRID. La ruptura de un presunto código de silencio en torno a Su Majestad el Rey ha permitido, según The Times la publicación de una serie de revelaciones sobre la vida privada de Don Juan Carlos. En un artículo sin firma, el rotativo británico se hacía eco ayer de los comentarios vertidos a lo largo de los últimos días en los corrillos de Telecinco por Jaime Peñafiel, y, también, de la sorpresa que los chismes del veterano cronista han causado en la opinión pública española, poco acostumbrada- -añade el rotativo- -a leer cotilleos sobre el Monarca The Times reproduce algunas de las más recientes imputaciones lanzadas contra el Rey por Jaime Peñafiel, al que califica de experto en realeza que una vez estuvo próximo a la Familia Real, antes de perder su favor pero pasa por alto la actual categoría profesional de un tertuliano que no duda ya en mostrar al público las felicitaciones de Navidad enviadas desde el palacio de la Zarzuela para legitimar su discurso, convertido en serial por entregas. La fórmula elegida por el periódico londinense para trasladar a sus lectores las palabras de Peñafiel es la invención de un código de silencio que supuestamente hubiera servido para amparar a Don Juan Carlos a lo largo de su reinado. Sin embargo, el respeto- -no silencio- -tributado al Rey ha sido el mismo que los profesionales de la información han dedicado, hasta no hace mucho, a cualquier personalidad de la vida pública española. Era cuestión de tiempo que la progresiva degradación impulsada por la clase periodística que acampa en los platós de televisión alcanzase a Don Juan Carlos. pasado viernes, suma y sigue, anunció en directo su próxima boda- Jaime Peñafiel y compañía se han perpetuado en el medio a través de la fabricación en serie de relatos prestados, protagonizados por personalidades ajenas a un medio en el que sobreviven imitando los modos de quienes no necesitan ya intermediarios para hacer públicas sus vergüenzas. Peñafiel, que empezó a construir el papel que actualmente representa en los platós a partir de sus críticas sistemáticas a la Princesa de Asturias, ha ido ampliando el escenario de sus funciones de barraca para dar cabida al resto de miembros de la Familia Real. La necesidad de mantener en antena su folletín lo ha llevado, como a cualquier arrabalera de Tómbola a seguir adelante con sus invectivas, hasta llegar, después de recalar en la Duquesa de Lugo y Jaime de Marichalar, cuestión de tiempo, al Rey. El columnista de El mundo cuestionado incluso desde su propio periódico, distrae con sus cosas a una decreciente minoría de espectadores que, después del capítulo diario de Yo soy Bea se entretiene con sus confidencias de folclórica destronada. The Times a toda página, ha puesto freno provisional a una carrera descendente, aunque sea con un titular equivocado- pacto de silencio -y sin reparar en lo lejos y lo alto que, con Jaime Peñafiel, ha llegado la telebasura en España. Como tantos otros actores de corrillo y exclusiva, Jaime Peñafiel ha asimilado el lenguaje y las formas de quienes, desde la irrupción de la telerrealidad, se instalaron en la pantalla para traficar de forma voluntaria con su vida privada y comercializar sus miserias, fabuladas para mantener el interés de un público viciado y adicto. Incapaces de competir con personajes de la talla autobiográfica de Belén Esteban- -el Belén Esteban, modelo La necesidad de mantener en antena su folletín ha llevado a Jaime Peñafiel, como a cualquier arrabalera de Tómbola a seguir adelante con sus invectivas y llegar, después de recalar en la Duquesa de Lugo y Jaime de Marichalar, cuestión de tiempo, a Su Majestad el Rey