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24 ESPAÑA DOMINGO 13 s 1 s 2008 ABC LAS DOS DEMOCRACIAS El que discrepa es un rezagado, alguien que no se ha enterado de la dirección en que soplan los vientos de la historia sión, correría a cargo de Siéyés. Aun con todo, se ha perpetuado la noción de que existe una voluntad general, vinculante para el gobierno. Rousseau rodea a su voluntad general de atributos místicos: se dirige siempre a lo que es recto y beneficioso; es incorruptible, y no puede decretar nada contrario a la igualdad y la justicia. Más aún: el ciudadano no puede querer que la voluntad general no se exteriorice en leyes, al punto de que si sale una ley distinta a la que apoyaba, descubrirá que, contra todas las apariencias, no quería la ley que apoyó, sino la que ha terminado imponiéndose. La voluntad general, en la versión que más cultivan nuestros socialistas, no se remonta tan alto. Pero practica, a su modo, el alpinismo, y es esgrimida de modo impertinente contra quienes discuten las políticas del gobierno. El que discrepa es un rezagado, alguien que no se ha enterado de la dirección en que soplan los vientos de la historia. En ésas se encuentran los obispos. María Teresa Fernández de la Vega sería, por lo contrario, una réplica de la musa Clío, pasada por los modistos de Vogue. Simpatizo poco con esta visión de las cosas. No creo en la la sociedad entendida como una suerte de ente mayúsculo y dotado de personalidad propia. Y aunque admito que en ocasiones ciertos lugares co- Álvaro Delgado- Gal l pulso con la Conferencia Episcopal ha provocado en el Gobierno una reacción atávica. En sus denuedos por marcar territorio, no sólo nos ha recordado, lo que es obvio, que las leyes se hacen en el parlamento, sino que ha añadido que los obispos se estaban oponiendo a la voz de la sociedad. La idea de fondo es que la sociedad piensa esto y lo otro, y de alguna manera lo hace manifiesto. A continuación, los diputados convierten lo que la sociedad ha pensado en leyes, cuya materialización práctica corresponde a la Administración. Esto es rousseauniano, con la salvedad de que Rousseau no llegó nunca a aceptar el principio de representación parlamentaria. Esa fineza, o conce- E Yo pediría, sobre todo, un mínimo de modestia a nuestros socialistas. Una ley impulsada juntando retales en el Congreso, o intercambiando favores con pequeños grupos de interés, no tiene nada que ver con la voluntad general munes predominan sobre otros, no adivino la razón por la que los lugares comunes preponderantes habrían de ser por definición los más correctos. El asunto no es baladí, y merece ser examinado con un poco de calma. Asistimos, en esencia, a dos maneras de interpretar la democracia. Según el liberal, la democracia es un sistema de decisión colectiva sujeta a procedimientos falibles y adornados por méritos parciales. En unos casos, cabe apelar a un referéndum; en otros, los más, es mejor que rija el sistema parlamentario, el cual puede descansar, a su vez, en arbitrios electorales de diversa índole. No son lo mismo unas elecciones a la inglesa o a la francesa, en que el partido ganador acumula un número de diputados que no guarda relación porcentual con la ventaja obtenida en las urnas, que un sistema proporcional a la española. Y tenemos también los regímenes presidencialistas, tan democráticos como los parlamentarios. Lo importante, para un liberal, es que el poder esté muy limitado. Precisamente porque estima que la voluntad general es una superchería, el liberal se resistirá a reconocer prerrogativas enormes al gobierno. Lo propio de los gobiernos será que se dediquen a hacer lo que no pueden hacer agregadamente los ciudadanos. Lo demás es secundario, y ha de ser resuelto de modo empírico y sin confundir el tocino con la velocidad. La forma inversa de concebir la democracia, es la de Rodríguez Zapatero. Éste considera que el gobierno es una herramienta para poner las cosas en su sitio- -evoco el reciente documento emanado de Ferraz en la polémica con la Conferencia- y se impacienta cuando los ciudadanos no terminan de ponerse de acuerdo sobre el sitio en que las cosas deben ser puestas. Es cierto que la democracia liberal pura ha sido rebasada por la inercia de los acontecimientos. Los gobiernos se han empeñado en infinidad de tareas, y el proceso es irreversible. El que sea irreversible, no significa, sin embargo, que no se pueda moderar. Yo pediría, sobre todo, un mínimo de modestia a nuestros socialistas. Una ley impulsada juntando retales en el Congreso, o intercambiando favores con pequeños grupos de interés, no tiene nada que ver con la voluntad general. Bien está que un jefe de negociado nos diga cuál es la hora de entrada en la oficina. Pero, por favor, que no se disfrace de Napoleón.