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ABC SÁBADO 12- -1- -2008 Ringo Starr inaugura con un concierto la capitalidad cultural europea de Liverpool 69 que no era pobre por su casa, intervino andando el tiempo en algunos negocios. Uno de ellos, el de asociarse con Luis Miguel Dominguín para el primer cine al aire libre y con los espectadores sentados en sus coches, que hubo en las proximidades de Barajas. No fue bien. Entre las amistades de su juventud contó con la de Ignacio Sánchez Mejías, el gran torero, por cierto fue presidente del Betis en cuya casa residió cuando trabajó como delegado de Fomento en la Exposición Universal de Sevilla, en 1929. En el curso 1928- 29 abandonó los estudios de Medicina, para los que viajó a la capital de España desde su Huesca natal, como hijo del ingeniero Severino Bello. A partir de entonces tuvo ocupaciones diversas. Sus geniales amigos le tuvieron muy en cuenta y, de hecho, se le considera el inspirador de la supercélebre película de Buñuel y Dalí, Un perro andaluz También se ocupó de captar la ya mítica imagen en la que aparecen los creadores que rindieron homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla en 1927, acto que se consideró como el fundacional de la Generación que ha pasado a la historia como la del 27, que tanto ha dado a la cultura española contemporánea. Pero el hombre que aparentemente fue sólo amigo de tuvo una vida personal sumamente plena y protagonizó, por supuesto, penas y alegrías. Fue impetuoso y agitador, como corresponde a quien perteneció a una generación comprometida con la sociedad de su tiempo, una época en la que fructificó la inteligencia. Cuando cumplió cien años, una cierta melancolía, propia de quien ama la existencia, sobrevolaba unas palabras para ABC: Ya me quedan poquísimos años Haber vivido siempre solo, incluso en la vejez, lo admitía afirmando que no podía hacer comparaciones. Entendía que la existencia era defectuosa, pero valía la pena, porque de lo contrario quedaba el suicido. Confesaba haber tenido varios amores, como todo el mundo, excepto Marañón Declaraba que el amor era diferente a la vida: Es mejor, lo verdaderamente grande La guerra civil le dejó el asesinato de un hermano, desconocer el paradero de sus padres y pasar unos días en una checa madrileña, pesares que son desastres a los que uno no se acostumbra nunca Ha muerto el testigo de un tiempo de plata y de una vida de tonos varios. José García Velasco Presidente de la SECC PROTAGONISTA Y TESTIGO DE LA EDAD DE PLATA e ha ido con la misma discreción con la que le gustó vivir, con la placidez con la que solía comportarse, una de las personalidades más extraordinarias que he tenido la suerte de conocer, de querer y ser correspondido. José Bello Lasierra, aunque no le gustara que se le llamase así: Pepín, nuestro Pepín, ¡el más grande de todos! Le empezamos a frecuentar a comienzos de 1987, nada más iniciar Alicia Gómez- Navarro y yo el proyecto de recuperación de la Residencia de Estudiantes. Desde entonces José Bello, con la generosidad y llaneza con que trataba a todo el mundo, se convirtió en una presencia asidua y volvió a ejercer como espíritu de la Residencia que nunca dejó de ser. No es fácil condensar en unas líneas ese espíritu, tan refinado como indomable, su libertad de juicio, su memoria prodigiosa, su erudición, también en materias científicas, desprovista de afectación o pedantería, su alegría, su loco humor, su gusto por los placeres de la vida. Pero sobre todas esas cosas, Pepe rendía culto a su mundo originario: la Institución Libre de Enseñanza a la que le vinculaba una culta y alegre familia (para Pepín don Francisco Giner de los Ríos era tan importante como la Residencia, ambos eran su paisaje moral más profundo) Pero igual que Pepe Bello respiraba por la tradición institucionista, para él lo más grande era la amistad. Tuvo muchos y excelentes amigos: desde luego Lorca- Dalí- Buñuel, de los tres nos ha dejado testimonios imperecederos. Pero tuvo otros muchos y buenos, como Alberti, Sánchez Mejías, Benet, Garrigues, Cañabate o Chueca Goitia. JoséBello ha sido un agentey testigo excepcional desu época y generación. La misión de un testigo (si da pruebas fehacientes de rigor e independencia de juicio) es capital para la historia de un periodo. Pero José Bello, aunque lo negó, además de testigo fue hacedor: caracteres y biografías como la suya son la argamasa con la que se traban construcciones tan sólidas como la Edad de Plata de la cultura española. Adiós a los estudios S RESIDENCIA DE ESTUDIANTES Reunión de la Orden de Toledo en la Venta de los Aires. De izq. a dcha. José Bello, José Moreno Villa, Luis Buñuel, José M Hinojosa (sentado) M Luisa González y Salvador Dalí Lorca, Pepín Bello, José Rubio Sacristán, Romero Murube y Jorge Guillén (de izda a dcha) en 1935 sus singulares elipsis (que pueblan Un perro andaluz sus putrefactos, que vivían en los dibujos dalinianos o en las tertulias de la Residencia de Estudiantes, y eran la vívida expresión de una ideología iconoclasta, que cargaba igual contra el Platero de Juan Ramón que contra doña Concha Espina; y cuya autoridad en aquella edad de oro de la imaginación poética era indiscutida, lo mismo por García Lorca que por Dalí, igualmente por Buñuel que por Bergamín y por todos los demás poetas del grupo del 27, del que ha sido considerado el gran aglutinador, en posesión de una ascendencia irrebatible, dato importante de consignar dado el nivel en el que Bello se movía. Brillantísimo conversador, hace sólo unos meses veían la luz unas sustanciosas conversaciones mantenidas con él por dos jóvenes poetas catalanes (Anagrama) que refleja- ABC Miguel García Posada Crítico literario UN IMAGINATIVO on el fallecimiento de Pepín Bello desaparece el genio ágrafo del 27, el eminente imaginativo que fecundó a algunas de las más privilegiadas cabezas de la cultura liberal española de entreguerras: García Lorca, Dalí, Buñuel o Alberti, entre ellas; el que para algunos fue el auténtico introductor del surrealismo en España con sus burros podridos sobre negros pianos, sus formidables parábolas verbales ilógicas (los llamados anaglifos) C ban el insólito don verbal de este jovencísimo anciano centenario, que segregaba, con inusual riqueza, las coyunturas y vicisitudes de un tiempo crucial de la cultura española. Bello conoció directa o indirectamente a todas las grandes figuras de la vanguardia y de la cultura y el pensamiento de la época, y lo transmitió en ese libro con pasión, pero- -no hay más remedio que señalarlo- -también con excesiva tendencia a la idealización, incluida la insistencia en el presunto y falso apoliticismo de Lorca, de quien fue un auténtico amigo, con quien sostuvo una fresca correspondencia que ha visto la luz en gran medida gracias a su generosidad. El entrevistado trazaba de sí en esas páginas palpitantes una imagen de bonhomme que llega a chirriar por su notoria tergiversación de las personas; el liberalismo conservador no autoriza a mistificar la historia.