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4- 5 S 6 LOS SÁBADOS DE Gran velada El Tajo en Lisboa parece el mar. Resulta difícil creer que es el mismo río que cruza España. Para descubrirlo a fondo, he aquí una propuesta original: un paseo en barco que mezcla cena, música y paisajes POR BELÉN RODRIGO CORRESPONSAL EN LISBOA DÍAS DE JÚBILO Niemeyer ace poco, en lugar de celebrar el centenario del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer- -centenario: monumento a los desaparecidos- -festejamos su centésimo cumpleaños. Un año antes, más cerca, hicimos algo similar con nuestro- -de España y de América- -Francisco Ayala. No haré a destiempo el recordatorio de Niemeyer. Simplemente, quiero subrayar un hecho que define al maestro: el siglo de vida lo encontró trabajando en su estudio costeño, mirando, a veces, el inalcanzable límite del océano. Estuvo esbozando un macroproyecto que regaló a la ciudad de Avilés: un gran centro cultural internacional que contribuirá a la reordenación y la revitalización de la urbe asturiana. La evaluación de una tarea que lleva siete décadas ha sido hecha por los especialistas. Como siempre en estos casos donde se aúnan la técnica y el arte, la polémica se ha activado. ¿Hasta dónde, en efecto, un diseñador de efificios cumple con la necesidad de usarlo y con el efecto visual que produce en el mero espectador? Niemeyer proviene del racionalismo, es decir de la tendencia arquitectónica que propuso edificar de modo que apenas nos fijáramos en lo edificado. Nada de ornamentos, virguerías ni monadas. Nada de estilo, para decirlo más fuerte. Don Oscar, en mi modesta visión, superó aquel envite. Sus construcciones se dejan usar y se dejan mirar y admirar. ¿Es esto algo de exhibicionismo? Contesto con otra pregunta: ¿qué artista no quiere que lo suyo pase al público, es decir, que se exhiba? Agrego otro apunte y será el último. Niemeyer tuvo el privilegio que a pocos colegas suyos le ha sido concedido: fundar una ciudad en pleno siglo XX. Aún más: una ciudad moderna en un lugar desértico para servir de capital a un país de inmensa extensión, variado hasta el vértigo, donde casi todo está siempre por hacerse: Brasilia. Una ciudad que, al revés de las ciudades normales hechas por la historia, deshechas, rehechas por los siglos, se hizo de una vez y con vocación de serlo siempre. En esta encrucijada del golpe de vista con el incontable futuro lo imagino a Niemeyer, descansando su vista de trabajador en la incesante faena del mar. Lo que hizo de una tacada seguirá allí, habitado por miles de unos desconocidos a los que don Oscar ha dado calles, plazas, refugios, amenidades y sitios de dolor. Como la vida misma. No es mal argumento para apagar cien velitas. Lisboa vista desde el Tajo Por otro, las cenas, un crucero en el que además de disfrutar del paseo y de las vistas es posible degustar platos típicos, escuchar una agradable música e incluso bailar... para aquellos que sean más atrevidos. El precio es de 80 euros y los viernes realizan un descuento especial, que deja la factura en 65 euros. El crucero comienza a las 20.30 horas con un agradable cóctel seguido de la cena (comida en abundancia con un menú que incluye un plato de carne o pescado sin descuidar una opción para los vegetarianos) Pero este barco, que funcionaba en Francia hasta que fue comprado por la empresa lusa LVT, recorre el Tajo desde mayo del 2003, y está disponible para muchos otros eventos. Comidas de negocios o de grupos, presentaciones, celebración de cumpleaños y hasta de bodas. La administración del barco ofrece todas las facilidades a los clientes, que incluso pueden elegir ellos mismos la confección de los menús para las comidas y las cenas. Es cuestión de pedir; ellos intentan que los deseos se hagan realidad. H Blas Matamoro ontemplar Lisboa desde el cauce inmenso del río Tajo puede resultar una grata sorpresa incluso para aquellos que creen conocer al detalle la capital portuguesa. Monumentos como la Torre de Belém, el Monasterio de los Jerónimos, la Plaza del Comercio o el castillo de San Jorge se ven con otros ojos cuando lo haces subido en un lujoso barco y disfrutas de una agradable puesta de sol. Una imagen con un toque especial que puede hacer inolvidable una visita a la ciudad de las siete colinas. Paseando por el Tajo, Lisboa nos saluda de una forma diferente, nos deja conocer algunos edificios que pasan inadvertidos cuando andamos por la calle e incluso encontramos sintonía entre los colores de algunas emblemáticas fachadas. Un paseo que nos permite conocer más de esta ciudad C tan cercana y confortable. Según va anocheciendo visualizamos mil y un aspectos diferentes para acabar con una vista de toda la metrópoli iluminada. Esa luz, aunque artificial, también nos hace reparar en rincones desconocidos o valorar más algunos monumentos que durante el día quizá nos trasmitan poco. Con salida en el muelle de Alcântara, el barco se traslada hasta la zona de Belém por un extremo y al Parque de las Naciones por otro. En el recorrido encontraremos diversión y una buena muestra de la gastronomía portuguesa. Estos paseos en barco incluyen varias modalidades. Por un lado, los cruceros para turistas, con una duración de 90 minutos y un precio de 20 euros (los niños, 10) durante el día, e incluso puede ser reservado con antelación. Un rato o cena y fiesta Más informaciones: www. lvt. pt Reservas: 00 351 21 391 30 30 Desde el barco pueden verse de otra manera los hitos imprescindibles de Lisboa, como la Torre de Belém ABC