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ABC SÁBADO 12 s 1 s 2008 ESPAÑA 23 EL TAMBORIL DE LA MARCHA REAL Cuando Don Juan Carlos presidía el funeral por el Príncipe Don Pedro de Orleáns y Braganza, pudo oír la más emocionante interpretación popular de la Marcha Real daban allí tierra andaluza a su tía la Infanta Doña Esperanza de Borbón- Dos Sicilias y Orleáns, mientras el cardenal de Sevilla alzaba en la consagración el cuerpo del Dios que creó las marismas del Cielo donde ya se han ido los augustos tíos de S. M. el Rey pudo oír la más emocionante interpretación popular de la Marcha Real. Por el recio rito campero de la marisma, un tamboril y una gaita tocaban la Marcha Real en honor de la consagración de Su Divina Majestad, y en augusto recuerdo de aquel señorial, cercano, abierto, imperial Don Pedriño cuya figura a caballo aún evocan los caminos de la Raya Real, de Gato, al que parecía que ayer lloraban los pinos del Coto que despiden a las carretas. Felipe II aparte, la Corona de España tiene muchos Escoriales. Yo fui una vez, por las calles de Roma, en aquella ciudad donde hace 70 años nació un hombre que nos mandó Dios cuyo nombre era Juan, en busca de la iglesia de Montse- Antonio Burgos N o sé si será tan difícil como contar la cantidad de veces que han roto las olas de la mar sobre la plata quieta de la Caleta. Tiene que ser algo así, y quizá me quede corto. Y que conste que lo digo sin exageración andaluza. Me refiero a la cantidad de veces que Don Juan Carlos ha oído la música de la Marcha Real, de cuya letra mejor no hablar. Para ese viaje del burdo copieteo de la magnífica letra de José María Pemán no se necesitaban esas alforjas para la poesía ramplona que suena demasiado al original texto del reinado de Don Alfonso XIII, el que manipularon llenándolo de brazos en alto y de yugos en contraflecha, que en su primitiva letra decía lo mismo que este invento olímpico con canon digital que ahora se han sacado sin ninguna necesidad, en una absurda Operación Triunfo. Escribió Pemán: Viva España, alzad la frente, hijos del pueblo español que vuelve a resurgir, gloria a la Patria que supo seguir sobre el azul del mar el caminar del sol Pero antes de que me hirviera el agua del radiador con la dichosa letra, letra que los herederos de Pemán deberían poner al cobro, porque es casi igualita, me preguntaba cuántas veces habrá oído Don Juan Carlos la música de la Marcha Real. ¿Me quedo corto si con El Beni de Cádiz digo que siete mil millones de veces? ¿E interpretada por cuántas orquestas y bandas, por cuántos instrumentos distintos? El Rey ha escuchado la Marcha Granadera tocada por la música del Regimiento de su Guardia; por los pífanos dieciochescos de los Alabarderos; por la banda del Regimiento Inmemorial del Rey; por las gaitas de los premios Príncipe de Asturias; por el órgano de la Catedral de Sevilla en bodas reales; a tambor y corneta de unos soldados de España que defendían la paz por el mundo en nombre de la Patria; en la Casa Blanca, qué sé yo... Pero ayer, en Villamanrique de la Condesa, cuando Don Juan Carlos presidía el solemne funeral por el Príncipe Don Pedro de Orleáns y Braganza en la sencilla parroquia marismeña, como cuando en 2005 le rrat de los Españoles, para orar ante la tumba de Don Alfonso XIII, aquel Rey que en su manifiesto Al País dio toda una lección democrática de sometimiento a la voluntad popular. Después, en El Escorial propiamente dicho, he visto las lágrimas del Rey cuando enterraba a su padre, el Conde de Barcelona. O cuando media Sevilla de cal y naranjos acompañaba allí, en aquellos fríos de piedra, a su egregia madre, Doña María de las Mercedes. El Escorial de Felipe II; el Escorial romano del destierro de un Rey de España que el romance de Agustín de Foxá aún ve muerto en el cuarto de un hotel. O El Escorial sevillano de la cripta del Salvador, donde están enterrados los abuelos del Rey, los Infantes Don Carlos y Doña Luisa. En ninguno de ellos, nunca, sonó la Marcha Real tan emocionante, tan nuestra, como ayer la pudo escuchar Don Juan Carlos mientras alzaban en el Escorial marismeño de Villamanrique. Sonaba la vieja lealtad del pueblo, con su mejor música celestial, en el tamboril y la gaita. Hay una copla rociera que pide a estos tamboriles y gaitas que no hagan ruido, que el Niño de la Virgen ya se ha dormido. Yo ahora, desde la lealtad, pido a estos mismos tamboriles rocieros que hagan todo el ruido posible tocando la Marcha Real en justísimo honor de Don Juan Carlos. Tocad, tamboriles y gaitas de Villamanrique, tocad la Marcha Real, haced ruido, que todos los que nos sentimos orgullosos de nuestro Rey debemos acallar para siempre la pesetera fanfarria de los traidores. El Rey despidió a Don Pedro entre el clamor de Villamanrique ALBERTO GARCÍA REYES VILLAMANRIQUE. Ayer no faltaba nadie a las puertas de La Magdalena, donde otra vez doblaron ayer las campanas en memoria de Don Pedro de Orleáns y Braganza, tío político de Don Juan Carlos desde 1944, año en que se casó en la Catedral de Sevilla con Doña María de la Esperanza de Borbón- Dos Sicilias. Villamanrique, tierra rociera y agricultora, siempre se vanaglorió de mezclarse con la realeza con total naturalidad. Nadie se quedó en casa. Cuando el Rey llegó al Palacio a las doce de la mañana, la plaza era un hormiguero de manriqueños. Gente acostumbrada al clamor. Para el paso de las carretas y para el paso de Sus Majestades. Era imponente la calma. Hasta que el cardenal Carlos Amigo Vallejo salió a las puertas de la iglesia. Entonces se desató una ristra de aplausos. Amparo estaba, en primera fila, destruida por los nervios: Me he venido tempranito porque yo creo que El Rey ya no vendrá más a Villamanrique, así que hay que verlo bien Don Juan Carlos ganó la plaza pasadas las doce y media del brazo de doña María Teresa de Orleáns y Braganza, hermana del tío Pedriño Entonces el pueblo se vino abajo. El paseo desde el Palacio hasta la iglesia apenas duró cinco minutos. Suficientes. En este tris hubo tiempo para multitud de vivas y exclamaciones al Rey: ¡Majestad, feliz cumpleaños! Cuando las puertas de La Magdalena se reabrieron, el Rey alzó su mano para edificar un saludo que muchos entendieron como despedida. El Rey Don Juan Carlos con la hermana de don Pedro, María Teresa, y los duques de Segorbe detrás EFE