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ABC SÁBADO 12 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA LETRA Y EL ESPÍRITU O está mal, y desde luego podría haber sidopeor. Porlo menos empiezacon un inequívoco Viva España que se le atraganta al presidente del Gobierno, y se atiene a la retórica convencional de estas cosas, a la lírica hueca y engolada que se suele identificar con las expresiones oficiales del patriotismo. Espolíticamentecorrecta, un poco abstracta y descafeinadilla para superar la difícil prueba de los consensos, y cojea algo la métrica de la última estrofa, pero tiene un pase... si se parte de la basedequehagafaltaunaletra para la Marcha Real. IGNACIO Que es lo discutible. PriCAMACHO mum maiorem. Porque se ha abierto, como era de esperar, un debate nacional sobre la premisa menor de un silogismo que no se puede resolver sin discutir primerolamayor, estoes, la necesidad de cantar el himno. Con todos los respetos hacia las opiniones distintas, soy de los que piensan que resulta esperpéntico, o patético, plantearseeste asunto desdelaperspectivatrivial en que se ha formulado, que es la de tener algo quevocalizar en los campos defútbol. Uno piensa que el patriotismo es algo más profundo o más serio; si se trata de que los aficionados canten antes de los partidos, que se apañen con el Nunca caminarás solo o algo de ese corte. Hemosllegadoaunpuntoenquelaúnicareflexión general que somos capaces de hacer sobre España es la que atañe a su representación deportiva. Esto es propio de esos nacionalismos de campanario que quieren construir una identidad artificial a partir de los símbolos. Y aun así, si hay que elegir un símbolo de la españolidad, sería preferiblealgo más glorioso que ese equipo tradicionalmente perdedor, incapaz depasar de cuartos definal en cualquier copa que dispute. España es una nación, un lugar, un sentimiento, una tierra, una patria, pero en todo caso mucho más que una camiseta. Mal vamos cuando la expresión identitaria hay que forjarla a partir de una pelota que, por lo demás, casi siempre acaba dentro de nuestra portería. La importancia del himno no está en su letra, sino en su espíritu. Los himnos nacionales han surgido a lo largo de la Historia como expresiones o glosas de algún hecho preminente, o se han configurado a partir de procesos esenciales de afirmación colectiva. Por mucha relevancia que haya adquirido el deporte en la contemporaneidad, parece un poco triste convertirlo en el motor de un sentimiento de identidad sobre el que pesa, en la realidad política y social, un fuerte desacuerdo. Incapaces de resolver qué clase de nación somos, nos conformamos con parecerlo en torno a un equipo de fútbol, por lo demás manifiestamente mejorable. Que sí, que la letrilla es aceptable, aunque luego a ver si la cantan o no los jugadores catalanes o vascos. Ésa será otra; aquí siempre tenemos un flanco disponible para la bronca o el desencuentro, y quizás unifique más el abstracto, familiar y entrañable chunda- chunda Pero lo decepcionante es la artificialidad del intento, ese empeño en fabricar la articulación simbólica nacional a partir de la banalidad de un juego o un espectáculo. Parafraseando al doctor Johnson, estamos convirtiendo el patriotismo en el último refugio de los... hinchas. N EL ÁNGULO OSCURO EL BOSQUE ANIMADO ARA escapar a la intolerable fealdad del Matrix progre que todo lo invade y corrompe me zambullo en la lectura de El bosque animado, la gloriosa novela de Wenceslao Fernández Flórez que la Fundación Wellington acaba de reeditar en una edición olímpica, una de esas ediciones que excitan la lujuria casta del bibliófilo. Yo tuve la suerte de estudiar en un colegio de monjas un tanto refractarias a las sugerencias ministeriales; quizá por ello, entre las lecturas obligatorias de adolescencia no incluyeron esos pestiños que los comisarios políticos de la época habian elegido muy taimadamente para estragar el gusto literario de las nuevas generaciones. Así, por ejemplo, en mi colegio, en lugar de leer Tiempo de silencio, leíamos El bosque animado, elección felicísima que nunca agradeceré suficientemente a las monjas, pues la novela de Fernández Flórez se cuenta entre las más hermosas de nuestro siglo XX. Luego, en el manual de literatura, nos tocaba estudiar aquella mamarrachada (ya definitivamente entronizada en el Matrix progre) según la cual la literatura española de posguerra fue un monótoJUAN MANUEL no erial que sólo lograron redimir las priDE PRADA meras novelas de Cela y Laforet. Pero El bosque animado (obra aparecida originariamente en 1943) es una novela de escritura gozosa, imaginación pródiga y una mezcla de humor y sentimentalismo que alcanza raras cúspides poéticas. Aquella primera lectura de El bosque animado despertó mi curiosidad por el autor que la había escrito, de quien apenas se encontraban libros en las librerías (como, por lo demás, sigue ocurriendo hoy en las librerías del Matrix progre) así supe que Fernández Flórez había sido durante décadas colaborador de ABC, y uno de sus cronistas parlamentarios más eximios. Con el paso del tiempo leí algunas de sus crónicas, y me quedé deslumbrado por su acopio de cultura, liviandad, ironía y muy refinado escepticismo. Yo me atrevería a decir, con permiso de Azorín, que Fernández Flórez ha sido el mejor cronista parlamentario que ha honrado las páginas de ABC. También escribió en este mismo periódico, hacia el final de su carrera, unas crónicas sobre fútbol, donde inventó aquella expresión chocante y jocosa, el vicegol que llegaría a hacer fortuna. A mí Fernández Flórez me parece un escritorazo de quitarse el sombrero, incluso allí donde los críticos progres (perdón por la redundancia) lo tachan de burdo y bilioso. Una isla en el mar rojo, por ejemplo, su novela sobre los refugiados en las embajadas de Madrid mientras la legalidad republicana campaba por sus fueros en las calles, no me parece en modo alguno desdeñable; y contiene uno de los finales más espectaculares de la literatura española, amén de una lección magistral sobre la mezquindad humana, que no entiende de bandos ni adscripciones. Pero ninguna de sus obras (ni siquiera sus deliciosas novelas de humor) admite parangón con El bosque animado, que sin hipérbole considero uno de esos libros que, una vez leídos, nunca podemos olvidar. Sólo alguien que tuviese el alma de corcho podría olvidar ese capítulo final en el que el cojito Geraldo vuelve a ver a su enamorada Hermelinda; yo les confieso que lloré cuando lo leí en el colegio, y he vuelto a llorar hoy mismo, mientras lo releía. Sólo alguien que tuviese el corazón de estopa podría mantenerse impertérrito mientras lee los impagables coloquios del ladrón Fendetestas y el ánima en pena de Fiz Cotovelo. Y qué decir de esos otros capítulos protagonizados por animales, en la mejor tradición fabulista ¡Cuánta emoción de ley, cuánto humor empañado de lágrimas, cuánto sobrio lirismo, cuánta finura galaica, cuánta imaginación y sentimiento hay en estas páginas! La edición de la Fundación Wellington se completa con unas ilustraciones recuperadas de Carlos Sáenz de Tejada, un epílogo de Luis Alberto de Cuenca y una amena y documentadísima introducción de Alicia Mariño que nos dilucida minuciosamente la figura de Wenceslao Fernández Flórez (incluida su peripecia durante los años de la Guerra Civil, siempre en el filo de la navaja) Invito a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a que se zambullan de inmediato en las páginas de El bosque animado; si no lo hacen, entenderé que son rehenes del Matrix progre, ese infierno donde sólo se lee a los hagiógrafos de Zapatero. www. juanmanueldeprada. com P