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ABC SÁBADO 12 s 1 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA SIR ALFRED, O SENCILLAMENTE LANDA Es un hombre de vuelta, hecho a sí mismo, con un agigantado sentido de la dignidad, de la justicia, de lo suyo, su espacio y su tiempo, incapaz de decir una palabra de más, pero también de dejarse una palabra sin decir... alguien profunda y veladamente generoso, y por ello resignado a encubrir de ordinaria venganza lo que en realidad es una especie de sangrienta ofrenda... LFREDO Landa es de Pamplona, lo cual tiene muchas ventajas, pero una desventaja: Si Alfredo Landa fuera de, pongamos por caso, Stratford- uponAvon, sería lo que allí llaman Sir. Sir Alfred Land, tal vez. No hay caso: es de Pamplona y, todo lo más, con un ramalazo donostiarra. Su último trabajo es un finísimo bordado en la película Luz de domingo de José Luis Garci; y su última ocurrencia, que tras desempeñarlo, se retira... ¿Qué habrá querido decir Alfredo Landa cuando declara aquello de su retirada? ¿Se refiere el gran actor a que a partir de ahora no interpretará en ninguna otra película o serie televisiva, o se refiere sencillamente a que no interpretará más en ningún lugar? ¿Cómo o cuándo se retira un actor? ¿Cómo o cuándo deja un actor del calibre de Alfredo Landa de ser actor? Todos conocemos a alguno que otro del gremio que difícilmente podrá dejar de ser actor, por el mero hecho de que nunca lo ha sido, pero nadie está más lejos de ese supuesto que Alfredo Landa, acaso el mejor o más grande actor de nuestra historia, o al menos en competencia por ello con unos cuantos, muy pocos. robablemente lo que ha querido decir Alfredo Landa es que ya no le atraparía más ninguna cámara mientras interpreta, lo cual nos obligaría a los demás, sus admiradores, o bien a conformarnos con el repaso de tanto y cuanto ya nos deja hecho, o a la absurda industria de sorprenderlo actuando lejos de las cámara y las luces. En fin, no estoy seguro de lo que digo, pero sospecho que si hay cargos vitalicios estos no serán, en esencia, los de Rey o Papa o Emperador, sino otros mucho más pegados al alma, como los de pintor, poeta y especialmente actor: se es actor como se es rubio o nervioso, y uno no dejará realmente de serlo aunque se tiña o se tome una tila. Supongo que esto no es más que esa bendición de nuestro idioma, que nos permite adornarnos con la dialéctica entre el ser y el estar Y ésta sería la idea, en consecuencia: Alfredo Landa ha dejado de estar actor. Una frase que sólo se puede traducir mal al inglés, pero que nos permite ahora a nosotros situarnos en un presente de indicativo pletórico: vivimos el momento en el que se puede ver en directo la última escena en la que Alfredo Landa estuvo actor. Y esa histórica última escena de Landa es la penúltima de la película Luz de domingo la cual, por cierto, empapa de contenidos y significados lo que en ninguno de los casos puede ser considerado un simple adiós. El talento de Alfredo Landa nos obliga a pensar que A ha elegido minuciosamente la ocasión para convertirse en historia, y esta obligación nos empuja de inmediato a otra: averiguar los fundamentos- -o móviles- -que le han llevado a considerar que ahora era el personaje, la película y la escena final de su carrera. Aún lamentando profundamente las consecuencias de su decisión, creo, sin embargo, que ha elegido con sabiduría estos detalles: un magnífico y complejísimo personaje, una impecable película que nunca envejecerá (pertenece a cualquier tiempo y a cualquier lugar) y unas escenas que concilian lo antagónico hasta el extremo de armonizar las tesis con sus antítesis: la venganza es sacrificio, la muerte es vida, el final es un comienzo, la oscuridad es la luz, la luz de domingo... l personaje que interpreta Alfredo Landa en esta visión garciana de la obra de Pérez de Ayala, aunque nuevo, a estrenar, tiene reflejos de algunos otros que han llevado su carne y su hueso: Es un hombre de vuelta, hecho a sí mismo, con un agigantado sentido de la dignidad, de la justicia, de lo suyo, su espacio y su tiempo, incapaz de decir una palabra de más, pero también de dejarse una palabra sin decir... alguien profunda y veladamente generoso, y por ello resignado a encubrir de ordinaria venganza lo que en realidad es una especie de sangrienta ofrenda. Lo cierto es que sólo un actor como Alfredo Landa tiene la capacidad de envolver de lisa sencillez toda esta amalgama de hondos sentimientos que mueven a su espinoso personaje, que vive la humillación en la car- ne de su única nieta y que modela su revancha conforme a motivos muy distintos y mucho más éticos de lo que puede deducirse de una primera impresión. O dicho de otro modo: la intención de su acto, su sacrificio, convierte lo inmoral en aparatosamente recto... Y una acción reprobable consigue devolverle al paisaje su color, su porvenir, su merecido futuro. O E P como se cuenta en las películas: los malos pierden, y si es preciso, su íntegro personaje ha de perderse con ellos. Para entender todo esto así, que la venganza es sacrificio y que la sangre- -propia y ajena- -es un baño de pureza para los tiempos que están cambiando, hay que dar por buenas dos ideas básicas: una es que José Luis Garci le ha buscado al drama su alma de western, donde el duelo final es la única explicación posible para ese descenso a los infiernos de los personajes: nada tendría sentido sin el duelo... El vaquero violento que destroza el rostro de la prostituta en Sin perdón lo hace, aunque él lo ignore, para que al final pueda entrar Clint Eastwood al salón y decir eso de ¿quién es el dueño de esta pocilga? La otra idea básica para entender el sacrificio del personaje que interpreta Alfredo Landa en Luz de domingo hay que rebañarla de la propia interpretación del actor, que hace comprensible cada paso que da y el paulatino cambio que trasluce. Y es revelador esto si se piensa que Alfredo Landa no cumple su cometido violento hasta que interiormente ha entendido, asumido la naturaleza pacífica del personaje que intepreta Alex González (el marido de su nieta) es decir, la admiración y la comprensión por los nuevos tiempos, lo llevan a cerrar de un portazo el sucio pasado y con él trágicamente dentro. Admirable. Landa no es Eastwood, y por eso tiene que tocar la última pieza hasta el final, como los músicos del Titánic. Y en este baile de causas y efectos, la retirada de Alfredo Landa es un estrago para el resto de la Escena, para todos aquellos que comparten con él la pantalla, porque no hay ningún actor que mire como lo hace Landa. Ninguno subraya a otros actores o personajes como él. Nadie escucha con esa intensidad. Nadie ama, como él, su contraplano, y nos lo envuelve como si fuera allí, frente a él, donde ocurre lo importante. Cualquiera podría confundir eso con generosidad. Pero es talento. O tal vez me equivoque y sea justo lo contrario: Cualquiera podría confundir eso con el talento. Pero es generosidad. E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Crítico de cine