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4 OPINIÓN VIERNES 11 s 1 s 2008 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: JOSÉ MANUEL VARGAS DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO EXCESO DE PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro OPTIMISMO DE BUSH EN ISRAEL AL vez porque se sienta liberado de todas las constricciones electorales al final de su segundo mandato, el presidente norteamericano, George W. Bush, ha podido hacer por primera vez una definición abierta y clara de la receta que puede llevar la paz a Oriente Próximo. Sin embargo, incluso esta abierta determinación del dirigente más poderoso del planeta tiene sus límites: su convicción de que a finales de 2008 se haya llegado a un acuerdo de paz en la zona sigue pareciendo una pretensión utópica. En efecto, al expresar conceptos tales como que en el proceso de paz Israel debe poner fin a cuarenta años de ocupación en los territorios palestinos, George Bush está buscando recuperar la confianza de los países árabes moderados, pero al mismo tiempo pone al primer ministro israelí, Ehud Olmert, en una situación en la que corre el riesgo de perder los frágiles apoyos políticos en los que se sostiene. Le promete al palestino Mahmud Abbas que el futuro Estado que ha de crearse no puede ser un mosaico de fragmentos estériles salpicado de colonias israelíes, pero nadie ha sido capaz de prever cómo resolver el problema del futuro de la franja de Gaza, en manos de los terroristas de Hamás, que se mantienen en sus trece refractarios a cualquier compromiso con Israel. Por su parte, Israel, aliado tradicional de EE. UU. en la región, ya no se preocupa tanto por los cohetes caseros con los que le hostigan los radicales palestinos, sino por los misiles nucleares que quiere procurarse la República Islámica de Irán, con los que su presidente, Mahmud Ahmadineyad, ha prometido borrarles del mapa. Para contener a Teherán y proteger a Israel, Estados Unidos necesita, en efecto, recobrar la confianza de sus socios árabes moderados, como Egipto o Arabia Saudí. En vez de reducir su tamaño, el círculo vicioso de Oriente Próximo se ensancha con nuevos actores y se complica con ingredientes inéditos, a cual más peligroso. Hace ya mes y medio que concluyó la conferencia de Anápolis y todavía no se ha convocado ninguna de las reuniones negociadoras que tanto israelíes como palestinos se comprometieron a llevar a cabo. Los esfuerzos de la Casa Blanca- -incluyendo este emblemático viaje del presidente Bush a la zona- -son más activos que nunca y la presión que se ejerce desde Washington ha alcanzado niveles jamás vistos. Algunos de los grandes cambios históricos se han producido a veces cuando parecía que era imposible que sucedieran, y ojalá que en Oriente Próximo pudiera suceder algo así. Pero, por ahora, los augurios siguen siendo pesimistas y- -lo que es peor- -con razón. El viaje de Bush está cargado de buenas intenciones, pero por desgracia la realidad vuelve a imponerse implacable. La paz en Oriente Próximo conviene a Occidente, y antes que a nadie a los propios árabes y a Israel, aunque, desgraciadamente, en la zona siempre se imponen los partidarios de la violencia. Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera T MONÓLOGO DEL PSOE CONTRA LA IGLESIA A comparecencia de la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, en la Comisión Constitucional del Congreso fue ayer un episodio más- -precedido el día antes por otras declaraciones del propio Rodríguez Zapatero- -de la discordia desproporcionada que el Ejecutivo socialista mantiene contra la jerarquía de la Iglesia Católica en España. Han pasado diez días desde que cientos de miles de españoles secundaran el llamamiento de las autoridades eclesiásticas para un acto de defensa de la familia y no ha habido una sola jornada en la que faltara una acometida de miembros del Gobierno o de la dirección socialista contra los prelados españoles que criticaron determinadas leyes de esta legislatura. Ningún comunicado de ETA, ninguna de las embestidas de los nacionalismos contra la Constitución o la Corona ha merecido en estos casi cuatro años de Gobierno socialista una réplica tan continuada y gruesa como la que está dedicando a los obispos. La vicepresidenta primera compareció a petición propia- -nada le obligaba a hacerlo- -y para enmarcar sus críticas en el contexto de una valoración sobre las relaciones entre Iglesia y Estado. Pero de estas nada se dijo, e incluso afirmó Fernández de la Vega que no hay motivo para revisar los acuerdos con la Santa Sede. Por tanto, la sede parlamentaria fue puesta al servicio de un interés puramente polémico y electoral, no para tratar un asunto de Estado, como es la relación con la Iglesia Católica. A pesar de que la vicepresidenta primera del Gobierno empleó un tono menos agresivo que otros dirigentes socialistas, el fondo de sus afirmaciones se mantuvo en la misma línea de hostilidad a la Iglesia Católica y de prolongación artificial de la polémica por las declaraciones de los monseñores Rouco Varela y García Gasco. El interés de los socialistas en anteponer su enfrentamiento con la jerarquía católica a los evidentes fracasos políticos de esta legislatura es una estrategia planificada para reforzar los perfiles más izquierdistas del Gobierno y mantener la cohesión de su electorado frente a tentaciones L abstencionistas de los sectores más radicales. Sin embargo, la actitud del Gobierno ya no es un ejercicio legítimo a contestar unas críticas, sino que se ha convertido en una manifestación continuada de intransigencia frente a una institución, la Iglesia Católica, a la que el PSOE pretende deslegitimar por no presentarse a las urnas, como si los partidos políticos tuvieran el monopolio del derecho a valorar las leyes y a hacer críticas políticas. El Gobierno está en su derecho de discrepar de la Iglesia Católica, pero no de negar a una institución hondamente arraigada en la historia, en la cultura y en la sociedad españolas la libertad para expresarse sobre leyes que, objetivamente, son contradictorias con el concepto cristiano de la familia. Tales críticas, por muy dura e incluso discutible que fuera su formulación, no constituyen una agresión al Parlamento, pues este es un órgano que genera leyes, no verdades absolutas; y tampoco representan un ataque ilegítimo al Gobierno, porque tampoco es este el depositario de los derechos ciudadanos. Si las encuestas concedieran al PSOE una amplia ventaja sobre el PP, este enfrentamiento con la jerarquía católica no se habría producido o, en todo caso, habría tenido otro tono y contenido y no habría absorbido las energías políticas del Gobierno en los primeros días del año. Pero incluso como operación electoral para aliviar las estrecheces de los sondeos, puede ser contraproducente para el PSOE porque se enfrenta a una institución que sabe aguantar la tensión y los conflictos, y porque su radicalismo sectario puede retener votos- -pero ahuyentar otros muchos- y porque no ha conseguido que el Partido Popular cambie su agenda preelectoral. Al contrario, ayer Rajoy anunció que su Gobierno tendrá un ministerio de Familia y Bienestar Social, iniciativa que, en el contexto del monólogo partidista que el PSOE mantiene contra la Iglesia sobre leyes sociales como telón de fondo, es una baza del PP para afianzar un programa electoral pensado para mejorar la vida familiar y personal de los españoles. UNA RECESIÓN AMERICANA ES PROBABLE OMO ha titulado ABC, la idea de una inevitable recesión en Estados Unidos va calando entre expertos de todo tipo. No sólo se trata de algunos bancos de inversión, siempre procíclicos en sus previsiones para llamar la atención de los inversores, sino de organismos internacionales e instituciones académicas prestigiosas que empiezan a considerar la estanflación americana más inevitable que simplemente probable. La crisis que se presentó en verano como una simple turbulencia financiera tiene todos los visos de provocar un aterrizaje forzoso: la combinación de crisis inmobiliaria, restricciones de crédito, incertidumbre sobre la solvencia de algunas entidades financieras, pérdidas bursátiles, precios máximos del petróleo y materias primas y depreciación del dólar ha acabado por afectar muy negativamente al consumo y al empleo. La tasa de paro ha subido al 5 por ciento en diciembre y se estima que puede superar el 6 por ciento en 2008. Aunque crecen las presiones para que la Reserva Federal baje los tipos de interés de manera agresiva, son muchos los analistas que piensan que Bernanke ha tardado demasiado en reaccionar y que ya sólo puede aspirar a evitar la quiebra de alguna institución financiera, pero no la recesión. Y si ésta se produce en Estados Unidos, el crecimiento mundial se resentirá gravemente, porque afectará al comercio interna- C cional y provocará la caída de los precios de las materias primas y de las exportaciones de los grandes países emergentes. En Europa las cosas no van mucho mejor. Pese a la revisión a la baja de las previsiones de crecimiento, el BCE ha optado por mantener sin cambios el precio del dinero, aunque Trichet ha endurecido su discurso antiinflacionista preocupado por las tensiones salariales. Mientras esto sucede en el mundo, el vicepresidente Solbes insiste en restar importancia a la situación y ha descartado formalmente en el Congreso la adopción de medidas de choque para hacer frente al repunte inflacionista y al deterioro de la renta disponible. El Gobierno, atrapado en un presupuesto de otra coyuntura, sigue mirando hacia atrás y vende un balance optimista de su gestión que ignora los evidentes signos de cambio brusco en el entorno internacional. Sea porque lo patriótico es mantener el optimismo, como dice el presidente, o porque el manual de las elecciones aconseja negar la evidencia, o simplemente porque se lo creen, lo cierto es que el Ejecutivo cada vez está más solo y desorientado. Su insistencia en que aquí no pasa nada suena repetida y hasta irresponsable cuando todos los indicadores económicos reflejan el intenso parón. La crisis será distinta y distante, pero los españoles perciben a un Gobierno insensible: la sienten como propia y la sufren en sus propios hogares.