Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
76 JUEVES DE ESCENA www. abc. es juevesdeescena JUEVES 10 s 1 s 2008 ABC Adolfo Marsillach y Fernando Fernán- Gómez resucitan en las tablas Dos salas madrileñas cambian sus marquesinas y se rebautizan. El Centro Cultural de la Villa se llamará ahora Teatro Fernán- Gómez, y el Fígaro tomará el nombre de Adolfo Marsillach. Homenaje justo a dos figuras imprescindibles de la escena española JULIO BRAVO MADRID. La tendencia actual es que los patrocinadores impongan la ley del más rico y que los teatros adopten los nombres de la firma que lo sostiene. En Madrid hay dos ejemplos: el teatro Movistar (antiguo Rialto) y el teatro HäagenDazs (Calderón) pero es algo que lleva ocurriendo en todo el mundo: teatro Kodak de Los Ángeles, teatro Ford de Nueva York... Aun así, parece que en la escena española corren buenos tiempos para la lírica, y dos salas madrileñas, la del Centro Cultural de la Villa y el teatro Fígaro, cambian estos días de nombre y adoptan el de dos figuras fundamentales de la escena española reciente: Fernando Fernán- Gómez y Adolfo Marsillach. Fue el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz- Gallardón, quien tomó la decisión de dar al escenario principal del Centro Cultural de la Villa el nombre de Fernando Fernán- Gómez. Lo hizo a las pocas horas de la muerte del actor, autor, director... Y no fue una decisión gratuita, ya que el Centro Cultural de la Villa acogió, en 1982, y tras su breve estancia en el teatro Español, donde se estrenó, Las bicicletas son para el verano la obra teatral más destacada de Fernán- Gómez. Luis Olmos, director de una reciente producción de la obra, decía de ella que es una obra maravillosa, de las mejores que se han hecho en España en muchos años. Cuenta una historia conmovedora, con un lenguaje muy sencillo y directo. Y aunque trata de nuestra guerra civil, es un texto ya universal que trasciende ese ambiente y esa situación concreta; trata de la sinrazón de las guerras, de las consecuencias en una familia, que es quien finalmente paga el pato... Fernán- Gómez sostuvo una curiosa relación con las tablas, donde no se encontraba, según su propia confesión, demasiado a gusto. Hace diez años, durante la presentación de un montaje del Tartufo de Molière, que él había adaptado, relató así sus razones para dejar los escenarios. Me retiré hace veintitrés o veinticuatro años, cuando descubrí que lo que me molestaba era el público, sobre todo cuando había poco. No me gusta que me miren mientras trabajo. Yo notaba que no me gustaba, hasta que me di cuenta de que lo que verdaderamente no me gustaba eran los espectadores. Lo rematé durante una gira terrible en la que yo protagonizaba El alcalde de Zalamea hicimos funciones en una piscina, en plazas de toros. Un día la función estaba llena de niños de cinco años, otro día de niños más pequeños aún a los que traían sus padres... Así que decidí dejar de actuar en el escenario, y dedicarme al cine, a la televisión, a escribir obras o a adaptarlas, como en este caso La conversión del Fígaro en teatro Adolfo Marsillach es fruto del empeño personal de Blanca, una de las dos hijas del autor, director, actor y gestor. Aunque ya existe en la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes un teatro bautizado con el nombre de Adolfo Marsillach, mi padre- -dice Blanca- -se merecía tener una sala en Madrid, y yo he podido conseguirlo. Lo que hizo mi padre por la cultura de este país no ha recibido correspondencia por parte de las autoridades; no al menos como se merecía La actriz ha comenzado el año con una nueva tarea en sus espaldas: la gestión de esta sala, en la que quiere programar un teatro de calidad, el teatro que a mí, como espectadora, me gustaría ver Se trata, añade, de una deuda que tenía con su padre, y que en el teatro Adolfo Marsillach se va a realizar una decidida apuesta por Empeño personal la creación, por el riesgo y por la juventud. Serán las palabras del propio Adolfo Marsillach las que levanten el telón del rebautizado teatro: Silencio, vivimos es el título del espectáculo creado por Paco Mir, como adapta- dor, y Josep María Mestres, como director, a partir de los guiones que Marsillach escribió para una serie de televisión con el mismo título de esta función. En el espectáculo, cuentan sus responsables, Adolfo Marsillach, personificado por El 23 de enero de 2000, Adolfo Marsillach escribió en su columna semanal de ABC este artículo como respuesta a unas declaraciones de Fernando Fernán- Gómez FERNÁN- GÓMEZ SE ABURRE ADOLFO MARSILLACH En el teatro. Nada que objetar. Cada cual se aburre donde quiere, donde le dejan o donde le obligan. Lo que sorprende de la frase de Fernando es su tono tajante y axiomático. Copio de un periódico este titular: Fernán- Gómez afirma que no conoce nada tan aburrido como el teatro Respeto, como es natural, la opinión de Fernando, pero me resulta imposible compartirla. Nada ni nadie tiene la exclusiva del tedio o del placer. El teatro no es más o menos insoportable que el cine, la novela, la radio, la televisión o el circo. El aburrimiento no es un género, sino, simplemente, una circunstancia. Coincido con mi admirado colega en que una representación teatral puede convertirse en una tortura, aunque me siento en el deber de aclarar que siempre que dicha interpretación sea mala. Como en el cine o como en la tele. Tal vez parezca menos incómodo abandonar una sala cinematográfica a la mitad de la proyección de una película, de la misma manera que resulta facilísimo apagar el televisor cuando sus imágenes nos fastidian o cerrar un libro si la historia que pretende contarnos no nos interesa. Para marcharse de un teatro, dejando a los actores con el párrafo en la boca, se requiere un valor cívico considerable o una dosis de mala educación altísima. Pero aquí acaban, a mi juicio, las diferencias. Decir que no se conoce nada tan aburrido como el teatro es tan discutible como afirmar que nadie hay en España tan ingenioso como Fernán- Gómez. Con el único matiz clarificador de que lo primero es una provocación innecesaria y lo segundo un elogio apabullante. Suena un poco raro que proclame públicamente el sopor que le provocan los espectáculos teatrales, una persona que confiesa llevar muchos años sin asistir a ellos. ¿Qué sabe mi amigo Fernando- -y espero que esta dolorida columna no me provoque la pérdida de su amistad- -del teatro que se ha hecho en España durante las últimas décadas? ¿Ha seguido su evolución, sus esforzadas conquistas y sus consecuentes éxitos y fracasos? ¿Ha calibrado lo que muchas gentes de nuestro oficio han arriesgado para modificar el panorama político de este país? ¿Las ha ayudado? O, simplemente, ¿las ha comprendido? Si a Fernán- Gómez le aburre el teatro, no se entiende por qué no se aburrió cuando el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional de este espectáculo que tanto aburrimiento le produce.