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56 MADRID MIÉRCOLES 9 s 1 s 2008 ABC Sueños de cartón en Serrano Más allá de las grandes boutiques y alfombras rojas, varios sin techo llevan años viviendo y formando parte del decorado de esta lujosa calle. A muchos vecinos y viandantes su presencia no les molesta; a otros sí y piden soluciones POR CRISTINA ALONSO FOTOS DE SAN BERNARDO MADRID. Las características de los clientes habituales de las tiendas se adivina en los bolsos de 12.000 euros o abrigos de 36.000 que se exhiben en los escaparates diseñados para las rentas más altas. Es la calle del lujo, de las boutiques más selectas, de los pisos casi inalcanzables. Alquilar un sólo metro cuadrado de la calle de Serrano, el Rodeo Drive madrileño, cuesta 2.100 euros al año. Un lujo para muy pocos. Sin embargo, en ella, en esta calle tan llena de historia y tradición del Madrid más puro, también se cumple aquello de el dinero no hace la felicidad En esta rica calle, ornamentada con vigorosos árboles y varias alfombras rojas, también existen los problemas. Y más cercanos que lo que parece a simple vista. Más allá de la imagen frívola que la caracteriza, se abre una pequeña realidad de cartones, mantas raídas y colchones rotos que cuesta avistar a no ser que se abran bien los ojos. Ajenos al taconeo de manolos blahnik al vaivén de las corbatas de seda o a los deportivos de gran cilindrada y precios aparcados en doble fila, varios sin techo llevan años viviendo en las aceras de la calle de Serrano. Cuentan que una de las últimas en llegar ha sido una mujer de mediana edad, que ha levantado una pequeña fortaleza de metro y medio construida con cajas para proteger su intimidad de curiosos. Un viejo paraguas rosa y blanco, siempre abierto, es su tejado y con un pequeño espejo de mano se acicala cada mañana nada más despertar. No, lo siento, no tengo tiempo responde educadamente cuando tratamos de hablar con ella. Rápidamente, recoge dos o tres enseres y desaparece por unos minutos. Es una imagen furtiva, pero común en las decenas de manzanas que van desde la Puerta de Alcalá hasta pasado El Viso y a la altura de Príncipe de Vergara. Carmen Perdiguero, jefa de compras de una tienda de telas ubicada al principio de la calle, la ve cada día a través de los cristales del negocio en el que trabaja. Lleva por aquí unos meses y siempre está sola, no habla con nadie. Se sitúa más o menos en el mismo sitio, unos metros arriba o abajo, y suele llevarse todas sus cosas consigo explica esta mujer, que lleva trabajando en la calle de Serrano un cuarto de siglo. Pero no es la única, en este tramo hay unos cuantos en las mismas condiciones, algunos llevan media vida aquí añade. Unos metros más arriba, un hombre de unos sesenta años está sentado sobre una pequeña plataforma que sobresale de la luna de un banco, en la esquina con la plaza de la Independencia, en la Puerta de Alcalá. Con la mirada perdida y somnolienta hacia el parque del Retiro, mete dentelladas a un trozo de pan. Junto a él, un bote vacío de chicles en el que pide limosna. Es uno de los veteranos de la calle de Serrano. No se mete con nadie, está a lo suyo y no molesta. Te da pena, más en una calle como ésta, en donde el contraste es más fuerte, pero es lo que hay explica una trabajadora. Este hombre tiene más o menos la edad de otro que yace a las puertas de una tienda de subastas, a escasos centímetros de algún cuadro de Eduardo Úrculo o de jarrones de porcelana antiquísimos, que también es símbolo y seña de identidad de la calidad del comercio y los negocios de esta zona madrileña. Tendido sobre un colchón y tapado por una vieja manta, duerme boca abajo a las doce y media de la mañana. A su paso, la gente le mira, algunos se sorprenden. Ya forma parte del decorado de la calle explica un habitual de Serrano. Hay personas que les dan comida algún día por semana, alguna lata, jamón de york y demás cosas. Lo peor son los meses de frío, cuando les ves pasarlo realmente mal comenta Enrique, un camarero de la zona. Muy cerca, una mujer, aparentemente procedente de los países del Este, está sentada en un banco con un bebé en los brazos, justo enfrente de una de las joyerías más afamadas de la capital. El más conocido por Isabel, quiosquera de la calle, es uno apodado El alemán Tiene unos perritos y siempre va con ellos, hay veces que prefiere dormir en la calle Bravo Murillo, depende, pero siempre anda por aquí explica. Para ella, este sin techo es atípico. Alto y fuerte, lleva unos diez años frecuentando la calle y con frecuencia se acerca al puesto de trabajo de Isabel para comprar el periódico en la lengua germana. Más de una vez ha podido verle comprando en un mercado cercano zanahorias y demás alimentos para prepararles la comida a sus mascotas. ¡Sí, claro que le conozco! El alemán y sus perros Un espejo para acicalarse La mendicidad en la calle de Serrano se centra en sus primeros tramos