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5 1 08 EN PORTADA Trasteros reales Desvanes de La Granja (Viene de la página anterior) na en 1918. De ahí salieron cornucopias, consolas, que se sacaron al jardín para librarlas de las llamas, que se propagaban alimentadas por la madera de Valsaín de la edificación, y algunas piezas desaparecieron. Hubo rapiña y de vez en cuando algunas de ellas se ven en el mercado del anticuario u objetos de la colección de Farnesio reaparecen en Feriarte. Hay que tener en cuenta que el personal de Palacio estuvo adiestrado durante siglos en que ante un incendio todo se tirara fuera para salvarlo Y aunque se solían librar de las llamas nada estaba a salvo de la larga mano del prójimo, sobre todo cuando un incendio duraba semanas. Esta mañana gélida de diciembre en que recorremos los tejados la vida del XVIII parece haberse detenido en las buhardillas que se salvaron de la quema. Nos habían advertido de que nuestra aventura por los desvanes nos conduciría al paraíso del anticuario y allí, delante de todo aquello, incluso nos parecía que era quedarse corto. Porque aquello es el cielo para la imaginación que nos transporta por el tiempo. En cada habitación, una sorpresa. Cacharradas, baúles, pequeños mueblecitos, jo- En uno de los almacenes de La Granja se conservan los pupitres utilizados por los escolares del pueblo que atravesaban cada día estos muros reales para asistir a clase cuando con la República se hizo escuela fainas que pertenecieron al servicio. O decenas de apliques de pared de bronce cincelado de la época de Felipe V tulipas, lámparas, el marco original del cuadro Familia de Felipe V de Van Loo, que está en el Prado- -y del que hay una copia en este Palacio de La Granja- Todo, perfectamente conservado, clasificado e inventariado, y por eso cada pieza lleva su correspondiente etiqueta codificada. Todo el perímetro del Palacio Real son almacenes: vemos una habitación sólo destinada al almacenaje de cuadros, otra para sillones de brazos, otra para sillas- -desde la auténticas Tonet a piezas de distintas épocas, con tapicerías del XIX y maderas tan ligeras que es posible levantarlas con un solo dedo, y además sillerías completas- estancias llenas de cómodas, o repletas de lavabos y bidets de madera... Se abren más puertas: entramos a un almacén de relojes y todos funcionan; nos colamos en otro desván donde se guardan teléfonos; en el de al lado, cabeceros, pieceros, plateros, y pupitres de cuando el Palacio fue convertido en escuela durante la República... Y vemos la veleta de Carlos III que estaba en una de las torres de caballerizas del Rey, y un juego de croquet impecable, y las bolas del juego del mallo y hasta unas pesas que se cree fueron de Alfonso XIII, un monarca pionero en la actividad deportiva y por ello tal vez un incomprendido. Incluso está, bajo un magnífico grabado que representa el entierro de la Reina María Luisa en Roma, el trono de todos los tronos, el que Carlos III mandó hacer en Nápoles, y que luego ha servido de patrón para los tronos de los sucesivos reyes españoles. Pero desván en Palacio no es olvido. De ellos han salido a la palestra piezas que hoy decoran la casa oficial de este Real Sitio decorada con gusto exquisito por Nilo Fernández: los patines, unos de madera y otros de hierro, con los que jugaban los infantes- -hijos de Alfonso XIII- el collar del perro de Isabel II, las llaves maestras del Palacio con las iniciales de Isabel II, el mechero de Francisco de Asís, e incluso un fonógrafo Edison, regalo de la Sociedad Fonográfica Española a Alfonso XIII, y que emite música a través de unos cilindros de cera. Al final, nuestro guía de excepción nos confiesa que tiene un plan: introducir las buhardillas, el magnífico reloj de la torre y las cocinas de Alfonso XIII en la visita museística para el visitante que verdaderamente tenga ganas de imbuirse en la vida de este palacio, que no es sino en la sociedad de su tiempo. Pero hace falta un maridaje más intenso de la Administración con la sociedad civil para que el mecenazgo profundice en la colaboración y nos ayude a sacar a la luz todos estos tesoros Nuestro exclusivo y fabuloso tesoro. El collar del perro de la Reina Buhardilla original del XVIII donde habitaban los sirvientes. Esta corresponde a la cocina de un jefe de planta La vida en las buhardillas La zona privilegiada del Palacio de La Granja, primeras plantas, la ocupaban los reyes. En un segundo plano y en un ala contraria, los infantes; el servicio inmediato de los monarcas, desde el mayordomo y caballerizo mayor, a títulos grandes de España y ennoblecidos moraban los cuartos secundarios de las salas principales, en los llamados trascuartos, y, a partir de ahí, la estratificación social estaba representada de tal manera que cuanto más subían en el edificio menos eran, justo lo contrario de lo que suele ocurrir hoy. Entonces, hasta en las buhardillas había grados, y los menos de los menos eran los que habitaban justo debajo del tejado. Las buhardillas que se conservan en este palacio, hoy almacenes, están prácticamente igual que en el siglo XVIII. El jefe de planta era el que organizaba y controlaba la vida comunitaria en estos sectores de altura y disponía de una sala con cocina lo que le otorgaba unas condiciones de vida de privilegio respecto al resto, que compartía habitaciones, cocinas y hasta las camas para darse calor. El suelo actual es el original y hasta los muebles y enseres más humildes se han conservado. En las segundas buhardillas, donde se sigue el mismo sistema de cocina- dormitorio, también las puertas son las originales con su claveteado. Dentro, sujetacamastros de la época, sobre los cuales se armaba, de tela y paja, un colchón, y en los que también se puede ver el sello de Felipe V Rey La vida doméstica del XVIII. La joya que ningún palacio europeo enseña porque ningún palacio, salvo La Granja, tiene.