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Viernes 4 de Enero de 2008 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2007. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.621. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 2,05 Bélgica: 2,00 Estados Unidos: 2,50 USD. Francia: 2,05 Irlanda: 2,10 Italia: 1,75 Holanda: 2,00 Portugal: 1,35 Reino Unido: 1,20 LE. Suiza: 3.40 CHF. Marruecos. 16 Dh. EN EL AIRE Mónica FernándezAceytuno LA PRUDENCIA uienquiera que asome hoy la cabeza para saber qué se está cociendo en la calle, percibirá el olor a humo de las calefacciones y el olor a prudencia. Lo que no consiguió el protocolo de Kyoto, lo conseguirá la prudencia, porque a mayor prudencia, menor consumo. Tiene además la prudencia el negro del hollín. Es el luto del insensato. Era una palabra, la prudencia, que teníamos envuelta en naftalina y que sólo utilizábamos en las operaciones retorno, pero ahora la decimos con la voz y el pensamiento cada vez que abrimos la cartera: No gastes, sé prudente Es la prudencia una suerte de instinto de supervivencia que nos está aflorando ante lo que percibimos en el tuétano que se nos viene encima, como el que nota que se avecina un frente frío en un hueso tronzado. Hasta yo, que si no fuera porque me están ganando la batalla los microbios con esta gripe con la que he empezado el año saldría a pasear esta noche por el campo para oír el gañido, el tauteo del zorro, me he vuelto prudente. Y cuando se nos escape la mano y la voz para decir invito yo pagaremos a escote; o ante la compra de unas obras completas, decidiremos ir a la biblioteca; o ante una falda de seda estampada, amarraremos la tela con esa garra que es en rebajas casi tan fuerte como la de un águila pescadora que tiene antes que comer la pieza para poder soltarla, y entonces diremos: Para usted, que la agarró antes De ninguna manera, la falda es suya nos responderán. Y allí quedará la falda sobre el mostrador, con sus flores marchitas en la seda, heladas por la fría prudencia. Qué ganas tengo de que vuelva la primavera. www. monicafernandez- aceytuno. com Q Retrato robot del secuestrador paracaidista con varios detalles de las únicas huellas que dejó en su huida REUTERS El primer pirata paracaidista Subastan el botín de D. B. Cooper, quien se lanzó al vacío en 1971 con 200.000 dólares en billetes de veinte no marcados tras secuestrar un avión. Perdió 5.800 en su huida, que encontró años después un niño ANNA GRAU n 1980, Brian Ingram, un niño de ocho años que estaba de picnic con sus padres a la orilla del río Columbia, encontró 5.800 dólares en billetes de veinte bastante viejos. El FBI concluyó que esos 5.800 dólares formaban parte de los 200.000 que en 1971 se le pagaron al primer secuestrador aéreo de la historia en saltar en paracaídas del avión secuestrado. Se llamaba D. B. Cooper, y después de aquel gran salto no ha vuelto a ser visto, ni vivo ni muerto. Fue fantástico, dejé de ser el patito feo de la clase y empecé a tener todas las novias que quise recuerda Ingram. Qué tiempos aquellos, cuando una azafata a la que un pasajero rarito le pasaba una nota podía creerse que lo que el tipo quería era ligar, y meterse la nota en el bolsillo sin mirarla. Eso hizo Florence Shaffner, azafata en el vuelo 305 de la Northwest Orient Airlines, que volaba de Portland a Seattle. Cooper es recordado por los que viajaban en aquel vuelo como un tipo de cuarenta y tantos, alrededor de metro ochenta de estatura, traje negro, gafas de sol, camisa blanca, corbata negra. Corbata que dejó a bordo antes de saltar en paracaídas. El FBI la conserva como oro en paño y hace muy poco ha anunciado que la usará para tests de ADN. Sorprende un poco esta renovada insistencia por un caso que queda tan lejos, aunque sin duda vuelve a estar de moda Al darse cuenta de que la azafata se guardaba su nota en el bolsillo sin mirar, D. B. Cooper le advirtió de que lo hiciera, y se enterara así de que él era un pirata aéreo portador de una bomba. Amenazó con hacerla estallar si no se le facilitaban una fuerte suma en metálico y cuatro paracaídas. Qué tiempos aquellos. La azafata avisó al piloto, éste a los controladores de tierra, éstos al FBI, que al fin le dieron unas instrucciones obvias: dar coba al pirata. Siguiendo sus instrucciones aterrizaron en un aeropuerto secundario de Seattle, donde Cooper liberó a todos los pasajeros a cambio de 200.000 dólares en billetes de veinte no marcados como en las películas. Pero el FBI había elegido billetes muy particulares que microfilmó. Dicen que sin querer, uno de los cuatro paracaídas que le facilitaron no funcionaba. No era éste el que el pirata dejó tras de sí al saltar del aparato. Eso invalida algunas de las hipótesis de que D. B. Cooper era un experto paracaidista, quién sabe si un ex miembro del Ejército. Ingram, que en su día fue autorizado a quedarse con casi la mitad del dinero que encontró, se propone ahora subastar los billetes que le quedan y la calderilla. Son el último testimonio de la mayor caza del hombre jamás realizada concluye, orgulloso. ¿Quién da más? E