Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 3 s 1 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA COMANDANTE EN JEFE N las primarias norteamericanas, que ahora comienzan con los caucus de Iowa, los candidatos suelen esforzarse en acreditar ante los ciudadanos sus cualidades para desempeñar el cargo de comandante en jefe No se trata sólo de demostrar capacidad y madurez para tomar la última decisión al frente de la mayor maquinaria militar del globo, sino de transmitir a los electores la fiabilidad de un liderazgo capaz de hacer frente a más que probables crisis de emergencia nacional y, eventualmente, planetaria. A la hora de elegir un presidente, el ciudadano estadounidense necesita confiar IGNACIO en alguien que sepa qué haCAMACHO cer cuando la mayoría duda osientemiedo, cuando llega el momento decisivo de la zozobra ante un ataque, una catástrofe o un aprieto. Cuando se necesita que en el puesto de mando haya una persona con temple moral, lucidez de análisis y claridad de criterio. Un líder, vaya. Hace justo un año, mientras de los escombros de Barajas emergían los restos de dos infortunados inmigrantes desavisados delpropósito criminal del terrorismo, el presidente del Gobierno de España consumía en el silencio de Doñana 72 larguísimas horas de desconcierto, vacilación e incertidumbre. Durante tres eternos días, una nación gravemente amenazada anduvo a la deriva porque el hombre que debía sujetar el timón estaba confuso y perplejo, sonado y aturdido, sin comprender el alcance de lo que sucedía. Cuando salió del escondite ocurrió algo aún peor: fue incapaz de emitir un mensajedetranquilizadorafirmeza, utilizó eufemismos, balbuceó excusas y se movió en una inquietanteambigüedad política quesignificaba, en elfondo, una flagrantenegación dela evidencia. Ha sucedido otras veces en que el azar de la tragedia o la perversidad criminal han sacudidosus endebles expectativas, pero en aquella maldita ocasión elvacío presidencialretumbó como un clamor en la conciencia española. Simplemente, el comandante en jefe no sabía qué hacer. Había perdido los papeles, la bitácora, el rumbo. Todavía hoy, doce meses después delatentado queZapaterocalificóde accidente con obstinado empeño que luego supimos que no era casual, subsiste un humillante testimonio de eseabatimientonegacionista. En elreconstruido módulo D del aparcamiento de la T- 4, sendos monolitosrecuerdan los nombres delas dos víctimas con una irritante asepsia que ningunea la causa de su muerte. En recuerdo de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate. Nada más, como si fuesen dos obreros muertos en siniestro laboral, o dos pasajeros fallecidos, como ha escrito Blanca Torquemada, por el síndrome de la clase turista. Ni siquiera la fecha del asesinato; sólo la oquedad gélida de la nada. Ayer, al recoger el coche en Barajas y ver con un escalofrío el hueco dela memoria sepultada bajo la lápida de una omisión lacerante, pensé en los tres días de silencio en que el liderazgo de un país estuvo escondido en la soledad de lamarisma. Laradio hablaba delas perspectivas electorales de marzo y de las primarias de Estados Unidos, y me pregunté si en Iowa o en alguna otra parte tendría crédito un gobernante que desaparece cuando se le necesita y reescribe con medias verdades el relato de sus fracasos. E EXTERIORES NO TODO ESTÁ PERDIDO EN PAKISTÁN UIENES diseñaron el asesinato de Benazir Bhutto sostendrán que no hay salida posible para Pakistán fuera de la dictadura militar. Lejos de representar a todo el ejército o a su mayoría, los sucesivos regímenes de fuerza han reflejado el poder de un variable sector militar. Continuamente se articulan y deshacen estos grupos. Bajo el ejército o sobre él, el mundo magmático de los servicios, con el ISI al frente, entran y salen de las fuerzas armadas, adelantándose a su voz, sustituyéndola. Hay sin embargo cuatro procesos en marcha que podrán influir en la salida de la crisis. Primero, la mala historia oficial de Pakistán, desde su aparición como estado (el dominio británico termina, como en India, en 1947) contrasta con una sociedad progresivamente integrada en grandes áreas, sociales o geográficas. Pakistán no es una acumulación desordenada de masas. Es un país de baja renta y población que triplica con mucho a la de España, 165 millones. Bajo la superestructura oficial hay una infraestructura real, dicho sea en el viejo lenguaje. El valle del Indo guarda una civilización de 5.000 años, tres milenios más antigua que el credo muDARÍO sulmán, hoy compartido por la inmenVALCÁRCEL sa mayoría. Pero la presión de los abogados crece. No son sólo juristas. Son comerciantes, ingenieros, profesores, funcionarios, economistas, sectores enteros de una sociedad, decididos a defender los derechos individuales. Agrupados no sólo en el PPP de Bhutto, o en la Liga de Nawaz Sharif, integrados sobre todo en asociaciones profesionales, más allá de la política de partidos, esta poderosa red de redes ha soportado las adulaciones o persecuciones del estado policial. Esa clase media pakistaní resistió la durísima etapa del general Zia y resiste hoy la de un sector, sólo un sector militar. Bajo la tensión entre la sociedad civil y el reparto de poder en el mando militar, los enfrentamientos territoriales se superponen. El mundo de los Sindhi pide una voz permanente desde grandes ciudades del sur, Karachi o Hyderabad. Cachemira, raíz del conflicto entre In- Q dia y Pakistán, ha entrado en una etapa de menor irracionalidad gracias al trabajo de Estados Unidos, China y Naciones Unidas desde 1998. Las minorías liberales han contribuido a desactivar ese polvorín: diálogo discreto con la administración militar en Islamabad. Tercer proceso, la necesidad de contar con un sistema, quizá no sólo pakistaní, que garantice la protección del arsenal nuclear, entre 60 y 70 artefactos de los que sólo una decena podría lanzarse (para ser con casi total seguridad destruidos en vuelo) Ese contacto estable entre los dirigentes del norte, de etnia punjabi, y los abogados del sur, contribuye a evitar imprevistos. El extremismo islámico, cuarto proceso, ha condicionado la historia pakistaní. El suicidio, un antiguo recurso, ha sido reforzado por la desesperación de incontables candidatos a la muerte instantánea y a la destrucción en derredor. Pero todo esto, con ser terrible, es encajable. El sector del ejército que espera, cerca del poder pero no dentro de él, un sector amplio y diverso pero unido en el deseo de estabilización del país, desearía, dicen fuentes solventes, un acuerdo a tres bandas: entre los abogados, los partidos moderados musulmanes y el establishment actual. Aitzaz Ahsan, próximo a Bhutto, parece más próximo a negociar con Musharraf. Los musulmanes moderados defenderían a los comerciantes y funcionarios en su lucha contra la corrupción. La tendencia de algunos a ver las situaciones amenazantes de modo siempre pesimista puede bloquear la historia. En Pakistán un Gobierno de unidad nacional es posible, no dominado por los militares, pero con su presencia. La constante intervención de Estados Unidos en asuntos internos hace vivir a Pakistán en un estado de minoría de edad, deseada por la parte más secretista y cómoda de la cúpula militar. Pero es otra tendencia la que parece avanzar en medio de la catástrofe del 27 de diciembre. Lucha contra el terror de un lado y refuerzo del crecimiento económico necesitan apoyarse en una base previa, de unidad nacional. ¿Será la hora de la unión sagrada? Abogados, islamistas moderados y jóvenes turcos. Tan lejos como puedan del Servicio de Inteligencia Interior, ISI.