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ABC MIÉRCOLES 2 s 1 s 2008 Tribuna Abierta OPINIÓN 7 José María Lassalle Secretario de Estudios del PP y diputado en el Congreso INTELECTUAL DE VERDAD A muerte de Julien Gracq nos ha privado de uno de los intelectuales de referencia que aún daban lustre a la cultura europea. Por desgracia los españoles no hemos podido ofrecerle el homenaje que se merecía a pesar de los muchos años que vivió. Amante de España y de su cultura, Gracq frecuentó nuestra geografía y se asomó a nuestro país muchas veces siguiendo la estela admirativa que mostró Montherlant hacia la cultura española. Para quien era geógrafo de formación, el relieve abrupto e intenso de la piel de toro hispánica resultaba una experiencia demasiado tentadora para dejarla de lado. En su recientemente traducido al castellano A lo largo del camino se refleja muy bien el interés que nuestro país, su cultura y sus gentes tuvieron a lo largo de su dilatada vida. ombatiente de la deshumanización cultural de Occidente, Gracq frecuentó una marginalidad aristocrática que le hizo abandonar la política y sus miserias muy tempranamente, cuando siendo militante comunista y asesor del gobierno de Leon Blum rompió con lo que era su mundo para recluirse en la torre de marfil de la literatura. De hecho la fama de su brillantez y, por qué no decirlo también, la leyenda de su emboscadura estética comenzó a forjarse entonces. No sólo porque prefirió la libertad a las servidumbres partidistas, sino porque al interrumpir su trayectoria política quiso denunciar lo que era para él inadmisible: que el partido en el que creía- -el partido comunista de Francia- -aceptase el pacto germano- soviético firmado por Hitler y Stalin pocos días antes de que comenzase la II Guerra Mundial. Fiel a ese gesto combatió al fascismo, dejando testimonio de su paso por la milicia y de su experiencia del desastre francés vivido en mayo de 1940, con una novela que tituló Los ojos del bosque y que refleja una aventura interior en pos de la identidad tras su pérdida. JULIEN GRACQ: ADIÓS A UN L Su rechazo al mandarinato intelectual de la izquierda cultural y su oposición al modelo instituido por Malraux y Lang lo llevó a oponerse no sólo al dirigismo estatal de la cultura sino a la tutela del gran mundo editorial y de las llamadas industrias culturales pués, tras obtener el premio Goncourt con El mar de las Sirtes, cuando dio la campanada. Renunció al mismo y, de paso, ofreció al público lector una novela en la que, además de describir con precisión la decadencia íntima de Occidente y su legado civilizador, marcó una bitácora oculta que distancia a los heterodoxos e inconformistas que subyacen en los pliegues más recónditos de los relatos políticos, de ese teatro vacío que se disfraza debajo de los conceptos grandilocuentes que alimentan la llamada gran política. ortador de un angular que iba de André Breton a Ernst Jünger- -escritor al que admiró desde que leyó en 1943 Sobre los acantilados de mármol- Gracq fue gestando una ejemplaridad intelectual que puso al nihilismo y al plebeyismo de masas como los enemigos a batir por parte de quienes hacen de la reflexión y el cultivo del saber una suerte de combate singular quijotesco que nunca debe darse por perdido. De hecho, para Gracq el estilo lo era todo debido a su naturaleza profundamente poética. Libertad Grande, lo denominó y, desde ella, fue aposentando piedra a piedra una arquitectura de estilo donde cada palabra tiene una gravedad personal y única; tan personal y única como el alfabeto que permite el misterio de esa vida espiritual que da sentido a cada uno de nosotros. P C E AFP Amante de España y de su cultura, Gracq frecuentó nuestra geografía y se asomó a nuestro país muchas veces siguiendo la estela admirativa que mostró Montherlant hacia la cultura española D ecano de las letras francesas hasta su reciente muerte, Julien Gracq articuló un ideario cultural que casa a la perfección con el diseño descrito por Marc Fumaro- li en El Estado cultural y La educación de la libertad. Precisamente su rechazo al mandarinato intelectual de la izquierda cultural y su oposición al modelo instituido por Malraux y Lang lo llevó a oponerse no sólo al dirigismo es- tatal de la cultura sino a la tutela del gran mundo editorial y de las llamadas industrias culturales. Lo demostró de forma reiterada a partir de la postguerra. Primero, al publicar en 1950 un ensayo panfletario que dirigió como un torpedo contra la línea de flotación de esa izquierda filistea que administraba la corrección cultural desde la corrección política. La littérature à l estomac no sólo fue una declaración de guerra contra la corte parisina de Sartre y Beauvoir, sino un punto de no retorno estético. A través de sus páginas proclamó una ruptura absoluta con la estrategia que entonces comenzaba a cobrar forma siguiendo la estela de rebeldía cultural anticapitalista ensayada por Gramsci. Pero fue un año des- nvuelto en la privacidad provinciana de su exilio interior, Julien Gracq ocultó hasta su nombre, Louis Poirier, para dar vida a un personaje guarecido tras las máscaras de un pseudónimo hecho de dos elementos: Julien- -para enaltecer la figura del personaje stendhaliano que protagonizó Rojo y negro y que encarna al hombre nuevo que asciende y se hace a sí mismo- -y Gracq- -para reinvindicar el compromiso social de los Gracos romanos- Precisamente esta narración política latente que proyecta su obra fue un continuo a lo largo de su vida y su obra. Una narración que discurrió como un sinuoso murmullo íntimo que protagonizó su escritura y su vida, y que- -como la herida siempre abierta de un Parsifal recluido en su castillo- ha quedado ahí como un testimonio ejemplar para cuantos quieran asomarse a sus libros con el fin de desactivar las incertidumbres más personales que impone nuestro tiempo y sus artificios.