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ABC LUNES 31 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL AÑO DEL REY P EL ÁNGULO OSCURO FAMILIA Y TRADICIÓN A celebración de la fiesta de las familias cristianas les ha dejado el cuerpo a los progres como a la niña de El exorcista El progre, que es analfabeto y se vanagloria de serlo, cuando se refiere a la familia le añade desdeñosamente el calificativo de tradicional pero decir familia tradicional es como decir cigüeña ovípara El progre es ese tío que está dispuesto a defender la existencia de cigüeñas que se reproducen al modo mamífero, o por esporas; y, del mismo modo, pretende vendernos la moto de que existen familias no tradicionales. Al decir familia tradicional el progre revela dos rasgos constitutivos de su idiosincrasia: su incultura supina (ignora el muy zoquete que traditio significa entrega transmisión y huelga explicar que no puede existir familia si no existe transmisión de vida, afectos y valores) y su odio atávico, inveterado, insomne a la tradición. Y es que la razón vital del progre no es otra que acabar con la tradición, romper los vínculos que unen a unas generaciones con otras. La tradición es una larga cadena viviente en la que cada generación absorbe el acervo moral y cultural que la precede y lo entrega a la geJUAN MANUEL neración siguiente; y en ese proceso de DE PRADA transmisión, que no es inerte ni fosilizado como pretende el progre, cada generación enriquece el legado recibido mediante aportaciones propias. Así ha ocurrido desde que el mundo es mundo, en el arte y en la vida; y la civilización humana ha crecido de este modo, sobre el humus fecundo de los tesoros que las generaciones anteriores se han encargado de preservar y ceder en herencia a quienes venían después. El progre sabe que, mientras esta cadena no se quiebre, no logrará imponer sus designios; de ahí que quiera destruir el mundo heredado de nuestros antepasados y sustituirlo por otro nuevo en el que ya no existan vínculos entre generaciones. Por supuesto, este afán destructivo no es inocente: el progre sabe que el hombre desvinculado deja de ser hombre para degenerar en monicaco; sabe que, desamparado de la tradición, el hombre se convierte en L carne de ingeniería social. Por eso, el progre abomina de las fiestas y ritos que nos vinculan al pasado, por eso destierra de sus planes educativos el Latín y lo sustituye por Educación para la Ciudadanía, por eso trata de matar los afectos que sólo en el seno de la familia adquieren sentido. Pero el progre no puede completar su designio destructivo sin ofrecer algo a cambio, una pacotilla que anestesie el desvalimiento humano. Y así, aprovechándose de ese desasosiego que deja en el corazón del hombre la falta de asideros, le vende progreso y modernidad como lenitivos de su terrible desvalimiento; y se los vende a través de la propaganda de los medios de adoctrinamiento de masas, logrando que el hombre alienado de su naturaleza (de la tradición que lo constituye) crea que esos lenitivos son más atractivos, logrando arrasar esa silenciosa y pensativa conversación de generaciones que a lo largo de los siglos había garantizado la transmisión de afectos y valores morales. El progre sabe que para llevar a cabo su misión necesita destrozar el tejido celular de la sociedad, los vínculos que unos hombres entablan con otros según un impulso cordial y sagrado. También sabe que la primera sociedad natural es la familia: destruida ésta, será mucho más sencillo llevar a cabo sus designios. Y disfruta orgiásticamente contemplando los efectos de su devastadora acción: matrimonios deshechos porque sí a velocidad exprés, hogares desbaratados con el menor pretexto o sin pretexto alguno, hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra, abortos a mansalva, nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la transmisión de la vida, etcétera. Cuando, por el contrario, descubre que aún hay familias que se resisten a su ingeniería social; cuando descubre que aún queda gente con sueños comunes, con ideales compartidos, con afectos heredados de sus mayores que se renuevan en sus hijos; cuando descubre la fidelidad y la perseverancia de los buenos en medio de una generación que ya creía pervertida; cuando descubre que, además, toda esa resistencia numantina se funda en Dios... bueno, es natural que se le ponga el cuerpo como a la niña de El exorcista www. juanmanueldeprada. com ODÍA haber sido su annus horribilis, como aquel que su prima Isabel II definió en una expresión ya tópica, pero ha sabido darle la vuelta a la adversidad con enorme, poderosa intuición política. Ha sufrido el desgarro de la separación de una hija, ha sentido en la cercanía familiar el bombardeo inesperado de la muerte prematura, ha visto cómo quemaban sus fotos y notado a su alrededor el cruel vacío de las deserciones silenciosas, ha oído cómo le pedían la abdicación, ha contemplado cómo retornaban los peligrosos devaneos cíclicos del cambio de régimen. Y sin embargo, ha salido más fuerte, más popular, más respetado quecasi nunca, con el prestigio intacto y la estima alIGNACIO zada como en aquellas jorCAMACHO nadas cruciales y dramáticas de un gélido y ya lejano febrero del 81. Mucho se lo ha debido a una sola frase, a una salida certera, oportuna y feliz que el pueblo hizo suya para convertirla en un eslogan universal y de amplio espectro. Pero detrás de ese relámpago pertinente, preciso y eficaz hay un fondo de densa perspicacia, un sustrato de clarividencia y oficio, un consumado ejercicio de dominio de los resortes que activan los perfiles del liderazgo y del carisma. De un año que podía haber resultado letalpara la Corona española, elRey ha extraído el modo de reforzar una autoridad moral que le eleva varios cuerpos por encima del resto de personas e instituciones de nuestra vida pública. Hay que ser depositario de una larga herencia histórica, trufada de contratiempos, riesgos y turbulencias, para salir indemne de un atolladero semejante y sacar además el rédito de un prestigio incrementado. Hay que dominar el manejo de las situaciones difíciles, conocer los secretos del temple y la oportunidad, y pisar sin miedo los territorios del compromiso. El lance con el gorila rojo podía haber salido bien o mal, porque llevaba dentro el peligro de un boomerang reversible, pero Don Juan Carlos tiene el oficio de quien lleva décadas ejerciendo de líder sin más poder que el del arbitraje moral, sin más arsenal que la gestualidad simbólica ni más recurso que la capacidad de convicción. Su experto olfato intuyó el momento y la necesidad. No fue humo de pajas: Chávez acabó perdiendo su propia parodia de referéndum y el Rey ganó la autoridad que necesitaba para levantar de nuevo su referencia en un momento de enorme vacío nacional, en medio de la crispación, el desencuentro y la atonía de una política enquistada hasta el agotamiento. La Historia tiene a veces estos guiños. Venían todas las coordenadas torcidas y todas las bitácoras descuadradas. Cundía un clima levantisco y revisionista, flameaban las banderas tricolores en un viento propicio de debilidad institucional, crujían las cuadernas del Estado y se desesperezaba ese demonio de agitación que a veces recorre nuestra médula colectiva. De repente, un gesto, un fogonazo de dignidad en el sitio preciso y en el instante exacto, vuelca las circunstancias y devuelve el sosiego y la estabilidad ante el desequilibrio y la zozobra. Podrá no haber dirigencia, pero hay rumbo. Podrá no haber Gobierno, pero hay Corona. Y los que se tenían que callar, se han callado.