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24 ESPAÑA DOMINGO 30 s 12 s 2007 ABC PUERTAS AL CAMPO Permanece vívida, obstinada, una sensación, o mejor, el sentimiento de un contraste. Yo enunciaría ese sentimiento así: mientras el mundo se pone serio, nosotros nos ponemos lelos, tontos de capirote uno se le suba el pavo, como en esos sueños en que se pasea en cueros frente a una multitud. Los trenes de alta velocidad se atascan, porque se han puesto a rodar antes de tiempo; un juez estrella invierte sus criterios procesales sin que medie una explicación; el PNV prepara la independencia del País Vasco, mientras Cataluña la amaga y exige, a modo de reparación temporal, sólo temporal, el lenitivo de más inversiones. Parece que nos hubiera picado un tábano, y que, excitados por la punzada, no se nos ocurriera nada más inteligente, ni más decoroso, que bailar el claqué. Bailarlo hasta la extenuación, con un canotié festivo encajado en lo alto de la cabeza. El espectáculo es tan grotesco, que alguna gente sesuda ha decidido decretar que se trata de un espejismo. Intentaré reproducir el laborioso ejercicio mental que desemboca en este diagnóstico. Se constata, correctamente, que la democracia viene durando en España más de un cuarto de siglo. Se advierte, correctamente también, que hemos ganado posiciones en lo económico, al extremo de adelantar a Italia en renta per cápita. De ahí se deduce que hemos conseguido ser un país serio. Y por tanto, que no es posible que nos estén ocurriendo los accidentes que nos descalifican como eso, como país serio. Pero los accidentes, ¡ay! son reales. En consecuencia, no somos un país serio. Comprobaremos, pronto, lo que nos va a suceder por no serlo. Padecemos cuatro debilida- Álvaro Delgado- Gal Concluye el año ominosamente. Fuera de España, el asesinato de Benazir Bhutto anticipa borrascas terribles, cuya naturaleza no sabemos todavía estimar. Es obvio que ha cambiado la lógica por la que se rige el mundo y que andamos a ciegas, como queriendo medir, con los pulpejos, el tamaño de algo que es enorme y que no se parece en absoluto a las cosas que con las que estábamos acostumbrados a rozarnos. Al tiempo permanece vívida, obstinada, una sensación, o mejor, el sentimiento de un contraste. Yo enunciaría ese sentimiento así: mientras el mundo se pone serio, nosotros nos ponemos lelos, tontos de capirote. Resulta imposible repasar el sainete nacional, sin que a Se nos está preparando un futuro que nadie quiere sin que, al parecer, el personal termine de darse por aludido des altamente preocupantes. En primer lugar, se han venido abajo las instituciones. Lo demuestra, dramáticamente, el trance que a la sazón atraviesa el Tribunal Constitucional. Las imperdonables ligerezas del presidente han acelerado la ruina de un órgano muy deteriorado por la presión de los partidos y prácticas políticas poco recomendables, y en absoluto recientes. Se ha ingresado, finalmente, en una fase que cabe tildar de terminal. El Gobierno necesita que el Tribunal condone sus errores. La oposición quiere usarlo para derribar al Gobierno, que no es lo mismo que valerse de él para reestructurar el Estado. Los magistrados, asaeteados desde ambos flancos, son los que con más furia bailan claqué. No anda el patio más arreglado en otros departamentos de la Administración. La índole territorial de la disidencia pone bajo gravísima amenaza la unidad del país. Y quien dice país ha de decir también economía y no sólo economía. Será interesante observar, por cierto, lo que le sucede al partido que no forme gobierno. A todo esto sucede- -y entramos en el tercer capítulo- -que tanto el PSOE como el PP se han encasquillado, en la acepción que recoge el DRAE. Se di- ce que un arma se ha encasquillado, cuando no funciona por haberse salido de su sitio un cartucho. La ruptura del consenso, desorbitada por la alianza contra natura del Gobierno con fuerzas secesionistas, ha suspendido, de modo indefinido, cualquier política que merezca el adjetivo de nacional Sin horizontes ni recorrido, los partidos se están dedicando a lo que el macho de la mantis religiosa, después de que la hembra le haya devorado la cabeza: a ejecutar, ciegamente, el actor procreador, que vale en este caso por ganar las elecciones. Culminar la tarea es importantísimo para los interesados. Pero está por ver qué utilidad va a reportar a los votantes. Llegamos así a lo más doloroso de todo: la inopia de los ciudadanos. Se nos está preparando un futuro que nadie quiere sin que, al parecer, el personal termine de darse por aludido. Los historiadores indagarán las causas de esta irregularidad en hechos acaso remotos. Yo tengo que ser aquí más prosaico. Zapatero rehusó asumir responsabilidades políticas tras el naufragio de las negociaciones, y no se levantó un clamor exigiéndole que se comportara como lo que es: el presidente del Gobierno. ¿Cómo poner ahora puertas al campo?