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8- 9 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Preguntas a San Silvestre or qué será San Silvestre el último santo del año? El que termina ya no tiene nada de silvestre. Se ha educado, domesticado y hasta envejecido, tanto que decide salir de la escena y dejar paso al que pidió la vez en el reparto del tiempo. Más bien se me ocurre que lo de silvestre es, justamente, lo que corresponde al que se inicia. Lo queremos así, como brotado con espontaneidad en el suelo húmedo de una madrugada con rocío. Nuevecito, inocente, descargado de los malos fardos que nos trae la historia. ¿No se llama alumbramiento, por seguir la figura del recién nacido, al parto? ¿Será por eso que cubrimos nuestras calles con guirnaldas de bombillas, en general bastante cursis pero que dan a la noche un aire de mediodía escenográfico? Debo admitir que, este año, sobre la madrileña Fuencarral, hay un falso techo de alfombras voladoras que me encanta por su poder legendario. Ya quisiera treparme a la que tripula el Ladrón de Bagdad y poder mirar desde su altura. ¿Y los estallidos de petardos, que suenan a cañonazos y obuses? ¿Y las bengalas que suben por la precoz noche del invierno como para identificar al enemigo? ¿Serán maneras inocuas de conjurar los fantasmas de las guerras verdaderas, las que buscan acabar con el prójimo? Las familias se reúnen, juntando a unos parientes que, a menudo, no se han visto durante el año. Los compañeros de trabajo descorchan el cava que no beben casi nunca, mientras los jefes olvidan su jerarquía y los competidores se abrazan como hermanos. ¿Será que el año entrante llegará la igualdad y los reyes- -magos o legos- -dormirán, vestidos de peregrinos, en la choza del labrador? A nuestra vocinglería habitual añadimos coros, villancicos y coplillas menos santas. Parece que celebramos algo. ¿El año que se va llevándose sus errores y sus vicios? ¿El que viene, con su cara lavada y sus rasgos escasos? Por encima, festejamos la continuidad de la vida. Somos los encargados de sostenerla a través de las horas, los días y los años. También hacemos la melancólica lista de quienes nos han dejado para convertirse en un puñado de recuerdos. En todo caso, nuestras voces, calentadas por el canto, llenan los huecos. ¿P Blas Matamoro Una visitante, ante un expositor de conchas de peregrino chada, la exhibición de dichos fósiles es el único reclamo para visitarlo. El Museo de las Conchas de Dalian alberga 20.000 piezas de 5.000 tipos distintos, una barbaridad, pero se queda en poca cosa si se tiene en cuenta que en el planeta Tierra se han llegado a detectar hasta 115.000 clases. La mayoría de dicha colección pertenece a Zhang Yi, responsable de una empresa marítima que se ha pasado las tres últimas décadas inspeccionando los océanos para hacer realidad su sueño: reunir una de las más importantes muestras de conchas. Como suele ocurrir en este país, donde nada escapa al poder del Partido Comunista, todo empezó cuando el anterior presidente, Jiang Zemin, viajó a Tailandia en 1999 y se quedó maravillado tras visitar un museo de conchas. A partir de ese momento, era sólo cuestión de tiempo que el dragón rojo aprovechara su extraordinario crecimiento económico para hacer algo más grande o más alto o más largo o más lo que fuera con tal de superar a sus rivales. Y así ocurrió en Dalian, una ciudad costera de gran influencia japonesa donde su alcalde, Bo Xilai- -a la postre ministro de Comercio durante el conflicto textil con Estados Unidos y la Unión Europea- estaba intentando por todos los medios convertirla en un centro neurálgico de las nuevas tecnologías y en un destino turístico de primer orden. A la vista de las casi 400 grandes empresas, entre ellas 32 multinacionales de primer nivel instaladas ya en su parque industrial, y de las legiones de chinos que abarrotan sus playas y zonas verdes en verano, se puede decir que ha logrado ambos objetivos. Para ello, se atrevió a desafiar a los jerarcas del Partido y, con motivo de la devolución de Hong Kong a China por parte del Reino Unido, construyó en 1997 una columna ornamental de mármol exactamente igual a la que preside la entrada a la Ciudad Prohibida de Pekín en la plaza de Tiananmen, pero varias veces más alta. Dicho monolito, uno de los símbolos más populares de China al estar coronado por uno de los nueve hijos del dragón, se ubica en el centro de la plaza de Xinghai, un enorme espacio público que se abre a una de las primeras playas que, en 1909, empezó a utilizarse para el baño por parte de ingenieros británicos. En una colina, justo detrás del espectacular Palacio de Congresos que acogió en septiembre la primera reunión veraniega del Foro de Davos, se erige el castillo que alberga el Museo. Los ingenieros y arquitectos de la Universidad de Tsinghua que lo diseñaron hicieron un trabajo magnífico al copiar las fortalezas europeas del siglo XIX. En cambio, su utilidad y, sobre todo, su rentabilidad, parecen tan dudosas que en cualquier país occidental habría causado un gran escándalo urbanístico. Tras una inversión millonaria difícilmente amortizable, el castillo abrió en 2005 sólo una de sus laberínticas salas. Pues nosotros, más Piezas de todo el mundo Entre los 20.000 ejemplares, hallados tanto en tierra como en agua dulce y salada, hay desde una concha caníbal que mide más de un metro y medio y pesa unos 200 kilos y otras que hay apreciarlas bajo el microscopio. Unas 2.000 clases de las piezas proceden de más de veinte países, como Nueva Zelanda, Argentina, España, Brasil, Fiji o Filipinas y fueron recogidas, compradas o intercambiadas con otros coleccionistas de Japón y Taiwán explica Zhang Yi, el padre del museo, en la introducción de su Atlas de las Conchas Para ordenarlas todas, el coleccionista recurrió a un experto japonés, Xiao Jian. Zhang Yi compara la textura de algunas piezas con el jade, el rubí o la ágata porque brillan como el cristal Destacan ejemplares de millones de años y rarezas como un tipo de concha de mar hallada a 1.500 metros de profundidad en el fondo de una montaña en el Pacifico Sur. Un misterio tan intrincado como el futuro que le aguarda al castillo de Dalian, que sus constructores quieren convertir en un hotel de lujo para que recaude algo más de los 30 yuanes (3 euros) por entrada que reporta el espectacular, y kafiano, Museo de las Conchas.