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30 INTERNACIONAL El asesinato de Bhutto sume a Pakistán en el caos SÁBADO 29 s 12 s 2007 ABC CINCO ASPIRANTES AL PODER Pervez Musharraf Presidente Nawaz Sharif Líder de la LMP, opositor Sami ul Haq Líder de la alianza islamista Imran Khan Icono del deporte, opositor Muhammad Chaudhry Ex Juez supremo, opositor Llegó al poder hace ocho años con un golpe militar, que trató de legitimar con las elecciones de 2002. Sus éxitos iniciales en materia de seguridad y recuperación económica se vieron pronto ensombrecidos por sus maniobras para retener el poder, que le llevaron este año a encarcelar a rivales políticos y decretar el estado de emergencia. Fue primer ministro de Pakistán en dos ocasiones, y en ninguna terminó su mandato; primero por las acusaciones de corrupción y luego por el golpe de Musharraf. Dirige el principal partido islamista moderado del país, puesto que ha retomado tras volver del exilio. Ha pedido el boicot a las elecciones de enero. Puede ser objeto de atentado como Benazir Bhutto. Es uno de los dirigentes de la islamista Unión de la Asamblea Musulmana. Fundó la madrasa más importante de Pakistán, donde se formaron algunos de los líderes afganos del movimiento Talibán. Tiene prohibida la entrada en medio mundo pero en su país es una autoridad reconocida en los medios islamistas, que han crecido a la sombra de Musharraf. Preside un pequeño partido político, pero es uno de los personajes más populares de Pakistán debido a sus hazañas deportivas como capitán del equipo nacional de criquet. Archirrival de Musharraf, suele participar en las manifestaciones contra el presidente, y ha pedido un gobierno interino de consenso tras el asesinato de Bhutto. Fue presidente del Tribunal Supremo de Pakistán, hasta la reciente remodelación de Musharraf para situar a jueces afines que respaldaran su reelección. Su destitución, por enfrentarse a Musharraf, provocó graves incidentes en Karachi, y demostró su influencia no sólo entre los abogados y jueces sino también entre la población. Paisaje después del atentado La desaparición de Benazir Bhutto, líder del partido laico y prooccidental de Pakistán, reduce aún más el margen de maniobra político al presidente, que desde hace años flirtea sin pudor con los islamistas para debilitar a sus rivales y aferrarse al poder POR FRANCISCO DE ANDRÉS MADRID. El asesinato de Benazir Bhutto es un durísimo revés para los planes de los dirigentes moderados y liberales paquistaníes de reconducir la situación política y social de Pakistán, cercana al colapso. Las alternativas que presentan los analistas son tres: un retorno a los primeros momentos de la dictadura militar, previa declaración del estado de emergencia; celebración de elecciones legislativas el 8 de enero, pese al boicot de la oposición laica, que dejaría a Musharraf en manos de los políticos islamistas; y guerra civil abierta entre facciones políticas y étnicas, en un país joven que corre hacia el desguace de sus raquíticas estructuras institucionales. El aparente callejón sin salida es reflejo de la política de doble juego llevada a cabo por el general Musharraf estos últimos años para apalancarse en el poder. El militar golpista intentó en un primer momento atraerse, mediante favores políticos, al primer partido islamista moderado del país, el Partido de la Liga Musulmana (LMP) del ex primer ministro Nawaz Sharif, produciendo en él una escisión. El resultado fue un fiasco, y tras su reciente regreso del exilio Nawaz Sharif ha vuelto a dirigir el LMP sin sombra de duda. La Liga ha anunciado su boicot a las elecciones de enero. En un segundo momento, Musharraf trató de aislar al primer partido laico, el Partido Popular (PPP) de Benazir Bhutto, también en el exilio por aquellos días. Para ello, el principal aliado de Estados Unidos en la región negoció con los partidos integristas, minoritarios en las urnas e integrados en la llamada Unión de la Asamblea Musulmana (MMA) Aquel pacto inconfesable dio sus frutos: las madrasas- -escuelas de islamismo- -se han multiplicado en Pakistán, y los mulás del MMA gobiernan en la talibana provincia del noroeste y comparten con el LMP oficialista el gobierno de la provincia de Baluchistán. Todo un éxito para el presidente paquistaní, el gran aliado de Occidente en la lucha contra el terrorismo global. hizo con el Sha de Persia hasta que llegaron los ayatolás Washington no ha sido ajeno al auge del islamismo radical en Pakistán, y en los últimos meses presionó por todos los medios al presidente Musharraf para que revertiera la tendencia. En ese marco se inscriben los publicitados golpes militares contra las redes talibanes y de Al Qaida en las llamadas zonas tribales fronterizas con Afganistán. Y, sobre todo, el nada discreto proceso de negociación con Benazir Bhutto- -entonces aún exiliada en Londres- -para llegar a un acuerdo de reparto del poder. Bhutto regresaría a la jefatura del Gobierno y Musharraf retendría la Presidencia, blindada frente a las posibles maniobras de la superviviente de la primera dinastía política de Pakistán. El acuerdo no pudo cerrarse. Benazir Bhutto se disponía a participar, y posiblemente arrasar, en las legislativas del 8 de enero. Así que las sospechas, al menos de connivencia o de negligencia, recaen sobre Musharraf, aunque los indicios apunten más bien hacia Al Qaida y los talibanes. El general cuenta no obstante con una carta decisiva: la lealtad, al menos formal, de las fuerzas de seguridad, en las que reposa la protección del arma nuclear paquistaní. Washington despierta Musharraf está chantajeando a Occidente- -denunciaba hace poco meses a ABC el senador Enver Baig, portavoz de la oposición laica- le está diciendo: si yo me voy, ellos, los mulás y los talibanes, están ahí y se harán con todo el poder pero eso va a ocurrir desgraciadamente si Estados Unidos sigue apoyando ciegamente a Musharraf, como en su día El general cuenta tan sólo con la lealtad formal del Ejército, en la que reposa la seguridad del botón nuclear José María Lassalle Secretario de Estudios del PP y diputado en el Congreso TIFÓN SOBRE EL INDO e veía venir. Benazir Bhutto era el enemigo a combatir con bombas y balas. Al Qaida no podía permitir que el tándem Musharraf- Bhutto se saliera con la suya. El totalitarismo islamista sabía muy bien a lo que se exponía si el Partido Popular Pa- S kistaní ganaba las elecciones del próximo 8 de enero. Con el asesinato de su líder, Occidente pierde la persona en la depositaba sus esperanzas para el país y, de paso, su aliado más fiable, ya que con ella al frente del gobierno se habría reforzadoel hostigamiento que sufren los talibanes afganos. Por otra parte, el golpe terrorista ha logrado debilitar seriamente el frágil liderazgo de Musharraf y ha colocado a Pakistán ante el reto de superar una de las peores crisis políticas vividas a lo largo de su historia. De hecho, Pakistán es la cabeza que Al Qaida más añora colgar en la ya larga ristra de su siniestra colección de trofeos. Primero, porque es un producto de la desamortizacióncolonialurdidapor las eli- tes que apostaron por el proyecto modernizador forjado en los años 30 del siglo pasado por Mohammed Alí Jinah. Y segundo, porque un escenario de colapso del país puede ser un terremoto devastador para la región que se extiende desde el Asia Central hasta el Estrecho de Ormuz, y desde el mar Caspio hasta la cordillera del Indokush. Si Pakistán desapareciera del mapamundi, eltotalitarismoislamistasecobraría unapiezalargamente apetecida y, además, abriría un flanco por el que podrían galopar sus delirios califales. Más de un siglo después, aquel gran juego de Kipling sigue moviendo sus piezas en un tablero geoestratégico en el que se deslizanalfiles étnicos (punjabíes, pas- tunes, sindhs, seirakis, muhajires y baluches) torres religiosas (sunníes y chiíes) caballos culturales (secularización occidental y tribalismo medieval) y ahora, quizá, alguna peligrosa reina nuclear. Aunque alejado de su zona natural, un inesperadotifónsacude estos días el Indo y amenaza con poner fin de un manotazo a una partida que por todavía no tiene ganador. El eje de gravedad del que pende la victoria de Occidente tiene un nombre: Musharraf. Su continuidad- -mal que nos pese- -es laúnica jugadaposible. De lo contrario más vale que empecemos a releer el relato que dejó escrito William Brydon sobre su experiencia en Afganistán tras su llegada aJalalabad huyendo de Kabul en 1842.