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ABC VIERNES 28 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LETANÍA DE INOCENTES NOCENTES los que todavía hace un año, y aún después del atentado de Barajas, se empeñaron en creer que ETA había cambiado o que la podrían engañar. Inocentes, o quizá no tanto, los que además trataron de tomarnos por imbéciles a los ciudadanos pensando que también nos iban a engañar a nosotros. Inocentes los que ahora pretenden que la opinión pública se va a dejar trocar el gato de su sincera contrición por la liebre (o el conejo) de un cambio táctico de actitud antiterrorista. Inocentes, en fin, los que se dejaron envolver en el mantra nebuloso de la IGNACIO para acabar en CAMACHO el naufragio de un nuevo, doloroso y sangriento desengaño. Inocentes los que aún sueñan con la recomposición del consenso perdido, al pairo del llamamiento enérgico y casi desesperado del Rey. Inocentes los que se fían de la buena voluntad de los nacionalistas para darle estabilidad a una nación de la que no desean formar parte. Inocentes los que esperan que en el futuro se puedan recuperar para el Estado algunas de las competencias esenciales centrifugadas hacia las autonomías en los últimos cuatro años, o incluso antes. Inocentes los que sostienen- ¿se lo creerán? -que lo que está pasando en Kosovo, Bélgica o Montenegro no va a tener influencia en el futuro clima político de España. Inocentes los que se agarran a la vaga esperanza de que la solidaridad interterritorial vaya a mantenerse cuando los nuevos estatutos se plasmen en un nuevo modelo de financiación comunitaria. Inocentes los que no ven venir la desaceleración económica. Inocentes los que imaginan que van a seguir manteniendo su nivel de consumo. Inocentes los que se fían de las promesas electorales sobre fabulosos planes de viviendas o grandes infraestructuras que ni siquiera están proyectadas. Inocentes los que aguardan, como la Penélope de Serrat, un tren que nunca llegará en una estación que nadie va a construir. Inocentes los que creyeron que los malos tratos domésticos desaparecerían o disminuirían con una ley de endurecimiento de penas. Inocentes los que aceptaron que las regularizaciones masivas de inmigrantes no iban a atraer a muchos cientos de miles más. Inocentes los que pensaron en la eficacia de las nuevas leyes educativas para instruir a la juventud y fortalecer la enseñanza. Inocentes los que se ilusionan con la ampulosa retórica de reformas sociales sin dinero ni interés para desarrollarlas. Inocentes los que aún estiman que estos cuatro años de incuria han servido para algo. Inocentes, extremadamente inocentes, los que confían en alianzas de civilizaciones y otras teorías del apaciguamiento, los que dan por hecho que si nosotros cambiamos van a cambiar también los enemigos de nuestra libertad. Inocentes los que consideran que, por alarmantes que resulten los síntomas, nunca pasa nada. Inocentes, por último, los que todavía buscan en los periódicos del 28 de diciembre las tradicionales inocentadas, sin percatarse de que hace tiempo que la realidad ha superado de largo cualquier parámetro de imaginación, sorpresa, asombro o perplejidad. I EL BURLADERO EL DOLOR EQUIDISTANTE NSISTE el muy reaccionario nacionalismo vasco: hay que recordar a las familias de las víctimas de ETA pero también a las víctimas que mueren en carretera yendo a visitar a sus presos a cárceles lejanas. Se me antoja una primera pregunta: ¿sería menos grave que uno de esos accidentados se matase en un trayecto de escasos cien kilómetros entre prisión y domicilio? ¿Cuál es el límite de distancia después del cual hay que culpar al Estado español? Si se matase en un recorrido urbano camino de la cárcel ¿podría achacarse simplemente a la mala suerte? ¿Ya no sería un héroe de la Patria? Insiste el obispo Uriarte, pastor de lobos: unos y otros han sufrido y hemos de estar con todos, con los heridos por la muerte terrorista y por aquellos que sientan un nudo en la garganta por no poder cantar en Nochebuena con sus hijos en prisión el ator, ator mutil ¿Por igual? ¿Hay que estar por igual con quien ha disparado el revólver y con quien ha recibido la bala? ¿Es el mismo dolor a los ojos del obispo el de quien recuerda a su hijo abatido CARLOS por las balas que el de quien no puede HERRERA cantar un emotivo villancico? Compadecerse al mismo tiempo y de la misma manera de un etarra que no puede comer polvorones en su casa y de un padre que no puede tener consigo a su hijo asesinado es una infamia de cura miserable, de sotana cómplice. Otrosí. Insiste la televisión vasca en la transmisión de lo que sea que hace el Olentzero ese mito adaptado a las necesidades patrias que hace regalos a los buenos niños euskaldunes en sustitución de los pérfidos Reyes Magos, poniendo en su boca estas palabras: Una niña me ha pedido que le traiga en Navidad a su mamá, que está en una cárcel del Puerto de Santa María No se acuerda el muñecote de la niña que no tiene mamá precisamente por culpa de la que está en el Puer- I to, que la destrozó mediante una bomba de amosal. El muñecote responde a un ventrílocuo y el ventrílocuo, a su vez, a un comisario gubernamental, que responde a un gobierno y a una idea perversa de los fines y los medios. Todo por la independencia. Hasta la ignominia, si es necesario. Tiene poco efecto didáctico que recordemos que la suegra del terrorista- -a la que se refieren todos- -murió en la carretera porque su yerno es un asesino, no porque el Estado español fuera inductor de su accidente. Si el asesino no hubiese asesinado, hoy no estaría en una cárcel y a su madre política la encontraríamos cocinando bacalao al pil- pil en lugar de morando eternamente en las praderas celestes. Más: el Gobierno vasco de este crecido Juan José Ibarreche que vuelve a tener el control de los suyos asegura que en el País Vasco se persiguen las ideas. Sin quererlo, tiene razón: se persiguen las ideas de los que no son nacionalistas o no juegan a entenderse con ellos. Y se mata por ello. Se mata a los que no entran en el perverso juego de los silencios cómplices y se mata a los que batallan a una partida de asesinos. El problema está en ellos y no en los recientemente condenados por pertenencia a banda armada, esos a los que los ibarreches consideran presos políticos No hay presos políticos en España. Los que ya están en prisión lo están no por ser independentistas, como reconoció ayer Iñigo Urcullu, que lo es, sino por matar o colaborar en la muerte para conseguir ese nirvana que tanto les excita. No caben posiciones tibias ante ignominias como las oídas y leídas. No valen contemplaciones interpretativas. No hay dolor equidistante. No puede la política permitirse el lujo de mirar hacia otro lado. La única evidencia palpable y contable son los muertos, no las patrias, y más de uno deberá andar estos días revolviéndose en su tumba. Que tomen nota los tibios y los pontoneros. www. carlosherrera. com