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26 ESPAÑA Más de 30.000 presos sufren problemas psquiátricos SÁBADO 22 s 12 s 2007 ABC La psicóloga de la cárcel de Zuera en un momento de la terapia de grupo a la que asisten quince internos del centro penitenciarios (Viene de la página anterior) rio. Muchos, como los psicóticos y los esquizofrénicos, no tienen conciencia de estar enfermos y para ellos es más fácil seguir su tratamiento aquí que fuera. Pero este no es su sitio María tiene 40 años, es rumana y en julio ingresó en prisión. Unos días antes había tenido una pelea en un bar con otra mujer por celos. Sólo le causó pequeñas lesiones, pero además la amenazó e insultó a los policías que intervinieron. El juez la condenó a siete meses, que debía cumplir en un psiquiátrico penitenciario ya que tiene una enfermedad mental. Prisiones explicó a su señoría que ese no era un lugar para ella por las características de los internos de esos establecimientos. El magistrado lo entendió y ordenó llevarla a un centro adecuado La comisión de ingresos psiquiátricos, dependiente de los servicios sanitarios de Aragón, consideró entonces que sería suficiente un tratamiento ambulatorio, pero el especialista al que fue derivada María decidió que era necesario su permanencia en un lugar cerrado. Sin más opciones, la mujer acabó en la prisión de Zuera y si nadie lo remedia ahí seguirá hasta febrero. Ya había perdido la custodia de su hijo mayor, y el encarcelamiento le hizo perder también la del pequeño, que quedó en un centro de la Diputación. Además, al no haber una imputabilidad plena no se la ha podido clasificar en ningún grado- -por ejemplo régimen abierto- -y, por tanto, tampoco conceder permisos de salida. Es decir, un pequeño incidente ha llevado a esta mujer a estar entre rejas por primera vez en su vida. No entiende nada y es lógico- -explica el director del centro- Sabemos que está en una situación muy vulnerable y volcamos todos nuestros recursos en ella Pero nada más se puede hacer. En un limbo Lo peor es que no es, ni mucho menos, un caso único. En la misma prisión hay un hombre que protagonizó un altercado en un bingo, durante el cual propinó una bofetada a un policía local. Está diagnosticado como enfermo mental y el juez le condenó a ingresar en un psiquiátrico penitenciario por un periodo de entre cuatro meses y tres años. No había plazas y acabó en prisión. Ya lleva siete meses, y como la anterior no puede ser clasificada en ningún grado ni disfrutar de permisos. Están, pues, en una especie de limbo. Se sabe, pero nadie toma medidas. Más sorprendente aún es el caso de los presos límites, un millar según el citado estudio. En muchas ocasiones cometen pequeños delitos que les llevan a la cárcel. Salen, vuelven a la soledad y reinciden. A veces ni siquiera intentan huir. Las personas mal atendidas de sus patologías mentales cuando aún no han delinquido se convierten al final en un problema penitenciario afirma el subdirector médico de Zuera, un profesional con muchos años de experiencia. Es más barato invertir en la asistencia sanitaria comunitaria que en prisiones añade otro de los médicos de Zuera. Como se refleja en el citado estudio, las situaciones que se viven en esta cárcel no son excepcionales. Por ello, Prisiones ha diseñado un programa marco de atención a estos enfermos, que a partir de ahora cada centro adaptará a su situación concreta. Se trata, primero, de detectar, diagnosticar y tratar a todos los reclusos con estas patologías; luego, de mejorar su calidad de vida, y finalmente de tratar de buscarles una salida de cara a su reincorporación a la sociedad. Cada enfermo tendrá un programa de tratamiento individualizado, y en función de la gravedad de su estado hará actividades completamente al margen del resto de los internos, compartirá algunas o estará plenamente integrado con los demás. Se marcarán objetivos genéricos- -por ejemplo, aumentar la calidad de vida, controlar el riesgo de suicidio... y otros específicos, a lograr en un plazo concreto, como puede ser conseguir que el paciente recoja y se tome la medicación de forma correcta, que se duche y asee a diario, que no se cause autolesiones o que sea capaz de viajar en solitario en transporte público... Un equipo de rehabilitación será quien diseñe esos planes individualizados y en caso de que se considere necesario contará con la colaboración de presos de apoyo, que recibirán María, rumana, tuvo una pelea por celos y el juez ordenó su ingreso 7 meses en un centro adecuado Como no lo hay, está en prisión. Ni siquiera tiene derecho a permisos de salida una formación específica de 300 horas, obtendrán una titulación homologada y además serán contratados por la administración penitenciaria y remunerados. En principio- -señala el director de Zuera- lo más probable es que elijamos a los que ya hacen estos trabajos en los programas de prevención de suicidios Para que actúen, el paciente tendrá que dar su consentimiento. La misión del recluso será colaborar con el equipo de rehabilitación y ayudará al enfermo en su integración, evitando que sea manipulado y objeto de abusos por parte del resto de internos. Son muy útiles, porque se convierten en nuestros ojos, los tienen vigilados de forma permanente y sabemos que al menor problema nos vamos a enterar y podemos intervenir de inmediato. Para ellos también es gratificante, porque aportan sus conocimientos dice el equipo médico. Estos programas son imprescindibles, pero todos saben que aun así su eficacia será limitada. Lo más difícil es la reinserción social insisten una y otra vez los expertos. Un centro penitenciario no reúne las mejores condiciones para tratar a los enfermos mentales y, en cualquier caso, se trata de una respuesta temporal explican los facultativos. Si no se crean los centros adecuados en el exterior, que hagan compatible la seguridad de los ciudadanos con los derechos de los pacientes, no avanzaremos. Es imprescindible disponer de una red social de asistencia para cuando estas personas salgan a la calle Doble estigmatización Me gusta ayudar a la gente Carlos Peláez tiene 34 años, lleva dos en prisión y aún le quedan otros once por delante. Se trata de un tipo algo nervioso, al que le cuesta estar sentado y que en todo momento mantiene una sonrisa franca en su rostro. Es uno de los presos de apoyo de Zuera, asignado a los programas de prevención de suicidios. Me gusta ayudar a la gente- -asegura- Me llena el tiempo aquí Peláez será uno de los presos que siga el curso del programa de salud mental. Lo primero es ganarme la confianza del compañero, que muchas veces se ve indefenso. Controlo que se tome la medicación y le ayudo en todo Servicio 24 horas. Me acuesto y me levanto en la oficina dice divertido. Que nadie se engañe dicen los expertos. De momento, estos enfermos están entre rejas. Pero un día saldrán a la calle y allí volverán a la soledad y al abandono, estigmatizados además por su doble condición de ex presidiarios y locos Lo normal es que dejen de tomar su medicación. Los que antes de ingresar en prisión ya oían voces, muy probablemente las volverán a escuchar. Los que no se sabían controlar, los que tuvieron brotes psicóticos, los depresivos, tienen todas las papaletas para volver a sufrir las crisis que les llevaron a prisión. A partir de ahí es imposible anticipar cómo reaccionarán, aunque podrían cometer actos gravísimos. Y la sociedad, entonces, se llevará las manos a la cabeza.