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ABC SÁBADO 22 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ACHICORIA UNCA olvidaré aquel órdago que, en una campaña electoral de perspectivas apretadas y resultado incierto, se echó a sí mismo un presidente de Andalucía llamado José Rodríguez de la Borbolla, persona cabal y político de grata memoria, sobre todo visto lo que ha venido después. Hombre siempre dispuesto a agrandarse en la autoestima, Borbolla abordó por las bravas aquel difícil reto electoral con una eufórica declaración de intenciones. Vamos a inaugurar- -dijo- -todo lo inaugurable Y luego, ante la evidencia de que incluso todo lo inaugurable podía resultar escaso para sus expectativas triunfalistas, añadió sin asomo de rubor un cínico estramboIGNACIO te: Y si es menester, inauCAMACHO guraremos también lo que ya esté inaugurado Lo cumplió. Vaya si lo cumplió. Sobre todo la segunda parte. Me he acordado de aquella salida borbollesca al ver a Zapatero inaugurando con toda prosopopeya un trocito de aeródromo en León, como sucedáneo del AVE a Barcelona que tenía la fecha de ayer inscrita en su calendario estelar. A falta de mayores empeños, malogrados gracias al tesón y la porfía de la reprobada y reprobable Magdalena Álvarez, el presidente se fue a su pueblo a ensanchar el cariño de las masas con la apertura solemne de un centenar de metros de pista de aterrizaje. El gesto sabe a amarga achicoria electoralista, testimonio del más espectacular de los fracasos de gestión de esta legislatura, y pone un ribete tragicómico a la orla de presunta gloria con que el Mago de la Moncloa pensaba adornar su chistera en vísperas de Navidad. Del lustroso AVE catalán al magro cachito aeroportuario leonés va todo un recorrido de modestia forzosa, el lúgubre trayecto que separa la realidad de los deseos e inyecta una pragmática cura de humildad a las grandilocuentes ensoñaciones de la fantasía política. Bien es cierto que el presidente se sacudirá hoy el mono inaugurador en Valladolid, y mañana en Málaga. Pero el paseo triunfal de la capital castellana va a quedar empañado por la evidencia de la lentitud real de ese tren de alta velocidad oficial, y cada sorbo de alegría que Zapatero y su ministra beban el domingo en la Costa del Sol tendrá su contrapeso de cólera y decepción en una Cataluña encelada y rabiosa de ver cómo se queda atrás en la prometida fiesta navideña de cintas cortadas. En la mesa de Nochebuena que había preparado el Gobierno, a Barcelona le ha tocado el plato de conejo. Ocurre que al final los hechos ponen con su terquedad a cada uno en su sitio. En este mandato de tortuosas operaciones de ingeniería social y política- -también frustradas, por cierto- -ha faltado la verdadera ingeniería de los proyectos de transformación física y articulación territorial. Los estatutos no se inauguran, y los procesos de paz se derrumban como ciertos túneles ferroviarios. Así que hay que conformarse con juguetes de saldo para esquivar el carbón de los niños malos: el presidente se va a León con su aeropuerto de la señorita Pepis, y su ministra de Fomento inaugura en Huelva... ¡una maqueta de AVE! Todavía están a tiempo de presentarse en Barcelona con un trenecito de Payá. N EL ÁNGULO OSCURO NIÑOS SIN ROSTRO L progre es ese tío que ha logrado hacer pasar su cinismo por filantropía. La última hazaña filantrópica del progre consiste en reclamar aborto libre, a la vez que prohíbe que los padres puedan propinar a sus hijos un cachete si se ponen brutos. Vista desde la perspectiva progre, la aparente incongruencia de esta hazaña filantrópica adquiere un encadenamiento lógico irreprochable: cuantos más niños podamos meter en la trituradora de carne cuando todavía no tienen rostro, más reparo nos dará golpear el rostro de los que sobrevivan. El drama moral comienza con la decisión de contemplar el rostro del otro; mientras no haya rostro que contemplar, el progre puede hacer como si el otro no existiese. ¿Por qué hoy en día se rechaza el infanticidio, mientras casi se ha perdido la sensibilidad ante el aborto? -se preguntaba el teólogo Joseph Ratzinger en su opúsculo El derecho a la vida- Quizá sólo porque en el aborto no se contempla el rostro de la criatura que jamás verá la luz Ojos que no ven, corazón que no siente; y como el progre no está para afrontar dramas morales, cierra los ojos del corazón y mete al niño gestante en la trituradora de carne, antes de que adquiera un rostro humano. JUAN MANUEL En su afán por no mirar el rostro del DE PRADA otro, el progre ha desarrollado una suerte de antropología bizantina que hace depender la condición humana de una vida gestante de su tamaño, de su viabilidad, de las semanas de gestación, etcétera. El progre nos quiere hacer creer que un feto de diez semanas no merece protección jurídica porque no puede desarrollar una vida independiente de su madre. Pero la inviolabilidad de la vida humana en modo alguno depende de que sea viable por sí misma; más bien al contrario, una vida se torna más valiosa cuando más desvalida se halla, cuando más reclama nuestra ayuda para seguir existiendo, cuando carece de poder y de voz para defenderse. La inviolabilidad de la vida depende, en fin, de nuestra decisión de mirarla de frente, reconociendo en ella una dignidad inalienable. La vida humana no es intangible por el mero hecho de que pueda desarrollar una existencia autónoma: un anciano aquejado de demencia senil o un paralítico amarrado a su E silla de ruedas tampoco pueden vivir por sí mismos; y, sin embargo, no se nos ocurriría pensar que por ello carecen de dignidad (aunque la filantropía progre ya se relame con la idea de darles matarile) Naturalmente, para alcanzar a ver la dignidad de una vida gestante, hay que mirarla a través de los ojos del corazón, allá donde reside nuestra libertad para elegir el bien o el mal. Y como el progre rehúye las decisiones morales, como ni siquiera acepta que existan bien y mal, recurre al fisiologismo más mostrenco y dictamina: una vida gestante no es vida, puesto que no tiene rostro. Y puesto que no tiene rostro, no puede ser sujeto, sino objeto del que puedo disponer libremente, objeto que puedo destruir llegado el caso. Pero el progre, decíamos antes, necesita disfrazar su cinismo de filantropía. Y para justificar la matanza de vidas gestantes necesita invocar derechos. El progresismo es una máquina de hacer derechos como churros; basta con girar el manubrio y arrimar la sartén. Y, así, el progre se saca de su manga de filántropo el derecho al aborto la mujer tiene derecho a decidir sobre su calidad de vida; la sociedad tiene derecho a desembarazarse de niños indeseados para garantizar a los ciudadanos altas cotas de bienestar, etcétera. El progre disfraza de derechos lo que no son sino expresiones del interés más descarnado y egoísta; y, en esta labor de camuflaje, no tiene empacho en negarle la dignidad a la vida, mientras esa vida no tenga rostro. Pero de la mirada que dirigimos a esas vidas sin rostro depende nuestra propia dignidad: cuando las tratamos como objetos de los que podemos disponer a nuestro libre antojo, estamos negando su dignidad, pero también la nuestra. Estamos, sencillamente, dejando de ser humanos. Y el progre, que ha dejado de ser humano, necesita fingir que lo sigue siendo con aspavientos filantrópicos. Entonces va y prohíbe que a los niños supervivientes de sus carnicerías les peguemos un cachete. Tal vez en el llanto de esos niños cacheteados oiga el llanto mudo de los niños que arrojó a la trituradora, cuando aún no daban la talla. Tal vez en el rostro lloroso de los niños cacheteados vea el rostro de los niños que no llegaron a tenerlo, porque nunca fueron mirados con los ojos del corazón. www. juanmanueldeprada. com