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ABC SÁBADO 22 s 12 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA CENA EN MADRID A las 22.30 estaba en Madrid, y llegué a la que ahora es la estación más hermosa de Europa: Atocha, donde la vieja explanada negra en la que solíamos coger el tren infinitamente lento hacia Andalucía ¿eran ocho horas lo que se tardaba entonces en llegar a Sevilla? ha sido convertida, con gran brillantez, en un jardín tropical. Luego, llego justo a tiempo para cenar en un nuevo restaurante abierto por un amigo mío... ON el trasfondo general del naufragio de viejas convicciones y el hundimiento de lo que solíamos considerar civilización provocados por el tsunami de la televisión y el fútbol, destaca un hecho sorprendente, una roca en un mar embravecido: ahora, gracias al Eurostar y otros trenes estupendos, es posible salir de Londres temprano, antes del amanecer, y cenar tarde en Madrid, el mismo día, viajando por tierra en todo momento. Yo lo hice la semana pasada, y salgo triunfante de la experiencia ecológicamente segura. Primero, un taxi hasta Waterloo desde mi casa en Notting Hill. Al pasar por la carretera de Bayswater recuerdo que oí hablar por primera vez de esa vía durante la guerra, cuando La saga de los Forsyte se leía en la BBC, y he oído hablar Uncle Timothy s en el Bayswater Road. Luego giramos en Park Lane y recordé la casa que la hermosa mujer judía de Phineas Finn, de Trollope, tenía allí, justo donde ahora se yergue un conmovedor monumento a los animales que han combatido en guerras. Doblamos por los parques Green y St James y allí tengo también un recuerdo literario: A Ramble in St James Park es obra de un cómico olvidado de la Restauración de alrededor de 1675. Probablemente sería demasiado escandalosa en 2007. Más tarde pasamos por Westminster y el Parlamento, donde mis reminiscencias son, en todo caso, demasiadas. Llego a la espléndida estación de Waterloo, de Nicholas Grimshaw, y parto hacia París. Grimshaw diseñó las paradas de autobús de Madrid. Así que mi final está en mi principio (Eliot) Cuando llegamos a Francia, ya es de día. Había contratado un coche para que me recogiera en París y me llevara a través de la ciudad mágica y, casualmente, pasó por mis calles favoritas: la rue Peletier, donde se encuentra el restaurante Au Petit Riche, y la rue Richelieu, que solía recorrer de buena gana para ir a la vieja Bibliothèque Nationale. Espero que el despacho del director siga allí, con el corazón de Voltaire en el interior de su estatua burlona. l otro lado de la explanada del Louvre, giramos a la izquierda en el muelle, y me viene a la mente un comentario del brillante novelista Radiguet en Le Bal du comte Orgel Il quitta l auto, quai Voltaire Sin preposición. Tan elegante. Llego a tiempo a la estación de Montparnasse, donde el tren sale hacia Irún con 10 minutos de retraso. Paso las cinco horas siguientes leyendo, excepto justo al sur de Biarritz, donde me siento atraído por los pequeños tejados rojos de Bidart. En una ocasión los vi desde la misma línea ferroviaria en otro tren, con luna llena. Luz de luna sobre el sur de Francia ¿puede haber una C frase mejor en toda la literatura? Pero, por desgracia, esa vieja estación, Biarritz Négresse, ha desaparecido, pues no podemos utilizar palabras reales como solíamos hacerlo. Hendaya y luego el puente internacional que, pese a ser ahora la pacífica autopista entre dos países respetables de la Unión Europea, sigue dando un poco la sensación de la antigua barrera hostil que solía ser. Miro hacia abajo y veo la Isla de los Faisanes, donde el Rey Luis XIV contrajo matrimonio con una Infanta española, María Teresa. rún. Ahora está tranquilo, pero antes no era así. Los combates durante la guerra civil fueron horribles aquí. ¿Y no fue en la estación de trenes donde a Ganivet se le confiscó un paquete, allá por 1898? ¿Qué es este paquete? preguntó el agente de aduanas. Investigaciones respondió Ganivet con orgullo. Muy peligroso, queda confiscado ¡Cosas de la España del pasado! También fue en Irún donde mi libro The Spanish Civil War se topó con ciertas dificultades en los años sesenta. Recuerdo que los agentes de aduanas también escudriñaron cuidadosamente mis maletas en la estación de Irún. Y luego saldría al andén, para coger el nuevo tren hacia Madrid, el mágico Talgo. El sol acababa justo de salir para iluminar la cúpula dorada de la iglesia principal de la ciudad, que se encuentra a sólo unos metros de la estación. En una ocasión estuve allí alrededor de las 7.30 de la mañana y un hombre cubierto de confeti cantaba alegre y ebrio una vieja canción sobre Manila. Se había pasado toda la noche de fiesta en Pamplona, así que debía de ser julio. I A Cuando estuve allí la semana pasada, esta estación había cambiado, porque ahora los equipajes se someten a un control de seguridad antes de subir al tren. No recuerdo que fuera un problema difícil. Lo que sí recuerdo es que en la cafetería de la estación una chica de aspecto estrafalario le pidió a una plácida anciana que le vigilara la maleta mientras iba al baño. La mujer plácida aceptó. En estos tiempos de ETA, siento fobia por las conspiraciones y albergué mis dudas. La siguiente etapa de este agradable viaje consistió en recorrer Navarra y Pamplona, y luego tomar el AVE, el tren de alta velocidad, en Calatayud. Aquí es donde se aconsejó al emperador Carlos V que mantuviera la boca cerrada porque las moscas allí eran peligrosas. Lamentablemente, no podía hacerlo porque tenía un defecto de mandíbula, como sabemos por sus retratos de joven, obra de Bernard van Orley. No vi ninguna mosca, pero a aquella hora ya era casi de noche. Antiguamente, solían llevarte por toda la historia española de camino a Madrid: San Sebastián, Burgos, Valladolid, Medina del Campo, donde en una ocasión vi a una pareja fugándose para casarse, Ávila, con sus espléndidas murallas, e incluso Dueñas, donde Fernando el Católico conoció a Isabel Ése es, ése es decían a la Reina señalándole a Fernando) e incluso el Escorial. ¡Qué riquezas! Pero ahora todo eso pertenece al pasado, aunque todavía perdura un leve vestigio de aquella expectación apasionada que la brillante escritora Nina Epton (es medio española) expresaba tan bien en su libro sobre Madrid en los años cincuenta: Al poco empezaron a aparecer unas luces, al principio débiles y desperdigadas, después más claras y agrupadas, y finalmente formando un intrincado dibujo de eses, curvas y líneas paralelas- -verdes, rojas, naranjas- -semejantes a fuegos artificiales congelados. Al verlas, todos los ocupantes del compartimento se pusieron en pie y gritaron: ¡Madrid! ¡Madrid! repitió mi madre con lágrimas en los ojos... las 22.30 estaba en Madrid, y llegué a la que ahora es la estación más hermosa de Europa: Atocha, donde la vieja explanada negra en la que solíamos coger el tren infinitamente lento hacia Andalucía ¿eran ocho horas lo que se tardaba entonces en llegar a Sevilla? ha sido convertida, con gran brillantez, en un jardín tropical. Luego llego justo a tiempo para cenar en un nuevo restaurante abierto por un amigo mío. Por favor, ¿puedo tomar unas croquetas? ¿Y para beber? A HUGH THOMAS Historiador