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ABC VIERNES 21 s 12 s 2007 Tribuna Abierta OPINIÓN 7 Julián Marías Por su interés y absoluta actualidad, reproducimos hoy de nuevo un artículo del fallecido Julián Marías, publicado por última vez en ABC el 10 de abril de 1994. En él sostenía que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final A espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral particular Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten por fe se entiende, por fe en la ciencia. Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer. Esta visión ha de fundarse en la distinción entre cosa y persona tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre qué y quién algo y alguien nada y nadie Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: qué pasa? o ¿qué es eso? Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntarés ¿qué es sino ¿quién es? LA CUESTIÓN DEL ABORTO L ción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto- -se pensaría que protegido- -en el seno materno. Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la hembra embarazada sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la mujer objeto y ahora se piensa en el niño tumor que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden. l núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del quién de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad. ¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de despersonalización es decir, de deshominización del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final. E S e preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical innovación de la realidad la aparición de una realidad nueva Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter, viene de ahí y no es rigurosamente nuevo. Diremos que lo que el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es reductible a ello. Es una cosa ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos única pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante. Lo que es el hijo puede re- ducirse a sus padres y al mundo; pero el hijo no es lo que es. Es alguien No un qué sino un quién a quien se dice tú que dirá en su momento yo Y es irreductible a todo y a todos desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir yo se enfrenta con todo el universo. Es un tercero absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre. Cuando se dice que el feto es parte del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está alojado en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo) Una mujer dirá: estoy embarazada nunca mi cuerpo está embarazado Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: voy a a tener un niño no dice tengo un tumor El niño no nacido aún es una realidad viniente que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclero- sis avanzada, la extrema senilidad, el coma) A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la interrupción del embarazo Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse interrupción de la respiración y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte. on frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal no debe vivir ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convic- C