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ABC MIÉRCOLES 19- -12- -2007 CULTURAyESPECTÁCULOS 87 to nos permitirá ver su gran efecto: la figura del Chaplin cineasta y de personalidad y estilo únicos; después, la exposición se entretiene en algunas de las claves de su éxito: la minuciosidad y calidad de sus coreografías, la creación de movimientos únicos, la profundidad y comicidad de sus pantomimas; tras ello, se puede apreciar su relación con las vanguardias: Chaplin fue un vanguardista en la época de las vanguardias y todos los movimientos (cubismo, surrealismo, dadaísmo... lo consideraban suyo, con la paradoja de que la pureza de su vanguardismo era al tiempo modelo de retaguardia (diez años después del cine hablado el suyo seguía siendo mudo aunque un mudo que hablaba por los codos, como Tiempos modernos El Chaplin implicado fuera en la paz o fuera en la guerra; el Chaplin combativo; el Chaplin ido y el Chaplin vuelto a Europa... El hombre que volvió loco a Marlon Brando en La condesa de Hong Kong porque interpretaba siempre antes todos los papeles, por supuesto el de Sofía Loren, y por supuesto el de Brando, dejándole al príncipe en la moqueta de la escena las huellas de su interpretación: ¡A Brando, que nunca pisó donde otro ser humano, y menos actor! Chaplin en Imágenes, la propuesta de CaixaForum, es una ocasión perfecta para ver el póster de Charlot, el de siempre pero más grande y como con ojos nuevos. Y una vez allí, partirse de risa y de ternuras con este tipo irreproducible mil veces reproducido. 30 AÑOS DESPUÉS Enrique Herreros relata su relación con Charlot, desde sus primeras películas hasta que visitó al actor y director en su residencia suiza, en su exilio europeo POR ENRIQUE HERREROS ra de mi parte en la aduana con los cinco millones de pesetas a cuestas. Llegué sano y salvo. Entregué the bread (el pan) a Miss Ford y me volví por donde había venido; eso sí con mucho menos peso. El 12 de septiembre se estrenaba Un rey en Nueva York en el Leicester Square Theatre de Londres; asistí a tan resonado acontecimiento junto a otros dos ejecutivos de la compañía; a la mañana siguiente, Chaplin nos invitó a desayunar en su suite del reputado hotel Savoy; le hice fotos para una entrevista que publicó el desaparecido diario El Alcazar donde el genial cineasta aseguraba, entre muchas otras cosas, que a él le gustaba el cine en blanco y negro, en pantalla normal y sin otras estridencias. Me firmó un libro de autógrafos donde hizo una caricatura suya de Charlot. Pasó el tiempo. En 1967 Chaplin rodaba La condesa de Hong Kong en los Estudios de Pinewood, en la afueras de Londres. TVE quería un reportaje; me mandaron allí para hacerlo; fui con mis entrañables Enrique Toran y Robert L. Rooney, a quienes recuerdo con tristeza muy a menudo. El estudio estaba cerrado a cal y canto; allí no entraba ni el gato. Llamé a Miss Ford, que rápidamente me identificó con amabilidad como el transportista de la pasta. Las puertas de Pinewood se abrieron de par en par para nosotros. Chaplin me dedicó una de las fotos que le había hecho la mañana del Savoy. Nos dejó hacer cuantas instantáneas quisimos disparar pero, eso sí, cuando Torán fue a sacar la cámara Bolex del estuche para filmar un reportaje, los ayudantes de Chaplin se echaron encima de nosotros para impedirlo; parecía que Chaplin no permitía que se exprimiera ningún fruto sin que fuese él quien se bebiera el jugo. En octubre de 1972, estuve en Ginebra haciendo un reportaje C Más información sobre la muestra en: http: obrasocial. lacaixa. es cent ros caixaforumbcn es. html harles Spencer Chaplin, o sea Charlot, llamado así, sobre todo por los componentes de mi generación y por los de la precedente a la mía, murió el día de Navidad de 1977, en su residencia de Manoir de Ban, enclavada sobre las verdes laderas que miran al suizo lago Léman, hace ahora 30 años. ¿Quien me iba a decir, aquella noche de febrero de 1953, en Oxford? cuando me escapé de la concentración del primer equipo español que visitaba Inglaterra para jugar al dichoso rugby de mis pecados, para irme a un cine a visionar Candilejas que, dos años más tarde, el 19 de abril de 1955, dirigiría la campaña de lanzamiento de esa película en el cine Capitol de Madrid; donde la extraordinaria comedia romántica de Chaplin permanecería en cartel 19 semanas a llenos diarios; o que, un año más tarde, el 15 de junio, lanzaría la reposición de Luces de la ciudad en el Rialto, donde permaneció 15 semanas; dándose la coincidencia de que mi padre la había estrenado, en el entonces llamado Sábado de Gloria, en el Real Cinema, el 4 de abril de 1931. Su gran cariño hacia mí permitió que me dibujase el anuncio de lanzamiento. Sin embargo, mi vinculación personal con Chaplin comenzó en 1957; mi padre y yo trabajábamos en Dipenfa, distribuidora nacional puntera en aquellos tiempos. Vencía el pago del primer plazo del contrato de Un rey en Nueva York Rachel Ford, para todos la señorita Ford, rígida administradora de los negocios de Chaplin, amenazó en un cable que especificaba que si, en 48 horas, no estaba el dinero en París, el contrato se daba por finiquitado. A los ejecutivos de mi casa de películas les entró mucho canguelo por la cabeza; no ocurriéndoseles otra idea más peregrina que adosar alrededor de mi cuerpo cinco mil billetes de mil pesetas, pegados uno a uno con esparadrapos y, después, lanzarme a Barajas para que me subiera en un viejo Caravelle de la Air France y que la balanza de la suerte estuvie- Autorretrato dedicado a mi amigo Enrique el autor del artículo con Fernand Legros, el célebre falsificador de cuadros; uno de aquellos días me desplacé hasta el pueblecito de Corsier, cerca de Vévey para visitar a Chaplin: un criado ceremonioso, amablemente, sólo me permitió contemplar los muchos árboles frutales que se cultivaban en las cercanías de la residencia. Me dio con la puerta en las narices con elegancia suiza o británica. Eso sí, con demasiada elegancia. En 1979, cuando trabajaba en Beverly Hills para Amor al primer mordisco residí muchos meses en la residencia de George Hamilton, su protagonista, que no era otra que la última morada que tuvo Chaplin en Hollywood antes de regresar a Europa para siempre del exilio americano: el 1085- Summit Dr. Beverly Hills. CA- 90210. El mundo, muchas veces, es un pañuelo tan pequeño, tal como uno para los mocos. Cuando Hamilton tuvo que venderla, debido a presiones que no vienen a cuento, le pedí que me regalara la estatua de Chaplin, que conservaba situada en un lateral del jardín de la casa; cuando el jardinero japonés empezó a desmontarla cual no sería mi sorpresa al descubrir que estaba construida de escayola y al desarmarla quedó hecha añicos. Una vez más se demostraba que Chaplin fue un hombre muy peculiar durante toda su vida. Recordaré aquella frase suya puesta en boca de Calvero al final de Candilejas cuando está agonizando entre bambalinas, viendo por última vez bailar a su amada Terry y le dice al médico: Doctor, ¿creo que me estoy muriendo? Pero, no sé, ¡me he muerto tantas veces! Afortunadamente, nos dejó vivas y coleando 81 películas. Una escena legendaria: los engranajes de Tiempos modernos no borran la felicidad del protagonista