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ABC MARTES 18 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CARLA CORRE, CONEJO, CORRE L amparo de la teoría de la propina de Pedro Solbes, la política económica del PSOE ya no redacta planes quinquenales a la usanza del socialismo real, pero hace exordios intervencionistas a favor de que comamos conejo. Conejo y en Navidad: laicismo rústico, caza de pelo, como los conejos que aparecían en los versos del Libro de buen amor El gobierno de Zapatero recomienda vivamente consumir carne de conejo por no gastar tanto con el cochino, el cordero o la pularda. Por ser como niños, necesitábamos que nos llevasen de la mano por los pasillos del mercado: por ser criaturas inconscientes no tenemos derecho a endeudarnos ni al menos una vez al año, chupando langostinos y trufando nuestro futuro digestivo con foie. Es como la calificación moral de las películas en otros tiempos, pero en materia de chuletones, asados y vísceras varias. En un entreacto de las subprime, en un recodo del IPC y en aras de la I+ D, este año toca conejo. Para algunos paladares, la carne de conejo tiende poco a los matices, puede resultar áspera y para conjugar requiere de salsas que sean rotundas. Es carne acuosa, sin grasa, necesitada de VALENTÍ abundantes reservas de herbolario paPUIG ra que no aburra la mandíbula. En su día se puso de moda el conejo a la mostaza, pero no es un claro sustituto del pavo asado navideño o del faisán relleno de higadillo, panceta y trufas. Por supuesto, tampoco alcanza a la formidable liebre à la royale. Los catalanes tienen un plausible conejo al romesco, pero más para partidas campestres de alguna liga de buscadores de setas que para suplantar el colesterol de Navidad. Comienza a tener efecto la incorporación de un equipo de cerebros internacionales para redactar el programa electoral del PSOE. Uno de sus componentes, Anthony Giddens, el teórico de la flácida Tercera Vía, acaba de reconocer que a la izquierda ya no le quedan causas como no sean el antitabaquismo, ir contra la obesidad o afrontar el cambio climático. A medio camino aparece el conejo, deslumbrado en la noche por los faros po- LISTAS ABIERTAS A tentes de cuatro por cuatro de La Moncloa. Del empellón de la Ley de la Memoria Histórica se recuperan recetas culinarias de posguerra, o incluso la cría de conejos en la azotea para no tener que saquear las huertas próximas a Madrid a finales de la guerra civil. Convidado a una partida de caza, Larra compara al cazador con el militar y el médico: hay que matar y vamos viviendo. Para el caso, el gobierno socialista se refiere al conejo doméstico. Mal iríamos de tener todos en casa una escopeta y una caja de cartuchos. Eso nos equipararía en exceso a la tenebrosa National Rifle Association que lo decide todo en los Estados Unidos, siempre y cuando el presidente sea del Partido Republicano. Entendamos que los carnívoros no son los socialistas, sino los españoles. Está al caer una campaña de exaltación audiovisual del conejo bajo el novísimo rótulo del Gobierno de España. Queda por ver en qué modo y manera se nos induce al consumo navideño de conejo que no sea estrictamente en la prosa de la economía comparativa. Zapatero pudiera filmar un spot explicando cómo cortar un conejo crudo según los cánones del buen cocinero: retirar el hígado, cortar la caja torácica, separar los muslos y así ir llegando a los once trozos que exigen los manuales. A Pepe Blanco se le ve, con delantal, preparando el conejo con sidra casera, y al ministro Caldera le corresponde dar ejemplo cocinando el conejo con ciruelas. Con túnica de Yves Sant- Laurent, la vicepresidenta Fernández de la Vega presentaría en pantalla un surtido de rilletes y fiambres de conejo, mientras que el vicepresidente económico, hombre de arraigo valenciano, le da un toque de sofrito a una paella con conejo salvaje. El spot es como para darlo inmediatamente después de las doce campanadas en la Puerta del Sol, tal cual el pistoletazo para el inicio de la campaña electoral o como esa liebre falsa que en los canódromos pone en carrera de competición a los raudos galgos. Zapatero planifica poco pero sigue siendo un activista. Menos mal que no se le ha ocurrido que tengamos unas Navidades vegetarianas. vpuig abc. es AYA chasco. Resulta que esa mujer tan hermosa que me consuela en los atascos, sugiriendo con su voz de ninfa recién despertada que alguien le ha dicho que todavía la amo, le recita lo mismo a Nicolas Sarkozy. La diferencia es que a mí me lo canta en los altavoces del coche, desde las tripas de un cedé cansado de dar vueltas, y a él se lo susurra al oído sentada a su lado en el asiento de atrás, acariciándole las orejas de soplillo con esa dulce y estremecida melodía que parece brotarle de las legañas del alma. La diferencia es que yo me conformo, a ver qué remedio, con el empalago melancólico de una piadosa mentirijilla enlatada, y él se deja envolver de verdad por el ronroneo seductor de esa IGNACIO elástica gata seductora en CAMACHO cuya brumosa mirada se despeñan los misterios como si fueran acantilados de nostalgia. La diferencia es que yo sólo he visto a Carla Bruni entre los sueños satinados del papel couché y Sarkomán la lleva de la mano por las frondas de los jardines de Versalles y por las atestadas calles turísticas de Disneylandia, tal que Blancanives con su victorioso príncipe encantado. Y tan encantado. Otro motivo más para envidiarlo. Como cantaba en los setenta un demagogo juglar latinoamericano, qué vida más diferente la mía y la suya, señor presidente Es muy francés, por altanero, esto de los romances presidenciales con damas de vértigo, esas divinas esfinges biseladas en el acero cortante de las pasiones improbables, mujeres de arquitecturas gélidas que en cada golpe de pestaña bajan a los mortales las persianas de la esperanza. El viejo Mitterrand, con su coquetería casi póstuma de sombrero y bufanda, mandaba interceptar muerto de celos el teléfono de la insondable Carole Bouquet mientras cortejaba a la ondulante Dalilah festejándole las curvas en un reservado de Lipp, y quizá sólo la piel de raso de Catherine Deneuve, sinuosa y resbaladiza como un río helado, conozca los secretos de los galanes que se dejaron, desde los años sesenta para acá, secretos de Estado entre sus sábanas. Cuando Roland Dumas, el elegante canciller que fue albacea de Picasso, compareció ante un tribunal acusado de tráfico de influencias, su amante- comisionista publicó un libro bajo el esclarecedor título de La puta de la República levantando el tabú con que la sociedad gala ha recubierto siempre en la vida política ese territorio confuso en que el norte de las decisiones oficiales se funde con el privado hemisferio sur del ombligo. Todo eso se movía en un plano más o menos discreto, de hermetismo para iniciados al margen de la esfera pública, un poco como en España ha circulado siempre la intimidad de los próceres envuelta en el halo prudente de una reserva necesaria para escapar del escrutinio cotilla y el chismorreo corralero. Pero Sarko, que bajo su perfil hierático y dominante de Napoleón posmoderno esconde un vedettismo mediático irresistible, ha dado el salto cualitativo al ventilar ante los papparazzi su galanteo con Carla Bruni con la arrogancia ingenua, orgullosa, desafiante y feliz de un donjuán recién divorciado, que une su flamante estado de gracia político a una devastadora trayectoria sentimental. Ande él caliente y murmure la gente. La chica no es como para ocultarla, desde luego. V