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4 OPINIÓN MARTES 18 s 12 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro LA VISITA DE GADAFI A ESPAÑA H RAJOY DECIDE AS declaraciones del vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, sobre la incompatibilidad prevista en los estatutos del Partido Popular entre la condición de diputado y el cargo de alcalde, además de ser manifiestamente inoportunas, desenfocan las prioridades que debe tener esta formación ante las próximas elecciones generales. El único objetivo de este partido ha de ser ganar los comicios y llevar a Mariano Rajoy a la presidencia del Gobierno. En la culminación de este propósito está comprometido mucho más que el futuro político de determinadas personas, fiado en unos casos a la derrota y, en otros, a la victoria de Rajoy. Está también comprometida la vuelta del centro- derecha al poder político nacional, la renovación tranquila y controlada del propio PP y la apertura de una nueva etapa política que reponga a España en la estabilidad y el sosiego perdidos en esta legislatura socialista. Quien dentro del PP no entienda que esta es la única estrategia admisible y que las próximas elecciones constituyen una encrucijada para el PP y el centro- derecha de este país, lo que está haciendo es poner trabas a la victoria de Rajoy y beneficiar a Rodríguez Zapatero. Y esto sucede cuando las disputas personales se llevan al extremo de intentar condicionar la plena libertad de criterio que deben tener Mariano Rajoy y su equipo directivo para confeccionar las candidaturas con todas aquellas personas que sumen más votos y mejoren las expectativas del PP sean las que sean y estén donde estén, sin más limitacio, nes que las que impongan las leyes. Sería realmente un sarcasmo que el único partido que está en condiciones de ganar al PSOE en marzo de 2008 mutile sus márgenes de maniobra con interpretaciones burocráticas de sus estatutos, los cuales, por otro lado, permiten que el Comité Ejecutivo haga excepciones a la incompatibilidad señalada por el vicepresidente de la Comunidad de Madrid. Así lo destacó el secretario general del PP, Ángel Acebes, quien ayer ratificó que es la dirección del parti- L do la que decide la elaboración de las listas, reiterando el único mensaje coherente con la actitud que debe tener una formación política que disputará la presidencia del Gobierno al PSOE. A los socialistas, el vicepresidente de la Comunidad de Madrid les ha servido en bandeja una nueva ocasión para encubrir sus problemas internos- -como, por ejemplo, la oposición nada discreta de un amplio sector del partido a José Bono- -con cargo al PP. A Mariano Rajoy no le sobra ningún voto, pero sí este tipo de polémicas impertinentes y nada gratuitas, que además tienen un claro acento excluyente y transmiten a la opinión pública una imagen de discordia realmente incongruente con el perfil que debe tener un partido con aspiraciones a ganar las elecciones generales. Resulta muy difícil de explicar que quienes, desde su condición de ganadores con mayorías absolutas- -no sólo el alcalde de Madrid- se ofrecen a ayudar a que Rajoy sea presidente de Gobierno en 2008, se encuentren con estos vetos de letra pequeña, que además no son tales porque al final todo queda en manos del líder del PP. Por eso, parece que ciertas reflexiones, a cargo de quien carece de competencias para hacerlas, como es el caso, sobre quién puede o no puede ir en las listas generales, están dirigidas más a poner a Mariano Rajoy en un brete que a forzar el descarte de los presuntos vetados. Y también parece que el verdadero objetivo de estas invocaciones estatutarias- -que impostan una lealtad a ese partido al que, al mismo tiempo, perjudican- -es achicar al presidente del PP el espacio que necesita para hacer lo que crea oportuno antes las elecciones generales de 2008. Es Rajoy, y nadie más por mucho comité electoral que le asesore, quien tiene sobre sí la responsabilidad de tomar las decisiones más trascendentes. Es él, y no quienes quieren marcarle los tiempos y coartar su liderazgo desde fuera, el que está expuesto al veredicto de las urnas. Si tiene la responsabilidad de ganar, Rajoy tiene el derecho a decidir. LA ESCUELA, SEGÚN ZAPATERO A imagen de José Luis Rodríguez Zapatero ante la opinión pública está asociada con el buenismo una visión idílica del mundo que se caracteriza por dar la espalda a la realidad. En materia educativa, el optimismo del presidente del Gobierno supera los límites más elementales que impone el sentido común: a su juicio, la educación española está a la altura de las Dinamarca o Noruega, un diagnóstico que confirma la ministra de Educación, contagiada sin duda por el entusiasmo de su jefe. Después de modificar a toda prisa las leyes educativas del PP, ahora los socialistas descubren el valor de la estabilidad y aseguran que- -si ganan las elecciones- -no habrá nuevas normas, ni cambio de planes de estudios. Ni una palabra, por supuesto, acerca del pacto educativo que reclama la comunidad escolar, porque la estabilidad debe ser producto del consenso y no de la imposición. Así pues, vivimos en el mejor de los mundos posibles, a juicio de un presidente que parece ignorar el reciente informe PISA y otros documentos similares que nos sitúan en el furgón de cola en Europa y en el mundo. Todo el programa electoral del PSOE en el ámbito educativo queda reducido a unas cuantas promesas genéricas, incluyendo algunas- -como las 300.000 plazas de guardería para niños hasta los tres años- -que ya figuraban entre los compromisos de 2004 y que, como es evidente, no se han cumplido. L El presidente del Gobierno debería cuidar más sus palabras cuando habla de cuestiones escolares. Hace poco echaba la culpa a los padres y a los gobiernos anteriores de la ignorancia de los alumnos españoles. Además de absurdo, no deja de ser contradictorio, puesto que ahora dice que nuestros adolescentes y jóvenes no tienen que envidiar a nadie en Matemáticas, Lectura o Ciencias. Sin embargo, es curioso que el PSOE se sienta obligado a incluir entre sus compromisos para la próxima legislatura el refuerzo de la disciplina y del respeto en las aulas, una forma indirecta de reconocer que las cosas van por muy mal camino en un terreno decisivo para la convivencia escolar. También es significativo que se acuerden ahora de fomentar la excelencia y premiar a los mejores estudiantes. Nuestro sistema ofrece graves deficiencias en muchos aspectos esenciales, incluido el carácter heterogéneo de las enseñanzas básicas en las diferentes comunidades autónomas. No obstante, todos los esfuerzos del actual Gobierno se concentran en imponer una asignatura de Educación para la Ciudadanía que crea discordias en muchos colegios y que poco puede aportar para mejorar el nivel de los alumnos. En lugar de mostrar tanta complacencia ante el aplauso de los ya convencidos, el presidente y la ministra deberían reflexionar seriamente sobre las graves consecuencias de una legislatura también perdida en materia de educación. ACE ya mucho tiempo que Mohamar el Gadafi ha sobrepasado los límites de lo que se consideraría razonable en la conducta de un dirigente con responsabilidades políticas. Sobre su equilibrio emocional hablan suficientemente su aspecto o su comportamiento excéntrico, y si pudiera verse a sí mismo, descubriría que se ha convertido en un personaje mucho más grotesco y decadente que todo lo que pudo haberle reprochado al Rey Idris cuando lo derrocó en 1969, al frente de un golpe de Estado militar. Hace más de 35 años que en Libia no se convocan elecciones y la experiencia ha demostrado sobradamente que, en lo que se refiere a los países islámicos, cuanto más tarda en producirse la apertura política, más posibilidades tienen de enraizar en la clandestinidad los movimientos integristas que luego intentarán monopolizar a la sociedad para hacerse con el poder. Es decir, Gadafi es una rémora para el futuro de su país, cuyos recursos ha dilapidado a manos llenas en aventuras revolucionarias en otras naciones, a las que a su vez ha causado graves quebrantos. En lo único que sobresale el líder libio, dentro de lo que puedan considerarse elementos positivos, es en haberse convertido en ejemplo de la eficacia de una política de sanciones, cuando ésta se aplica de forma generalizada y rigurosa. La firmeza de Occidente contra las aventuras de Gadafi con el terrorismo ha demostrado que esta estrategia funciona, y que es capaz de forzar el abandono de ciertas políticas inaceptables. Eso no hace de Gadafi un modelo de dirigente demócrata o juicioso, pero prueba que, cuando las principales potencias occidentales y la comunidad internacional actúan en la dirección correcta, normalmente triunfan. Por desgracia, la positiva metamorfosis de Gadafi no se ha producido por voluntad propia, sino forzada por los acontecimientos e ilustrada por el ejemplo de otros dictadores que optaron por mantener la confrontación y ahora han desaparecido de la faz de la tierra. Desde ese punto de vista, existen dudas legítimas de si resulta conveniente, ético o incluso práctico recibir a un personaje como Gadafi. Como se ha dicho, a veces las necesidades de la política exterior, los intereses propios, lo aconsejan, porque se espera obtener un bien mayor al que se puede subordinar la natural aprensión. Véase el ejemplo del presidente francés, Nicolas Sarkozy, que ha recibido al libio con todos los parabienes en París y del que ha obtenido una lista de voluminosos compromisos económicos de unos nada desdeñables 10.000 millones de euros que vienen a favorecer a la industria francesa, desde aviones a centrales nucleares. Pero a España, en realidad, ¿de qué le sirve hacer el esfuerzo de recibir a Gadafi si el Gobierno no ha sido capaz de extraer una rentabilidad de sus relaciones con semejante huésped? El pragmatismo puede llegar a ser aceptable en ciertos casos, siempre que al menos sea rentable.