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ABC LUNES 17 s 12 s 2007 DEPORTES 95 EL MUNDO ES UNA HISTORIA PENALTI Y EXPULSIÓN Los árbitros tendrían que vestir siempre de negro riguroso y dejar toda la frivolidad cromática para los tertulianos, los dj s o los porteros de fútbol FUERA DE JUEGO do, aunque no lo necesitaba, por un amigo suyo, fotógrafo para más señas, desgranó una cantidad impresionante de nombres, fechas y atrocidades. De toda aquella letanía me quedé tan sólo con un tal Babacan que habría sido para el Atleti de Madrid una bestia parda. También evocaron a un linier, cuyos colores, descaradamente, eran los blancos del Real Madrid, que confesó, sin ser sometido a tortura, que el momento más esplendoroso de su vida fue cuando el coro unánime del Camp Nou le calificó, infinitamente, como un hijo puta Uno puede llegar a ser ingeniero de sistemas informáticos, comisario de exposiciones o sexador de pollos, por pura casualidad o instinto de supervivencia, pero creo que para árbitro solo valen los que nacen siéndolo. Aún no han desarrollado, que yo sepa, un adecuado psicoanálisis de esos tipos que saltan al campo con un pito y dos tarjetas de color en el bolsillo. Puede que algunos de ellos fueran aquellos que al hacer pie en el patio del colegio no eran seleccionados para jugar al fútbol de puro mantas o sencillamente son unos narcisistas de tomo y lomo que necesitan ser ultrajados para dejar de ser parte de la masa vociferente. Algunas formas de la sabiduría oriental, e incluso el chamanismo, reconocen que únicamente tras haber sido cubierto de escupitajos puede nuestro espíritu acceder a un estado de completa beatitud. Antes vestían de negro, el color del luto, la materialización de la sombra, el fondo melancólico de la pupila, hasta que hace unos años comenzó una tendencia herética y así aparecen ahora los árbitros vestidos de amarillo, gris o incluso con tonos verdosos. Esto es la pura invocación del mal fario o la constatación de que ni siquiera se sabe mantener el orden a la hora de fijar un blanco para todas las iras. No hace falta leer a Freud para saber que la oscuridad es una de las condiciones de lo inhóspito; como las cucarachas que no tienen, en sí mismas, nada de malo, los árbitros, e incluso los catedráticos, tendrían que vestir siempre de negro riguroso y dejar, por tanto, toda la frivolidad cromática para los tertulianos, los dj s o los porteros de fútbol. Hay frases, casi oraculares, que nunca se olvidan: Penalti y expulsión No me jodas, Rafa Palabra de árbitro. Fernando Castro Flórez Los luchadores de sumo no resultan tan honorables como parecen REUTERS La cara oculta del sumo Tras el escándalo suscitado por la brutal muerte de un joven luchador en un entrenamiento, una investigación descubre que los deportistas de esta tradición nipona son maltratados con bates de béisbol y torturados psicológicamente para endurecerlos POR PABLO M. DÍEZ CORRESPONSAL PEKÍN. El sumo tiene más de 2.000 años de antigüedad y es el deporte que representa la quintaesencia de la cultura japonesa, pero está lejos de ser tan limpio y honorable como muchos pensaban. Y es que tras los titánicos combates en los que se enfrentan sus colosales luchadores, que llegan a pesar 150 kilos, se esconde un sórdido mundo de violencia, corrupción y muerte. Causando un gran escándalo en el país, así lo acaba de desvelar un informe de la Asociación Japonesa de Sumo, en el que se denuncia que el 92 por ciento de los establos donde se entrenan y viven los luchadores utilizan bates de béisbol, cañas de bambú y otros instrumentos para golpearlos con saña. En este sentido, un tercio de los deportistas confesó haber sufrido abusos físicos y otro 12 por ciento aseguró que las palizas, eufemísticamente llamadas abrazos se combinaban con la tortura mental para endurecer a los deportistas. Aunque ya se sospechaba que esta brutalidad se hallaba latente en un tipo de competición tan fiera como el sumo, tan sobrecogedoras revelaciones han salido a la luz tras la muerte, el pasado mes de junio, de Takashi Saito, un luchador de 17 años que peleaba con el nombre de Tokitaizan. Su preparador, Junichi Yamamoto, le dijo en un primer momento a sus padres que había fallecido de un ataque al corazón mientras se entrenaba, por lo que les recomendó incinerar el cuerpo lo antes posible. Pero cuando la familia pudo ver el cadáver comprobó horrorizada que tenía la cara hinchada y presentaba numerosos moratones y heridas, así como señales de quemaduras en las piernas. Los compañeros más veteranos habían golpeado al jonokuchi (luchador juvenil) con un bate de metal y lo habían sometido a una interminable sesión de butsukari geiko Así se conoce al entrenamiento por el cual los luchadores resisten las cargas de sus paquidérmicos compañeros, tan demoledoras que no duran más de tres minutos para no romper los huesos de los deportistas. Obedeciendo a su entrenador, Takashi Saito aguantó media hora de brutales embestidas hasta que, poco después, cayó muerto. Un triste final para un muchacho que, previamente, intentó huir del establo pero fue atrapado por los otros luchadores, quienes le destrozaron el teléfono móvil para que no avisara a su familia. Este atroz escándalo puede darle la puntilla al sumo, un deporte que ha ido perdiendo aficionados en Japón a medida que proliferaban las denuncias de combates amañados y de dopaje con esteroides para engordar a los luchadores. Si hace años miles de jóvenes nipones soñaban con saltar al ring embutidos sólo con el mawashi (taparrabos) ahora su yokozuna (gran campeón) es Asashoryu, un polémico deportista de Mongolia que tampoco ha escapado al maltrato ni a las denuncias por haber amañado combates. Unas actividades delictivas que sólo puede llevar a cabo la temible mafia nipona, la yakuza cuya sombra planea sobre el cada vez menos noble deporte del sumo. Por ese motivo, los progenitores pidieron una investigación y, finalmente, el entrenador admitió que le había pegado con una botella de cerveza y que otros miembros del establo Tokitsukaze se habían despachado a gusto con él. Una paliza en el establo Se sospecha que la yakuza (mafia) está detrás de los combates amañados y del dopaje de los luchadores os entrenadores, con cara de funeral de cuarta y temblores nerviosos en las manos, suelen decir no hablaré en ningún caso de los árbitros para luego soltar una diatriba infinita sobre aquellos que, con una maldad indescriptible, han asesinado las esperanzas de su equipo. La indignación es un caudal incontenible, la blasfemia supera el cerco de los dientes e incluso la brutalidad fonadora destroza cuantas cuerdas vocales encuentra a su paso. No hace falta ir a las grandes catedrales del fútbol, basta con pasarse una mañana de sábado por el pequeño graderío de un barrio, para ver que los padres están al borde del infarto mientras la chiquillería trota por el césped artificial. Tendrían que contratar a expertas brigadas, provistas de camisas de fuerza, para impedir que la cosa fuera a mayores. Porque lo mismo aparece uno que pierde los papeles tras la portería propia que otro que agita cual molinillo los brazos en las inmediaciones de la jeta de un respetable padre de familia que acaba de trajinar un par de botellines de cerveza. Tras una zancadilla traicionera o un fuera de juego imaginario comienza el chorreo. Ahí se nombra desde los ancestros del árbitro hasta enfermedades crónicas como la ceguera pero, sobre todo, aparece una suerte de maldad congénita, esto es, la certeza de que aquel que toma las decisiones es un impresentable cabal que, según sospechan los más levantiscos, ha sido untado y no precisamente con tocino. De buena mañana, con una rasca siberiana, me topé con el padre de un jugador del Moscardó Infantil, en el que también triunfa mi hijo Manuel. Estaba intentando encontrar, en el pozo sin fondo de mi desmemoria, el nombre de un árbitro español y él, rápido como Gento, me sacó del apuro. Sin pestañear puso sobre el mostrador del bar a Emilio Guruceta Muro para luego, ante mi deseo de ser instruido, iniciar una erudita exposición sobre lo que calificó como la caterva infame de los árbitros asisti- L