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56 AGENDA Tribuna Abierta LUNES 17 s 12 s 2007 ABC Amador Griñó Escritor EL PUERTO DE VALENCIA IFÍCIL fue la vida de la Basilea Constança de Hohenstaufen. Su padre, el Emperador Federico II, la obligó a casarse a los once años de edad con el Basileo viudo Juan III Ducas Vatatzés, que contaba ya con cincuenta años de edad. Afortunadamente, en aquella época las hijas ilegítimas de los reyes no tenían que terminar forzosamente en un convento. Con tan poca edad, el Basileo, a quien llamaban el Piadoso, haciendo gala de su apodo, se compadeció de la niña y la sustituyó en el tálamo por la institutriz siciliana que la acompañaba. Como buena siciliana, la institutriz supo aprovecharse de tal honor, convirtiéndose en poco tiempo en la Basilea en funciones, y así, sin pudor ni recato, pasó a enseñorearse- -nunca mejor dicho- -del Cuerno de Oro. Tanto escándalo levantó esta pública ostentación, ya que se hacía servir como si de la Emperatriz se tratara, que un monje llamado Blemydes, del Monasterio de San Gregorio, la expulsó de la iglesia por usurpar las enseñas imperiales. El Basileo, que no quería desórdenes públicos, pues buenos eran en Bizancio a la hora de sublevarse, no tomó ninguna represalia contra el monje, quien tal vez le hizo un favor. Así que desconocemos cómo se lo tomó la siciliana. Poco más sabemos de esta institutriz, a quien apodaban la marquesina; no sé yo si por su origen italiano, o por la buena sombra y cobijo que tan generosamente ofrecía al Emperador. D Ninguna ciudad española tiene el honor de poseer la tumba y los restos de una Basilea, de una Emperatriz del Sacro Imperio Romano de Oriente, que suena mucho mejor. En cualquier lugar de Europa, poseería un espléndido mausoleo y una plaza con su nombre por lo menos. Aquí, ni una mísera calle nando Llorca, pero como dice Carlos Soler d Hyver, el cuadro, ya desaparecido, fue pintado a finales del siglo XVII, por lo que en el fondo no deja de ser un intento fantástico y anacrónico de recuperar la imagen de la Emperatriz, vistiéndola como las señoras valencianas del mismo siglo, a la moda del país. Quizás al intentar el pintor resaltar únicamente la devoción y piedad, se olvidó de que cuatrocientos años atrás la moda era bien diferente, y seguramente Doña Constança iría mucho más destapada. dad, fue el escenario de tal recibimiento, y contrariamente a lo que podría parecer, sorprende enormemente la inexistencia de una dársena y las ínfimas condiciones que, durante toda la edad media y hasta bien entrado el siglo XVII, tuvo nuestro puerto. Seguramente, la Basilea, con un poco de suerte, tomó tierra a través de un humilde muelle de madera que facilitaba el acceso a la playa. De este puente de madera en el que atracaban las naves para cargar y descargar mercancías, y que se encontraba donde actualmente está hoy el puerto, sabemos que era una concesión de explotación desde el 1432, si bien en 1555 ya no estaba en servicio por las grandes acumulaciones de arena que impedían el acercamiento de las naves. que permaneció en Valencia hasta el fin de sus días, acabó amando la ciudad. No tenía comparación con Bizancio, vamos, que al lado del lujo de la capital del Imperio Romano de Oriente, sería algo parecido a una aldea batusi, pero se sentía segura, y el clima era muy similar, que no era poco. Como no hay dicha sin pena, y por si no había sufrido bastante, la pobre emperatriz contrajo la lepra. Encaminó sus ruegos a Santa Bárbara, por la que sentía una especial devoción, y de la que tenía una gran reliquia. Tan grande era esta reliquia, que hubo de traerla en barco. Era la propietaria de la columna donde la pobre santa fue decapitada por su infiel padre. Quedó sana y donó la columna a la iglesia de San Juan del Hospital, a la que se sentía especialmente vinculada, y donde aún la podemos admirar en una hornacina del muro, en la antigua capilla de la santa, formando parte de una pila bautismal. En dicha capilla existió un cuadro, en el que se representaba a la Emperatriz Constança, vestida de labradora valenciana, rezando a Santa Bárbara, según cuenta Fer- ro no pararon sus sufrimientos. Alejada de la corte, a la muerte de Juan III, por el hijo del primer matrimonio con Irene Lascaris, Teodoro II Ducas Lascaris, se vio posteriormente acosada sexualmente por Miguel VIII Paleólogo, usurpador del trono. Constança, que debía de ser aún muy guapa, y por lo visto tenía el rodaje por hacer, no tuvo más remedio que acudir pidiendo ayuda a su hermano Manfredo, Rey de Sicilia, también hijo ilegítimo de Federico, quien le dio cobijo hasta que los angevinos tomaron la isla. No encontrando sosiego, la infeliz Basilea tuvo que solicitar la ayuda de su sobrina, Constança II de Sicilia- on hi ha sang, es fan botifarres se dice en Valencia- -quien por la gracia de su esposo, nuestro Rey Pere III El Gran, fue acogida con todo el respeto que su dignidad demandaba y merecía en nuestra ciudad. No sabemos exactamente cómo fue el recibimiento que le dispensaron, pero tenemos constancia de que desembarcó en el Grau. El Puerto de Valencia, verdadera puerta de honor de la Ciu- NuestraConstançacreció, pe- Constança, ne el honor de poseer la tumba y los restos de una Basilea, de una Emperatriz del Sacro Imperio Romano de Oriente, que suena mucho mejor. En cualquier lugar de Europa, poseería un espléndido mausoleo y una plaza con su nombre por lo menos. Aquí, ni una mísera calle. ¿Qué podemos esperar de una ciudad que no tiene ningún recuerdo público, ni monumento, del único rey nacido en ella? Recordemos que En Jaume II El Just nació en el inútilmente desaparecido Palacio Real. Con la venida de la Emperatriz Constança, se dio inicio a la costumbre real de retirar en Valencia a grandes señoras, moda que, pasando por la abandonada Reina Doña María de Castilla, finalizó a la muerte de la Reina Doña Germana de Foix y de Doña Mencía de Mendoza. Ilustres obesas del panteón valenciano y esposas sucesivas del Duque de Calabria. Es evidente que a Don Fernando de Aragón le gustaban gordas, que digo gordas, gordísimas. Mas no sería justo olvidarnos de otra ilustre exiliada, que también es una gran desconocida para la mayoría de los valencianos. La Eskanderbega, que era como la llamaban en Valencia según el Padre Sales, historiador del Monasterio de la Trinitat, en el que residió con su desdichado hijo hasta su muerte- -último heredero del trono de Albania y nieto del legendario Skenderbey o Eskanderbeg, el más grande y único héroe de Albania- no fue una reina famosa, y posiblemente no permaneció en su país más que pocos años. Jorge Kastriota, que así se llamaba Eskanderbeg, pasó su juventud en el ejército turco, adonde lo envió su padre como parte de los impuestos- rehenes con los que el Sultán Murad II controlaba los territorios sometidos. Obligado a convertirse al Islam, tomó el nombre de Skender. Como estaba dotado de una gran inteligencia, arrojo y valor, prontamente el Sultán lo ascendió al título de bey, y de ahí el nombre de Skender- bey. De vuelta a su pequeño país, aprovechó la primera circunstancia favorable para dirigir él mis- Ningunaciudadespañolatie- mo la rebelión contra Estambul, derrotando continuadamente a las tropas otomanas. Después de tanto tiempo en el ejército turco, conocía perfectamente todas sus tácticas. Ya elevado a la posición de señor dominante, y no fiándose de los venecianos, que igual estaban a su favor que con los turcos según conviniera a sus intereses, pidió protección al Rey Alfonso el Magnánimo, a quien prometió rendir homenaje y ofreció su castillo de Croia o Krujë, adonde el Magnánimo mandó como castellano a Bernat Vaquer y un destacamento armado. Muerto Eskanderbeg antes de tiempo, comenzaron las intrigas, y nuestros tradicionales enemigos en el control del mar, los venecianos, se apoderaron de la voluntad de su débil hijo y sucesor. Perdimos Croia, que pasó a manos venecianas, pero no les duró mucho la alegría, pues Albania volvió a manos otomanas. El pobre heredero murió al poco tiempo en Venecia, y según algunos, envenenado. La joven viuda y su hijo, el nieto de Eskanderbeg, protegidos por el rey Alfons, fueron enviados a Valencia. Llegaron por el puerto, como no podía ser de otra manera, y se establecieron en el Convento de la Trinidad. la Escanderbega poco sabemos, ni siquiera conocemos su tumba, pero el hijo estuvo enterrado en la iglesia del monasterio, y aún queda la lastra sepulcral en mármol negro, que podemos ver encostada en una capilla lateral cerca de la reja de las monjas. El pobre, que debería ser un guapo jovencito, murió a la edad de quince años por querer ligar donde no tocaba. Cuentan las crónicas que, paseando el doncel por el puente, vio unas lindas damas, a las que siguió con las hormonas totalmente descontroladas, no vio por donde se metía, ciego de pasión, y acabó en el medio de un duelo, donde le traspasaron el corazón, y no en sentido figurado. Así fue su corta vida, y lo más gracioso es que después de muerto, me temo que tampoco estaba donde debería. Hace pocos años, la irreductible concejala de Cultura de Unión Vaneciana, Dolores García Broch, apoyó las quimeras de un matrimonio americano que deseaba encontrar los restos de Luís de Santangel, banquero valenciano que financió las tres carabelas, y no las arcas de la reina Isabel, que con la guerra de Granada no tenía ni para cambiarse la camisa, aunque dicen, para disimular esta ruina o falta de higiene, que era una promesa religiosa que hizo. El caso es que después de destrozar el pavimento de la iglesia, encontraron que los huesos no correspondían con la edad del buscado. A poco que hubieran leído, sabrían que Luis de Santángel cedió su sepultura al único nieto de Eskanderbeg. De