Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
72 MADRID DOMINGO 16 s 12 s 2007 ABC Café solo, sin letras Descafeinada o con leche, emboquillada a mano, de negra picadura infame, antes la literatura se confesaba a medias sobre los veladores, y se miraba en espejos cóncavos y convexos. ¿Qué fue de aquella bohemia en los cafés de Madrid? POR ANTONIO ASTORGA FOTO: IGNACIO GIL Un pobre mira a través del cristal a un poeta angloaburrido. El vate intenta enhebrar algún ripio sobre el velador de un café literario. Los ojos del Diógenes del asfalto se cruzan con las pupilas del Diógenes de la lírica. Se miran, se escrutan, se radiografían. El indigente deja caer los hombros y reflexiona: Pobre de ti, y pobre de mí El escritor moja la pluma en el tintero con aire despistado, y busca en la cara del pobre hambre de inspiración. En el saloncito del café cohabitan una pareja de enamorados, una chica pensativa y un señor de los de toda la vida que lee su ABC. Así era el Café Gijón, visto por el ingenio del genio Antonio Mingote, cuando la literatura quemaba la comisura de los labios. Hoy, salvo gloriosas excepciones, han desaparecido aquellas tertulias al aroma de un café cortado, con leche o hielo, descafeinado, torrefacto, natural, arábica, robusta, piccolino, capuchino, americano, vienés, carajillo, brulé (quemado o diablo) escocés, irlandés, serrupe, fantasía, tangolio, cafetal, sandra y blanco y negro... Corren malos tiempos para la lírica de la palabra, de velador y recado. En el Madrid de los cafés literarios se discutía de amores prohibidos e imposibles, de duelos y quebrantos, había recitales poéticos, bailes y toreo de salón, estraperlo y pillerío, retretes ilustrados en los que se vendían a hurtadillas libros de Alberti, Neruda o Max Aub; era el Madrid de las frías pensiones en las que nunca se ponía el sol; de Neville y Ramón, de Cela y Fernán- Gómez; de González- Ruano y Manuel Alcántara; de Campmany y Umbral... Madrid era género literario. Existía incluso la figura del odiador profesional, un tipo que acudía al café a odiar a un personaje, previo encargo. Cela tenía también su odiador, como Buero, como todos los triunfadores. El odiador de Cela era bajito, calvito, orondo. Porque el satanismo de estos dobles inversos llega incluso al fenómeno de que el odiador tiene algo, o mucho, del odiado, y si el odiador de Buero era grave, como Buero, el odiador de Cela era jocundo, como don Camilo, describió Francisco Umbral aquella noche que llegó al Gijón. Entre los cafés más antiguos, el de Sólito- -citado por Fígaro en sus artículos de costumbres, y por Zorrilla en Recuerdos del tiempo viejo -o El Parnasillo cerca del teatro del Príncipe. En la calle del mismo nombre, el del Gato Negro, habitado por Eugenio Noel, café de carácter germánico con pinturas de ilustración como para cuentos de Grimm. Su equivalente más golfo, como testimonió César González- Ruano en Mi medio siglo se confiesa a medias era el de Castilla. Otro café mixto de cómicos y periodistas fue el de Lisboa, en la Puerta del Sol, donde alguna noche el cesarísimo del Periodismo se sentó con Loreto Prado y Perico Chicote. Dos cafés lujosos que habrían de tener corta vida fueron Negresco, en la calle de Alcalá, que convivió con La Granja y Aquarium. Al María Cristina, en Arenal, iban aficionados a la música. Los Machado acudían al Español, junto al Teatro Real, que por las tardes estaba lleno de novios sobones con cara de ser de ese barrio de los melancólicos de Madrid esculpió Ruano. También peregrinaban algunos escritores al café del Prado, por su proximidad con el Ateneo, y al Café de Madrid, al principio de la calle de Alcalá. El Colonial y el Universal eran un nido de la bohemia estropajosa, y el café de Levante tenía un público de paletos y una burguesía menor acomodada observaba César. Madrid era una ciudad perito en cafés literarios. En 1899, don Ramón María del Valle- Inclán- -asiduo al patio de La Granja del Henar- -sufrió la pérdida de su brazo izquierdo en una refriega con Manuel Bueno, en el Nuevo Café de La Montaña, entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. El señor Bueno le propinó un bastonazo al bueno de Valle con tan mala fortuna que un gemelo de su camisa se le incrustó en su extremidad, y causó una infección. Hubo que amputar, como el puntazo de un torero Las crónicas de la época glosaban el avatar: Ramón ValleInclán, un polémico sin remedio, pidió un café con leche y una botella de agua y se sentó a la mesa, donde se estaba dando conversación compuesta por el editor Ruiz Castillo, Jacinto Benavente, el cronista Manuel Bueno y el pintor Paco Sancha Se discutía sobre un tema de rabiosa actualidad, el duelo entre un joven aristócrata andaluz, López del Castillo, y el caricaturista portugés Leal da Cámara, que noches atrás habían tenido sus diferencias en el Paseo de la Castellana sobre el valor personal de lusos e hispanos. El tema del honor hace que Valle se excite durante la conversación, y su voz destaque, como casi siempre, por encima de las de los demás. Pero Bueno alza la suya. Valle- Inclán perdió su brazo izquierdo tras un bastonazo que le propinó Manuel Bueno, en el Nuevo Café de La Montaña, por llamarle majadero ¡Señores, todo lo que ustedes están diciendo carece de validez! ¡Leal da Cámara es menor de edad y no podrá batirse! -No zea uzted majadero, que uzted no zabe una palabra de ezo. Valle, dolido, reprende: ¡Cá, Ramón! Ése ya no te dolerá nunca más. se afeitó parte de la barba para ver bien la operación, y se añadía con mayor exageración que se tuvo que rectificar y cortarle por más arriba, presenciando Valle el segundo corte operatorio saboreando un habano. ¡Uf, cómo me duele el brazo, le dijo a su amigo Benavente. El suceso fue primera plana durante semanas en las tertulias de los cafés de Madrid, que se dividieron en dos bandos, los valleinclanistas y los buenistas. Muy poco tiempo después, Valle citó a Bueno en el Café de la Montaña y, tuteándolo por primera vez, le espetó: Bueno se levanta, da un paso atrás, toma su bastón con barra de hierro, y amenaza con él a Valle- Inclán, que empuña su botella de agua. ¡Majadero! ¡Majadero! La tertulia del Pombo fundada por Ramón Gómez de la Serna (segundo por la izquieda) y con José Bergamín (primero a la derecha) el resto: Salvador Bartolozzi, Tomás Borrás, Miguel Moya, y Sirio ABC Valle agarró una botella de agua por el cuello, como si manejase el as de bastos, y llenando de agua a todos, dio lugar a que Manuel Bueno descargara el bastonazo; pero con tal mala fortuna que le incrustó en la carne el gemelo del puño. Al día siguiente se gangrenaba la pequeña herida, y el médico dijo a Ruiz Castillo y a Benavente que había que cortar el miembro. Se consultó con don Ramón y éste dijo que sí, que lo amputasen, pero sin cloroformizarle. Hubo quien dijo que -Mire, Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya. Todos los bohemios de la ciudad se rascaron los bolsillos para comprarle un brazo ortopédico al escritor. Ramón Gómez de la Serna fundó en 1914 una tertulia literaria en la antigua Botillería de Pombo (calle Carretas) El dueño le acotó los sábados, para él y para sus amigos, un saloncito contiguo a la cocina, con mesas a uno y otro lado, y en el testero principal una plataforma ¡Qué grande es Ramón!