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ABC MARTES 11 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA DE LA Y A LA Z ODER, coacción y aislamiento. Bajo esta triple premisa de demostrar su tiránica capacidad de presión, intensificar su dominio mediante la amenaza y profundizar en el delirio de la cerrazón independentista, la ETA ha declarado al AVE enemigo del pueblo vasco, y ha ordenado a sus cómplices legales de ANV ponerse al servicio de esta estrategia. Ni progreso, ni comunicación, ni gaitas ni txistus; los terroristas plantean con un vago ropaje de ecologismo atávico un desafío simultáneo a la modernidad y al Estado, que en este caso incluye tambiénal autogobiernode Euskadi, competente en la construcción del proyecto de la Y de alta velocidad del Norte. A los etarras les da igual: están en guerra IGNACIO contra la Y... y contra la Z. CAMACHO Simbólicamente, la oposición contra el AVE es un discurso paleolítico, deuna ancestralirreductibilidad anclada en elmitoruralistasobreelquesefundamenta el nacionalismo vasco. Pero eso no dejaría de ser una actitud de lamentable cerrazón ideológica si no escondiese el discurso de la violencia y el chantaje. Es decir, el verdadero eje de la semántica terrorista. Un desafío de poder, un reto de imposición intimidatoria, como Lemóniz o Leizarán. Una prueba de su capacidad de bloqueo e intervención en el escenario real de la sociedad vasca. Y a la vista de los precedentes, cabe temer que se salga, en todo o en parte, con la suya. Para que eso no ocurriera, el Estado tendría que mostrar una fortaleza de la que ahora mismo carece. Y habría que empezar por el PNV cuyo control político de las institucio, nes vascas es el primer destinatario del mensaje de ETA. Los nacionalistas van a tener que optar entre defender un proyecto objetivamente positivo para los intereses del pueblo al que dicen representar o plegarse a la presión coactiva de sus primos ideológicos. Éste es un conflicto entre sacudidores del nogal y recolectores de nueces, porque los primeros también desean esta vez quedarse con el fruto. Y puede que la proverbial ambigüedad peneuvista les facilite las cosas. En ocasiones, la ambigüedad es un nombre piadoso del miedo. Pero también es un reto para el Gobierno de la nación. Sobre todo porque ANV va a poder articular las consignas de ETA en los ayuntamientos gracias a la permisividad que les abrió paso hasta las instituciones. La firmeza de que Zapatero quiere hacer ahora tardía gala tiene flecos que se deshilachan por el tejido local y comprometen la cohesión de su retórica. El Gobierno abrió espacios a los proetarras y éstos no tienen por costumbre mostrarse agradecidos. Con el terrorismo de por medio, ninguna decisión sale gratis. El conflicto de la alta velocidad interpela, por último, a una sociedad vasca demasiado acostumbrada a encogerse de hombros ante la coacción cuando afecta sólo a unos pocos. Ahora les afecta a todos: a su prosperidad, a su desarrollo. Si se dejan amilanar, pagarán un precio. Y no sólo económico o social, sino político y moral. Simplemente, sufrirán el dicterio del terror y se someterán un poco más a su fanático delirio. Para todos quienes gustan de hablar de soberanía y emancipación, he aquí una opción interesante: la libertad o el sometimiento. Cuestión de elegir. ¿O no? P LISTAS ABIERTAS LOS UMBRALES DE LA INTOLERANCIA A ventaja de ser una sociedad todavía políticamente inmadura es la oportunidad de aspirar a ser tolerantes cuando seamos mayores. En realidad, la sociedad española de hoy es más permisiva que tolerante. Escuchar los argumentos ajenos desde la perspectiva- -aunque sólo fuera mundana o gestual- -de que en algo pudiesen ser razonables es un estilo excluido del debate público, sobre todo mediático. La dialéctica más a mano consiste en destruir a las personas y postergar las ideas. Uno parece no sentirse del todo cómodo en el respeto moral al otro. Seguramente debiera ser al revés, pero continuamos con las argumentaciones ad hominem y desechamos la controversia racional. Todo eso, en indiscernible confusión de causa y efecto, contribuye decididamente a los estados sociales de cabreo. Abarca desde la honda inquietud por el modelo territorial del Estado a los socavones de Barcelona, de la estrategia antiterrorista a las iniciativas laicistas de Zapatero. No favorece el desenvolvimiento adecuado del pluralismo, entre la verdad absoluta y el relativismo total. El linchamiento eufemístico es un deporte con seguidores, como los tiene tiVALENTÍ rar la piedra y esconder la mano. A conPUIG secuencia del 11- M se cometieron errores tanto en el PP como en el PSOE, pero no está de más decir que, en la contabilidad general, aquella irresponsabilidad histórica de los socialistas liderados por Zapatero es una tacha que no va a ser borrada fácilmente. Tal comportamiento iba a provocar en poco tiempo algunos equívocos merodeos por el umbral de la intolerancia. Por desgracia, eso ha sido de fácil verificación. Por parte de Zapatero, la táctica del talante dialoguista se concentró en demostrar lo contrario. Carente en su primer impulso de sentido de la medida, tan dispuesto a ser audaz, trató la opción de sacar al adversario del campo de juego. Será por eso que ahora quiere demostrar que rectifica. Para un político, lo que coreen doscientos manifestantes habituales en la calle entra en la paga. Para un partido político, hacerse representar por esos doscientos habituales es un error. Para el resto de la ciudadanía, así se amplifican los umbrales de la intolerancia. Una sociedad no los traspasa a la una, desfilando en formación: eso se hace por partes, a menudo sin darse cuenta, como en los procesos de desintegración. Eso busca, por ejemplo, ETA cuando nos hace olvidar la paradoja de la tolerancia que señalaba Popper: si una sociedad extiende ilimitadamente la tolerancia, pudiera ser destruida, y deja de existir la tolerancia. Por eso tampoco falta una intolerancia ideológica que tiene sus orígenes en la izquierda de los años sesenta y que consiste en creer que la tolerancia, por ser de matriz burguesa, es represiva por naturaleza. Lo predicaba Herbert Marcuse: decía que el pluralismo es, de hecho, una variable de la opresión. En eso creían entonces algunos de los líderes- -reconvertidos- -de la izquierda española actual. Su versión más actualizada es la doctrina de la corrección política, erizado valladar ante el pluralismo. Existe un viejo antídoto: la constatación de que no hay soluciones definitivas y permanentes a los problemas políticos no es una mala compañera de la tolerancia. El mito de las dos Españas sólo consuela a quienes querrían que existiese de forma sempiterna y arcaica, que fuese la justificación de la discordia, con el marchamo de los caracteres colectivos perdurables y de los vicios nacionales permanentes que legitiman lo que pasa en nombre de lo que pasó. Pero eso es un fósil, una petrificación del pasado, como decir que escribir en España es llorar o que España nos duele. Lo que tenemos es una sociedad plural, de opiniones inestables, a menudo miméticas, pero no tan inflamables como piensan algunos líderes mediáticos. A menudo la estrategia de aniquilación del enemigo tiene resultados contraproducentes para el propio estratega. Es sintomático que los que más critican la moderación y el consenso luego sean quienes aprovechan la componenda interesada y la acomodación insana. Es práctica usual tanto a derecha como a izquierda. Es costumbre aliñarlo con estrepitosas dosis de patrioterismo, de revuelo castizo y propensión neoaislacionista. Que inventen ellos. En fin: que toleren ellos. vpuig abc. es L