Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 10 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CONSENSO PROVISIONAL AY un recorrido común, y hay que recorrerlo, pero no es muy largo. La unidad antiterrorista entre PSOE y PP o más exactamente entre Rajoy y Zapatero, puede funcionar durante el trecho nada insustancial, y urgente, de la lucha del Estado contra ETA, pero está condenada al desencuentro en el tramo de los objetivos finales, donde se bifurca como una encrucijada de peregrinos. Por eso la opinión pública no acaba de creerse este clima de recién recobrada avenencia, de precaria concertación envuelta en una atmósfera de mal disimulada desconfianza mutua. Por eso y IGNACIO porque, desde luego, el preCAMACHO sidente no ayuda cuando se desmarca de manifestaciones convocadas para apoyar los que se supone que son sus propios objetivos. Para el PP la política antiterrorista no tie, ne más que un camino claro y conocido: presión y prisión. Presión policial y judicial, desarticulación de comandos, prisión para los culpables y achicamiento del campo político para los cómplices de ETA y su entorno. Es una vía de sufrimiento, de esfuerzo, que sólo contemplaun final por consunción, una victoria lenta y silenciosa, un triunfo borroso e impreciso sin banderas ni capitulaciones. Zapatero, dolorido por los golpes de su caída del caballo del fracaso, puede ahora compartir ese trayecto de firmeza hasta el debilitamiento terminal de la banda, pero su visión última, la que ha adquirido desde el poder, es distinta: quiere un acto final, una foto, un compromiso, un acuerdo alo Stormont enelquesevisualice la caída del telón. Y eso implica, a la postre, alguna clase de negociación, de diálogo, de convenio. E implica, desde luego, el reconocimiento de un conflicto al que dar una salida. Esavíacon la que sueñaelpresidentesignifica, también, la construcción de un campo de aterrizaje para que el brazo civil de ETA se integre en la política, y tiene mucho que ver con los experimentos de revisión del modelo territorial que se han puesto en marcha en esta legislatura. Tiene que ver con los nuevos estatutos, con el proyecto confederal, con los intentos dedevolver un marco legal almundo deBatasuna. Tiene que ver con las dudas y cautelas sobre la ilegalización de ANV y demás marcas. Y tiene que ver con el recelo con que Zapatero y Rajoy se miran incluso en esta hora de preocupacionescomunespor frenar la presentida escalada de crímenes y atentados. Tiene quever, en fin, con el fondo delretoqueseventila en las urnas de marzo. Porque se trata de dos modelos distintos de entender el desafío del terrorismo. Uno que niega toda posibilidad de premio político a quienes han tratado de sacar partido del dolor colectivo, y otro que pretende otorgarles una cierta forma de redención o rehabilitación. Ese objetivo final marca, inevitablemente, las estrategias de fondo, e imposibilita la existencia de un consenso a largo plazo. Mientras exista un peligro manifiesto, un trabajo que hacer para defender vidas, podrá mantenerse un hilo de unidad mutua alrededor de una política inmediata. Pero no puede ir mucho más allá. Ambos saben que la palabra derrota que al fin han aceptado pronunciar a la vez, forzados por las circunstancias, no significa ya lo mismo para unos que para otros. H EL ÁNGULO OSCURO LA BATALLA DE NUESTRO TIEMPO N OS enseña Chesterton que sólo quienes nadan a contracorriente saben que están vivos; tal vez dejarse llevar por la corriente sea más plácido y descansado, pero uno corre el riesgo de convertirse en sustancia inerte sin siquiera advertirlo. Las grandes batallas del pensamiento, los avances que han ensanchado el horizonte humano, siempre se han librado a contracorriente; y, por ello mismo, han causado multitud de bajas y defecciones entre sus defensores. Pero hay causas a las que merece la pena entregarse contrariando el espíritu de los tiempos, sabiendo que en nuestro afán cosecharemos indiferencia, desdén o franca animadversión; pues, si renunciáramos a hacerlo, simplemente dejaríamos de ser humanos. La gran batalla de nuestro tiempo, el frente donde se dirime la supervivencia de nuestra humanidad, se llama aborto; y es ahí donde debemos exponernos quienes deseamos nadar a contracorriente. Declararse sin ambages contrario al aborto constituye en nuestra época una suerte de oprobio social: al antiabortista se le moteja de ultraconservador, de integrista religioso y no sé cuántas sandeces más. Se trata de una caracterizaJUAN MANUEL ción rocambolesca que, sin embargo, ha DE PRADA adquirido carta de naturaleza en el Matrix progre. Nunca he entendido cómo alguien que se proclama progresista pueda defender el aborto; se supone que quienes postulan el progreso del hombre deberían por ello mismo declararse obstinados defensores de la vida. La protección de la vida constituye algo más que un derecho esencial e inviolable del hombre, puesto que sin reconocimiento de la vida el Derecho mismo carecería de sentido. La vida genera Derecho, es el manantial del que el Derecho mismo nace. Una sociedad que no respeta la vida es una sociedad sin Derecho. La protección de la vida nos impone la execración de la pena de muerte, despierta nuestra conciencia social, alimenta nuestros deseos de paz y concordia: la vida nos reclama, la vida nos interpela, la vida nos exige su constante e intransigente vindicación, frente a quienes pretenden convertirla en un bien supeditado a otros intereses. La misión de un auténtico defensor del progreso humano consiste en defender la vida frente a la muerte y en luchar para que la vida de los indefensos mejore, hasta alcanzar las cotas de dignidad que su condición humana exige. ¿Acaso existe vida más indefensa e inerme que la vida gestante? ¿Cómo se puede rechazar la pena de muerte y al mismo tiempo aceptar el aborto? ¿Cómo se puede sentir un impulso de piedad hacia quienes sufren hambre o persecución o cualquier tipo de abuso si no nos apiadamos antes de esas vidas a las que arrebatamos su destino? Toda defensa del hombre que no se sostenga sobre la condena del aborto es una casa erigida sobre cimientos de arena. Tal vez nos sirva para mantener en pie el tinglado de la farsa y fingir que seguimos siendo humanos; pero, sin saberlo, ya nos hemos convertido en sustancia inerte que la corriente arrastra. Sólo en una sociedad de hombres inertes podría aceptarse un crimen de esta magnitud. Y aquí convendría especificar que tan culpables son quienes lo perpetran o defienden como quienes con su silencio o indiferencia lo amparan. El crimen del aborto arroja ante nuestros ojos la pesadilla de una sociedad caníbal, saturnal, que devora a sus propios hijos, entregada a una orgía de muerte. No puede haber orden social justo allá donde la vida no es protegida obstinadamente; no puede ni siquiera haber orden humano, porque sólo somos hombres cuando combatimos la muerte, cuando hacemos de la vida nuestro más denodado afán, nuestra vocación primera e incondicional. Esta es la gran batalla de nuestro tiempo: una batalla que nuestro tiempo no desea librar por cobardía, por comodidad, por orfandad de convicciones morales; pero acaso por ello mismo la batalla más hermosa e irrenunciable. Una batalla a la que debemos entregarnos como quien nada a contracorriente, sabiendo que tal vez nos agotemos en un braceo extenuador, sabiendo que tal vez no alcancemos la orilla. Pero otros tomarán nuestro relevo. Y, mientras dure la batalla, al menos sabremos que estamos vivos, irradiando vida en un mundo acechado por la muerte. www. juanmanueldeprada. com