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66 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos SÁBADO 8- -12- -2007 ABC Retrato de titanes con mujer al fondo En el último lustro España ha perdido a seis colosos: Fernán- Gómez, Umbral, Campmany, Cela, Marsillach y Rabal. Sus mujeres avivan su llama. Emma, María, Conchita, Marina, Mercedes y Asunción hablan de ellos ANTONIO ASTORGA MADRID. Fernando FernánGómez (cruce de Cyrano y Leonardo con ojos de diablillo verde, como lo retrató Umbral) tiene en Emma Cohen a su ángel custodio. Ella vivía para cuidarlo y mimarlo. Él murió tranquilo, relajado, como pidiendo perdón por las molestias. De su última función- -el interminable café literario que se sirvió en el Teatro Español, caminito de la mitología- -hay una foto sublime, deliciosa, tierna, cariñosa, dulce, sencilla, clara, transparente, como así era él. FernánGómez descansa el vermú en una terraza de Roma. Lee su ABC mientras una paloma se posa en el velador buscando el último cacahuete de un tiempo amarillo. F. F. -G. la mira con un gesto cómplice, sin desprenderse de su ABC, como invitándola. Emma capta la escena: Referente al año, sólo recuerdo que Solana era ministro, porque nos lo encontramos allí, en Piazza Navona Ligeramente abrigado, gasta gorra (hace frío) gafas y barba de color naranja, Fernán- Gómez desprende bondad, admiración, asombro, respeto. Sin soltar su ABC para no aturdir. En ese momento de reflexión, Fernán- Gómez está recordando la tarde- noche en la que llegó al Gijón para descubrir el aroma de su café literario, donde los escritores iban y venían por entre las mesas tropezando a los clientes con su recado de escribir (también lo glosaron Cela y Umbral) y para quienes el mundo era su café, y alrededor de su café, todo lo demás. Hay quien dice que a los escritores de café les brillan los ojos cuando viene la primavera, y las muchachas empiezan a andar de manga corta, adarga antigua y cuerpo celestial. Pero todo eso son habladurías: los escritores de café no hubieran soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo, recordaría Cela. A los escritores de café lo que les gusta es arrastrar sus arrobas de cuartillas entre veladores, fumando tabaco de noventa, y bebiendo ojén, buenas copas, desde que se levantan hasta que se acuestan. Después tosen y sonríen. Con Fernán- Gómez compartía velador de café Francisco Umbral. Cuando murió, a su lado estaba su ángel protector, María España, alma, amanuense, voz del animal periodístico que mojaba su pluma en tinteros con aroma al gran César del periodismo (González- Ruano) y a los Ramones (Valle- Inclán y Gómez de la Serna) Como Quevedo tres siglos antes, Umbral rasgaba el papel en el sotabanco de esos cafés, y dejó los veladores llenos de obras jocosas y escritos satíricos, críticos, costumbristas, plásticos, vivos de traza. El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto alertaba. El rincón de Umbral en su Dacha está intacto. No he querido tocar nada- -dice María España- el vaso con los bolígrafos y tijeras, el sillón, negro reclinable, porque el de mimbre se rompió y hubo que tirarlo, y el teléfono A España, su esposa, dedica Umbral su legado póstumo e inédito, Carta a mi mujer una larga y poética misiva, prologada por Pere Gimferrer: Es muy distinto a otras obras de Paco. Le recordé que este año no tenía libro, y él me dijo que bueno, que empezara a pasarlo al ordenador para corregirlo, porque lo había hecho en la olivetti Sólo le dio tiempo a pasar trece folios porque Umbral enfermó: Es una carta dirigida a mí donde habla de todo, del jardín, de un Citroen GS, de árboles, sauces, flores. Sólo cita a una sobrina nuestra, y a Otero Besteiro Carta a mi mujer recuerda a Mortal y rosa la pulsión literaria más grave de Umbral- -que impresionó a un tipo tan particular como Josep Pla- y que respondía a una circunstancia terrorífica: la muerte de su hijo por leucemia, con apenas 6 años: Los ojos de mi hijo, sus ojos que ayer eran flores abiertas, capullos de noche, y hoy son rendijas tristes, sesgados por el cansancio y el recelo Umbral sufría como hombre, a la medida del hombre, con sus recursos y su mecánica de hombre, pero dentro de sí, dentro de ese sufrimiento, había algo más sufriente, una pulpa casi submarina de sollozo Umbral y España se conocieron en la acera Recoletos, de Valladolid, al atardecer. ¿Recuerdos imborrables desde esas puestas de sol? Ese paseo, el día de nuestra boda, cuando nació nuestro niño, y cuando murió nuestro niño, el premio Príncipe de Asturias, el acto académico del Cervantes... España leía dos columnas periodísticas todos los días: La de Paco, que él me dictaba, y la de Jaime Campmany, a quien Paco le tenía gran cariño, como a Fernán- Gómez, Haro, Marsillach, Cela... No se puede olvidar lo que Paco escribió de Cela en esta vida, muy elogioso siempre. Todos se admiraban y querían Confiesa España que todavía no se ha enterado de que Paco se ha ido: veo la televisión, y pienso que entrará desde la calle; o le intento comentar algo, y me doy cuenta de que él no está. Desde que se empezó a poner malo salíamos poco, porque tenía más dificultad, incluso para comer, y el pulso le respondía cada vez menos. Y la medicación no la toleraba, porque hay gente que tiene lo mismo que tuvo Paco, la tolera y están ahí con Parkinson. Pero Paco no; le producía trastornos y alucinaciones. En el final prefiero que no se enterara de que se moría Del caníbal del periodismo al caníbal del teatro; Adolfo Marsillach, siempre vivo proclama Mercedes Lezcano. Tres décadas juntos. Se conocieron en un programa de televisión, Silencio, estrenamos y estrenaron La ternura del caníbal Carta en carne mortal Jaime Campmany era, y es, un gran maestro, no sólo en Periodismo, sino para todos sus hijos, sobrinos... recuerda con emoción su alma, Conchita A la derecha, Mercedes Lezcano junto a un retrato de Adolfo Marsillach; en la imagen superior, Conchita y Jaime Campmany; debajo, Emma Cohen y Fernán- Gómez; en la imagen inferior, Marina Castaño y Camilo José Cela