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10- 11 S 6 LOS SÁBADOS DE garreras que compartían muchos viajeros cuando se encontraban con ellas, especialmente en Sevilla) Disraeli, George Sand, Gautier, Dumas, Andersen, Edmundo de Amicis... No hay que partir de planteamientos feministas para constatar la situación de inferioridad de las mujeres en todos los planos, reforzada también por las diferencias de clase, lo que no quita para que estos escritores nos ofrezcan imágenes muy vivas y coloristas de mujeres ingeniosas, con sus costumbres, sus particulares formas de vestir y de actuar que les llamaban mucho la atención... Ese mundo tan rico de descripciones detalladas termina en el XIX porque la fotografía sustituye la necesidad de dar ciertas explicaciones, aunque lo que no creo que hayan desaparecido- -ni vayan a desaparecer- -son los arquetipos, que se crean y se recrean y que hoy existen incluso en el cine De la lectura de tantos puntos de vista se deduce... que no se puede deducir nada, salvo la constatación de una realidad poliédrica y contradictoria. ¿De verdad se maquillaban las mujeres españolas tanto (y tan mal) ¿Bailaban de forma tan descarada, no ya las míticas danzarinas de Gades, sino las damitas de buena familia? ¿Se atiborraban sin parar de chocolate y dulces? ¿Salían únicamente a la iglesia, y acompañadas, o campaban por sus respetos? ¿Las ahogaba el honor o éste no era más que una elaborada convención social? ¿Eran púdicas y timoratas o más bien abundaban los maridos que miraban prudentemente hacia otra parte? Sí parecen coincidir todos los autores en la falta de instrucción que aquejaba a las españolas y en su personalidad marcada y desenvuelta. Algunas veces son brutales en sus juicios y, en otras, ávidos de imágenes desvanecidas, como ese viajero que busca, desesperado, manolas arrebatadas y navajeras en un Madrid decimonónico. Porque, aunque, como dice José María Solé, la influencia de modas y tendencias foráneas se percibe en aquella España tan periférica, hay costumbres autóctonas que fascinan a los extranjeros: la forma en que se velan- -a la vista dejan solo un ojo- -o se desvelan las mujeres de todas las edades, sus mantillas- -cuyos orígenes rastrean, en plan erudito- -sus escarpines, tanta falda sobrefalda y lo más asombroso: que puedan pretenderse tan melindrosas las mismas muchachas que cotillean y se divierten viendo cómo los toros destripan caballos, mientras envían mensajes a sus galanes, a golpe de abanico. LUGAR DE LA VIDA Jauja Mónica FernándezAceytuno Algo y su contrario e todos los establecimientos que estaban abiertos el sábado por la mañana en Ferrol, entré en la librería de libros de ocasión Jauja para que me recomendaran un restaurante donde se comiera bien. La cara del librero era de tanto asombro que me disculpé por pedirle consejo para comer y no para una buena lectura pero, según le expliqué, me pareció que alguien que entiende de libros, entiende de todo, y quienquiera que estuviese dentro nos iba a hacer a mis padres, a mi marido y a mí, la mejor recomendación para comer ese día. Y así fue. Salimos a la calle y, tras hacernos el librero varias preguntas, ¿quieren solo marisco, o también comida casera? empezó a explicarnos la situación de cada uno de los restaurantes. Todos quedaban tras pasar una plaza en donde crecen por encima de las casas de carpintería blanca unos cedros muy altos y de un verde muy oscuro, y con una caída de ramas sobre el cielo elegantísima. Igual de elegante se mostró el librero, que no era mayor aunque tuviera el pelo blanco, y que iba vestido de negro, pero de un negro que no resultaba antiguo pues era el negro de una chaqueta americana de cuero. En cuanto tuvimos claro dónde estaban los restaurantes, entramos para mirar los libros y, una vez ya todos en su territorio, sin el más mínimo rastro de duda, me espetó el librero: Bueno, usted es Mónica Fernández- Aceytuno A partir de ahí, daba igual lo que yo dijera, porque Manuel ya se lo sabía. Y lo único que le dije nuevo es que yo jamás había imaginado que acabaría escribiendo. Y entonces me contó algo que yo no sabía y es que, según él, es así como se escribe, no por un propósito o una determinación, sino por los azares de la vida. También se puede considerar azar que yo entrara el otro día en esa librería de ocasión antiguo y nuevo pero salí de allí con la impresión de que alguien me hubiera llevado hasta ella, igual que hasta la literatura de Manuel Halcón, cuya novela Ir a más compré en Jauja y donde he encontrado palabras que desconocía como pecino pastueña y gañanía y unas frases preciosas sobre el sonido de las esquilas... Este delicado sonido de las esquilas congrega como campana de comunidad. Clara y profunda suena en la noche, cada tintineo despierta una estrella D