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ABC SÁBADO 8 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ROBAR COMO CONCEJALES OCO han cambiado las cosas desde que Julio Camba escribió aquello de que en España se dice que el concejal roba como se dice que el buey muge, el perro ladra o el caballo relincha. Según el observatorio internacional de la corrupción, más de la mitad de los españoles está convencida de que los políticos trincan con la naturalidad zoológica de que hablaba el maestro gallego. El grado de desconfianza que suscita la clase dirigente es para hacérselo mirar, aunque acaso resulte excesivo en relación con el número de episodios reales conocidos. Pero la gente, o sea, la ciudadanía, como le IGNACIO gustadeciraZapatero, adopCAMACHO ta una actitud de recelo cazurro: cree que lo que sale a la superficie es sólo la punta de un iceberg de corruptela generalizada. El pueblo sospecha que la política es un río subterráneo de dinero en el que los representantes públicos enchufan sus bocas de riego, y sin fiarse de la transparencia de las leyes atisba detrás de cada recalificación de suelo, de cada urbanización de adosados o de cada concurso de obras el plan de pensiones de un edil, de un consejero autonómico o de un subsecretario. Lo paradójico del asunto es que esta suspicacia universal no tiene luego reflejo en los comportamientos electorales. La mangancia sólo hizo caer al felipismo cuando apareció asociada con el paro y la crisis económica; lo que molestaba era que trincasen algunos mientras la mayoría las pasaba canutas, pero cuando todo iba bien se toleraba el enriquecimiento ilícito o se le hacía la vista gorda. En las últimaseleccioneslocales, laslistas más relacionadas con casos de corrupción salieron victoriosas en la mayoría de los casos, pese al denuedo con que durante la campaña el Gobierno puso atrabajara laFiscalíaparafavorecer a algunos de sus candidatos. Conocido es el ejemplo de Marbella, donde los cleptócratas se alzaron con varias mayorías absolutas consecutivas mientras todo el mundo sabía de la existencia de una trama organizada de exacción, entre otras cosas porque raro era el vecino que no había tenido que pasar con un maletín por la ventanilla de cobros. Si no volvieron a ganar los ladrones fue porque previamente los habían metido a todos en la cárcel. En este sentido, los desconfiados españoles somos de un pragmatismo pancista, o sanchopancesco: ande yo caliente y robe la gente. Conozco a empresarios que no se molestan porque les pidan comisiones, siemprequeelprocedimientoquede sometido a una cierta regla de caballeros y que sólo se cabrean si no se cumplen los pactos espurios o les levantan la contrata otros que hayan pagado mayor mordida. Pocas verdades hay más ciertas que aquella atribuida a Churchill de que cada pueblo tiene el gobierno que merece. Si los ciudadanos reclamasen en las urnas la exigencia ética que demandan en las encuestas, la actividad política tendría que depurarse a sí misma con mucha mayor eficacia. Pero la nomenclatura sabe que se trata de una queja retórica, una especie de escepticismo moral extensivo a todos lospartidos y ancladoen lasraíces delpesimismo histórico. Y sus miembros se parapetan en la resignación que provoca la generalización del mal para seguir relinchando como concejales. Digo, como caballos. P EL ÁNGULO OSCURO LEGALIZO Y LUEGO ILEGALIZO NTRE los males que afligen nuestra época merece destacarse lo que podríamos llamar política de laboratorio En sus expresiones más chuscas, admite la sátira bienhumorada; pero con frecuencia alcanza cúspides desquiciadas y exasperantes. Tradicionalmente, al político lo animaba una vocación de servicio público: su tarea consistía en idear soluciones que aliviaran las preocupaciones de la comunidad. Por supuesto, esta tarea primordial no siempre se cumplía, aun suponiendo que actuara de buena fe; pero siquiera en su impulso originario existía un propósito de arreglar o componer lo que estaba descompuesto. De unos años a esta parte, se ha entronizado una nueva forma de hacer política, inspirada en los métodos del bombero pirómano y consistente en agitar preocupaciones y crear problemas para después tratar de solucionarlos. Sospecho que esta nueva manera de entender la política está íntimamente vinculada con el ascenso al poder de una nueva generación de personajillos de escaso fuste que, desde la más tierna juventud, se arrimaron a las siglas de tal o cual partido para medrar y hacer carrera, irresponsables que terminan convirtiendo la política en un experimento JUAN MANUEL de laboratorio y fabricando artificiosaDE PRADA mente problemas allá donde no existían. Se trata de un mal endémico de nuestra política que aqueja por igual a todas las facciones, pero que en esta legislatura se ha encarnado en la figura de Zapatero, incendiario que después de provocar devastadores fuegos experimentando con sustancias inflamables se dedica a sacar pecho, mientras trata de sofocarlos, casi siempre con resultados contraproducentes. La revisión del Estado autonómico no formaba parte de las preocupaciones más perentorias de los españoles; pero Zapatero se metió en su laboratorio catastrófico y parió el huevo de las reformas estatutarias, que no sé si acabarán rompiendo España, como afirman sus detractores, pero que desde luego ya han logrado azuzar las más delirantes aspiraciones soberanistas. Algo similar ha ocurrido con el invento de la llamada memoria histórica que sólo ha servido para agitar fan- E tasmas que estaban venturosamente dormidos. Pero quizá la expresión más demencial de esta política de laboratorio impulsada por nuestro bombero pirómano haya sido la legalización de Batasuna, que se realizó en flagrante fraude de ley y comprometiendo la independencia del poder judicial. Fue lo que castizamente podríamos denominar una legalización por cojones, pues en modo alguno habían variado las causas que determinaron la previa ilegalización: los batasunos seguían sosteniendo las mismas vindicaciones políticas y, sobre todo, seguían sin renegar de su connivencia con los etarras. Pero entonces Zapatero vislumbraba la posibilidad de erigirse en príncipe vitalicio de la paz y no vaciló en crear un problema donde antes no lo había. Ahora se propone instar la ilegalización de lo que antes legalizó, estando ilegalizado. La política de laboratorio favorece estos trabalenguas. Y se propone, además, en el colmo de la desfachatez, que dicha ilegalización se convierta en una excusa para sacar pecho en vísperas electorales. Los batasunos, durante todo este tiempo, han mostrado una coherencia sin desmayo: han seguido defendiendo lo mismo que antes defendían; han seguido justificando lo mismo que antes justificaban. ¿Por qué lo que antes amparaba su legalización constituye ahora un motivo plausible para su ilegalización? La pura conveniencia movió a Zapatero a favorecer la vuelta a las instituciones de los Batasunos; y esa misma conveniencia es la que ahora los va a expulsar. Todo este birlibirloque obsceno excitaría la hilaridad, si no fuera porque se trata de un asunto extremadamente doloroso (pero la política de laboratorio no repara en daños) que, además, certifica la defunción del Derecho como instrumento solemne del que se dotan las sociedades para protegerse de las veleidades del poder político. Pero ya advirtió el Fiscal General del Estado a los jueces, en plena orgía negociadora, que debían adaptarse a las circunstancias; ahora tendrán que desadaptarse o adaptarse a las nuevas, que a la postre siempre son las mismas: el sometimiento del Derecho a una política de laboratorio que sólo persigue mantenerse amarrada a la poltrona. www. juanmanueldeprada. com