Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 6 s 12 s 2007 CULTURAyESPECTÁCULOS 79 ¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido? Porque aún nos dice algo que sigue resonando en el oído Esta es la modestísima tumba del poeta y ensayista Robert Graves en Deià (Mallorca) Mañana se cumlen 22 años de su muerte La vuelta al mundo (de la cultura) en ochenta y tres tumbas ilustres Cees Nooteboom recorre la última morada de grandes escritores, pensadores, poetas y artistas de todos los tiempos en un libro con fotografías de Simone Sassen T. D. MADRID. Cees Noteboom abre la introducción de este libro preguntándose: ¿Quién yace en la tumba de un poeta? Y responde: El que está muerto, ya no es nadie, por lo tanto, tampoco está en su tumba Y vuelve a la carga: ¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestro oído, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado... Aún así, no es imprescindible visitar su tumba Y concluye: Cuando se trata de tumbas todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquél por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos El novelista holandés ha visitado numerosas tumbas de poetas, artistas y pensadores porque son unos muertos a los que conocemos mejor que a la mayoría de los vivos Y a este misterio dedica Tumbas de poetas y pensadores (Siruela) cuyos textos (algunos, de los muertos) se acompañan con fotografías de Simone Sassen. ¿Cuál fue la primera vez que Nooteboom escribió de tumbas? Fue un día de Difuntos en el cementerio de Père Lachaise. Los vivos visitaban a los muertos, yo visitaba a los míos y he conservado en la memoria lo que vi y lo que pensé. Balzac encabezaba la lista de bestsellers de la muerte: tenía cuatro ramos de crisantemos y dos luces encendidas. Proust tenía que conformarse con dos ramilletes de ásteres de color herrumbre, colocados sin arte. Nerval, con un único ramo de patéticas florecillas azules muy pequeñas... Una tumba, a la vez que es un simulacro de presencia- -al fin y al cabo hay un nombre en ella, yace un difunto en su interior- señala la ausencia de una persona: Proust ya no está en ninguna parte, tampoco aquí. Sin embargo, al vernos ante la concreta forma negra y marmórea de la sepultura, albergamos la ilusión de que está presente, de que estamos junto a él Recorre el autor un amplísimo muestrario de sepulturas- -nada menos ochenta y tres- de todas las épocas y de todas las culturas, suntuosas y modestas, adecuadas a quienes fueron encumbrados en vida por la fama y el fervor del público, pero también las de quienes tan solo fueron rescatados en la posteridad. Entre ellas, las de algunos autores de nuestra lengua, como Miguel de Cervantes, Jorge Luis Borges, Antonio Machado, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Pablo Neruda y César Vallejo. Tumbas de la antigüedad grecorromana, como la de Virgilio; medievales, como la de Dante; de herejes, como el gran filósofo judío asesinado Baruch de Spinoza; de fundadores de la modernidad como Goethe; de poetas y escritores locos o malditos como Hölderlin, Baudelaire, Wilde, Pound o Celan; de autores fundamentales como Leopardi, Stevenson, Melville, Flaubert, Proust, Kafka, Valéry, Eliot, Joyce. Yeats, Graves (amante de España sepultado en Mallorca de quien mañana se cumple el aniversario de su muerte) Beckett, Mann y hasta algún que otro pintor, como Marcel Duchamp. He titulado este libro Tumbas- -confiesa Nooteboom- -quizá por el alegre sonido que tiene esta palabra en español... Tanto si asalta el cielo bajo la forma de una pirámide, como si queda modestamente en el suelo, en una pequeña colina, una mínima elevación que surgió porque en la tierra había que hacer sitio para un muerto, en el gran libro de símbolos cada tumba es una susurrada repetición de las montañas sagradas, en las cuales la vida misma tenía su sitio