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ABC MIÉRCOLES 5 s 12 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA ¡VIVA EL REY! El Rey representa la unidad de España, cuya organización política y territorial se basa en una amplísima autonomía de las comunidades. En un momento en que Bélgica corre el riesgo de sufrir una implosión y en que Alberto II, símbolo de la nación, es impotente para resolver la crisis y para favorecer la constitución de un Gobierno por falta de medios de actuación, España tiene mucho que ganar al confirmar la legitimidad de su monarca y garantizar que éste conserva la competencia y los márgenes de maniobra necesarios para superar un posible bloqueo del sistema político... A Monarquía constitucional y Juan Carlos I, admirados e identificados durante mucho tiempo con la vuelta de la libertad a España, han sido objeto recientemente de críticas virulentas. Como en Bélgica, los ataques contra la institución y la Familia Real reflejan en España una crisis de identidad. España, con su espectacular desarrollo, se enfrenta al fin de un ciclo histórico. El fin de la dinámica de la transición y de la recuperación, puesto que el país se ha incorporado al pelotón de cabeza de las democracias europeas desarrolladas. El fin de la refundación de las instituciones en torno a una estructura federal, que apenas puede ya evolucionar sin poner en entredicho la unidad del país. El fin del consenso político que prevaleció para posibilitar la salida del franquismo y que se ve cuestionado por la ley de Memoria Histórica y la beatificación por Benedicto XVI de 498 religiosos mártires. El fin del milagro económico, que llega a su término con el pinchazo de las burbujas financiera e inmobiliaria (entre 350.000 y 500.000 viviendas nuevas en el mercado) El fin de un original posicionamiento internacional, poco más o menos en una situación intermedia entre el norte y el sur, puesto en entredicho por los trágicos atentados de marzo de 2004 en Madrid y después por el rebrote de las tensiones con las antiguas colonias de Iberoamérica. Como en 1975, y a semejanza de la mayoría de las democracias de Europa, España debe emprender una nueva transformación de su modelo político, económico y social. No obstante, la controversia en torno a la Monarquía constitucional parece a la vez inútil y peligrosa, por cuatro razones al menos. n primer lugar, Juan Carlos I personifica la libertad desde su decisiva intervención para contrarrestar el intento de golpe de Estado del coronel Tejero en 1981. Para los españoles, igual que para el resto del mundo, la Institución monárquica es indisociable de una transición que sigue siendo una referencia para las naciones que rompen con regímenes totalitarios o autoritarios, tanto por su rapidez como por su carácter pacífico. Esta experiencia, articulada en torno a la adhesión a la OTAN después del ingreso en la Comunidad Europea, sirvió de guía a las nuevas democracias de Europa Central y del Este después de la caída del muro de Berlín. Conserva toda su actualidad en un mundo que sólo cuenta con unas cincuenta naciones libres entre sus 200 Estados. La Monarquía es también la imagen del milagro económico español, que atestigua el vínculo intrínseco entre libertad política, desa- L rrollo y progreso social. En 1975, la renta per cápita de un español era de 388,5 euros, inferior a la de un iraquí; en 2006, llega a los 21.470 euros. Aunque la dinámica y el modelo de recuperación se agotan, los resultados inmediatos de España la sitúan en cabeza de la zona euro, con un crecimiento medio del 3,8 por ciento, un desempleo que ha retrocedido del 24 por ciento al 8 por ciento, seis años de excedente presupuestario y una deuda pública reducida al 35 por ciento del PIB. Sobre todo, se desmantelaron las estructuras corporativistas, favoreciendo el desarrollo acelerado del capitalismo español en la globalización. El idioma español, símbolo de esta apertura, se ha impuesto como segunda lengua de la sociedad y la economía abiertas. l Rey representa la unidad de España, cuya organización política y territorial se basa en una amplísima autonomía de las comunidades. En un momento en que Bélgica corre el riesgo de sufrir una implosión y en que Alberto II, símbolo de la nación, es impotente para resolver la crisis y para favorecer la constitución de un Gobierno por falta de medios de actuación, España tiene mucho que ganar al confirmar la legitimidad de su monarca y garantizar que éste conserva la competencia y los márgenes de maniobra necesarios para superar un posible bloqueo del sistema político. Si bien es perfectamente legítimo reforzar los Gobiernos regionales y gobernar lo más cerca posible E E de los ciudadanos, el desmenuzamiento de las naciones y la balcanización de Europa no sirven ni a la libertad, ni al desarrollo. Efectivamente, el riesgo de multiplicar el espacio para los populismos y los extremismos, de crear zonas sin ley, de bloquear el avance de la integración económica del continente, de impedir una gestión colectiva de los riesgos globales que exceden ya las competencias de los Estados (regulación de los mercados, gestión de los riesgos medioambientales, sanitarios, climáticos, industriales... no es poco. Por último, en la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, Juan Carlos I se erigió en paladín de las democracias frente a las trayectorias populistas y autoritarias, al interrumpir bruscamente los vaticinios de Hugo Chávez, caudillo de por vida y emblema del retroceso de una parte de Iberoamérica, con la, de ahora en adelante, famosa expresión: ¿Por qué no te callas? La firmeza del Rey de España, al contravenir los usos diplomáticos, es saludable por tres razones. En primer lugar, porque el respeto al pluralismo y la tolerancia no implica en ningún caso que el Jefe del Estado de una democracia consienta que un dictador lo insulte. A continuación, porque el Rey ejerció de portavoz de la América Latina liberal y moderada contra los demagogos y los extremistas que siguen oprimiendo y arruinando una parte del continente. Finalmente, y sobre todo, porque recordó a todos los ciudadanos de las naciones libres, especialmente a los pueblos de Europa que tratan de desprenderse de su historia, que la democracia no sólo está hecha de procedimientos, sino también de compromiso y de voluntad de no dejar la última palabra a los enemigos de la libertad. on la llegada a su fin del extraordinario impulso que presidió la salida del franquismo, España se prepara para abordar una nueva era que sucederá a su transición hacia la democracia. Para ella, cualesquiera que sean las dificultades y los tropiezos, la Monarquía constitucional es una baza fundamental. Y Juan Carlos I quedará para la historia como el Gran Rey de la Reconquista de la modernidad para una España de nuevo en pie de igualdad con Europa y con la sociedad abierta del siglo XXI. Por esta razón, un republicano francés educado en la escuela laica, a imagen de la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos, está autorizado a gritar: El Rey de España está muy vivo. ¡Viva el Rey! C NICOLAS BAVEREZ Historiador y economista