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58 MADRID SÁBADO 1 s 12 s 2007 ABC AL DÍA Ignacio Ruiz Quintano SERAFÍN E La energía auténtica de Arctic Monkeys se destila en cada escenario al que suben La noche es joven Divertidísimo concierto en La Riviera de Arctic Monkeys, que demostraron por qué son estandartes de una nueva corriente de buenos grupos británicos, menos pretenciosos y más proclives a pasarlo bien POR IGNACIO SERRANO FOTO PAU BELLIDO MADRID. La banda que surfea con los ojos cerrados en lo más alto de la nueva ola de rock británico, Arctic Monkeys, reventó anoche La Riviera en un divertidísimo concierto. Ya no más lagrimones ni tendencias suicidas. La corriente de buenos grupos que ha ido tomando fuerza desde hace unos años en Inglaterra se antoja mucho menos pretenciosa y más dispuesta a pasarlo bien, y punto, que sus predecesoras. Una prueba irrefutable: la cantidad de acné por metro cuadrado que anoche había en La sala madrileña, frente a las calvicies y caras largas que se veían en conciertos de bandas estandarte de otras marejadas anteriores. Los adolescentes que van a ver a Arctic Monkeys son los mismos que luego se pegan un fiestón de house sin que se les caigan los anillos, porque de puristas no tienen nada. Pero saber de rock, saben. Porque esta banda lleva ya dos discos fácilmente calificables de geniales, y encima los ejecutan en directo como Dios manda. Alex Turner tiene algo en la voz que te hace sentir joven, que provoca las ganas de bailar; tiene mojo adolescente. Eso, mezclado con que tampoco es que sea el cantante y guitarrista del siglo, genera en sus fans una sensación de eso lo podría hacer yo que le conecta con ellos- -y eso que casi no dice dos palabras seguidas entre canción y canción- -de una forma que ya les gustaría a muchos consagrados. Les precedieron en el escenario con un buen prólogo a base de pop discotequero unos antiguos vecinos y amigos suyos de Sheffield, Reverend and the makers, con una teclista salvaje y un Jon McClure que se reveló como todo un intérprete de canciones, especialmente con la robótica Machine que bailó como un androide subido de revoluciones. Las buenas maneras de los siete miembros de esta banda merecieron más bailoteo, pero todavía quedaban muchas calorías que quemar. Tras cuarenta minutos de espera, Arctic Monkeys aplacaron los silbidos de los más impacientes apareciendo en las tablas. Y en cosa de tres segundos las arrolladoras mareas humanas echaron hacia fuera a los menos valientes, y las cervezas empezaron a volar. Puro caos. Cañeros y con ganas La guitarrera This house is a circus Fake tales of San Francisco con un final acelerado, Yellow bricks From the ritz to the rubble aquello sonaba cañero y con ganas. En las primeras filas el asfixiante bullicio llegó a recordar a su actuación el verano pasado en Benicasim, donde varias chicas salieron de la mano de los servicios médicos. Alguna incursión que otra en nuevas composiciones rebajó el temblor del suelo, pero Scummy con esa introducción premonitoria de una gran juerga, hizo que las gargantas del público rugiesen de nuevo. Las increíblemente alegres Fluorescent La única pega es que muchos se quedaron sin entrada para regocijo de la reventa, que triplicó los precios adolescent y Dancing shoes Still take you home -uno de los temas que mejor representa el sonido de Arctic Monkeys- -y If you were there, beware cumplieron con las expectativas de la chavalería con creces. La única pega de este concierto es que muchos, demasiados, se quedaron con el dinero en la mano. Las entradas se agotaron hace meses- -incluso la prensa se ha tenido que pelear por las invitaciones- y el jueves se vendieron en varias tiendas, casi en secreto y aún así con largas colas, otros 75 tickets para los más avispados (o desesperados) Las reventas triplicaban el precio original. Todo esto evidencia que este grupo se merecía un local más adecuado a la enorme demanda. Y es que muchas bandas como ésta revientan la Riviera pero se quedan a la mitad en el Palacio de los Deportes. Sin un punto medio, los melómanos de Madrid tendremos que seguir batallando entre nosotros para ver conciertos como éste, porque la solución de dos o tres actuaciones seguidas en el mismo sitio a veces no cabe en las agendas ni en las ganas de los artistas. Por eso, anoche se oyó a más de uno, atónito ante el precio de la reventa, decir: Menos mal que pillamos las entradas este verano so que los periódicos llaman la batalla del Eje (Prado- Recoletos) a mí me parece una ópera cómica del marqués de Serafín, el tío que pintaba a las marquesas como Velázquez a los enanos. En muchos bares de Madrid hay serafines en las paredes de cuando el marqués de Serafín pagaba su almuerzo con un escote de marquesa. La baronesa Tita atada a un plátano del Prado en protesta contra la megalomanía municipal de Gallardón es una estampa del marqués de Serafín pasada por la azuela de la posmodernidad. Ahora que vuelve a cernerse sobre la capital la boina negra- la boina del fascismo sostiene mi vecina, la del cambio climático- la baronesa Tita y el alcalde Gallardón discuten echándose los coches a las aceras. La verdad es que, después de la intifada de la Cañada Real, donde los becarios de periodismo han hecho prácticas para irse de corresponsales al Oriente Próximo, hacía falta una catarsis (a estas alturas, ¿qué más da lo que signifique esa palabra? como la desatada por el encontronazo de dos egos serafinescos: el del alcalde Gallardón, elegido para el cargo por el censo electoral, y el de la baronesa Tita, elegida para el título por el amor. Pero... ¿qué boda sin la tía Juana? En medio de Tita y Gallardón se ha puesto el ministro de Cultura, que va a reunir a muchos expertos, teniendo en cuenta que experto, según la regla de Mars, es cualquiera que no sea de la ciudad, y que, según la ley de Reynolds sobre la experiencia, cuanto mayor sea la distancia desde la que se ha desplazado el experto, más le creerán. El ministro de Cultura es una fiera del posibilismo hispánico- -lo que los cursis llaman consenso- imprescindible para no apearse del coche oficial, resumido en una frase inmortal formulada tras de la victoria de la derecha en el 96: Ni los de antes eran tan buenos ni estos son tan malos La democracia, en fin, tiene cosas más raras que haber matado a Sócrates y a Cristo. La democracia es votar a un alcalde y que los proyectos urbanísticos los decida... el ministro de Cultura de Rodríguez. ¡Serafín al Thyssen!