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ABC SÁBADO 1 s 12 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FITTIPALDI E VIDAS AL DESAGÜE ORZABAN los partos inyectando a las embarazadas sustancias químicas que provocaban fortísimas contracciones en el útero; a los fetos de siete u ocho meses, les inyectaban calmantes para evitar que pataleasen y luego, apenas asomaban la cabeza, los decapitaban, o les introducían un catéter por la región occipital que les succionaba el cerebro. Para desprenderse de sus cadáveres, los introducían en una máquina trituradora que los reducía a papilla orgánica y los arrojaban al desagüe. La truculencia de los métodos empleados en esos mataderos barceloneses que, misteriosamente, la prensa insiste en llamar clínicas ha servido para que, siquiera durante unas horas o días, la opinión pública se estremezca de horror. Por supuesto, se trata de un estremecimiento hipócrita, el repeluzno momentáneo del monstruo que no soporta contemplar su monstruosidad reflejada en un espejo; pero basta dar la espalda al espejo para que el monstruo pueda seguir viviendo plácidamente. En apenas unos días, nuestra memoria selectiva habrá borrado la reminiscencia de tanto horror; y se seguirá abortando a mansalva, con idénticos o parecidos métodos, ante la indiferencia de los monstruos. JUAN MANUEL A las tropas americanas y británicas DE PRADA que, en su avance hacia Berlín, iban liberando los campos de concentración donde se hacinaban espectros de hombres no les espantaba tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cuerpos sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: mucho más horrendo que el crimen de esos matarifes que trituran fetos de siete u ocho meses y arrojan sus restos al desagüe es la connivencia silenciosa de una sociedad que vuelve la espalda ante tanta bestialidad, que ya no dispone de resortes morales EL ÁNGULO OSCURO F para sublevarse contra semejante forma de muerte industrial, que finge que no le incumbe, que incluso formula justificaciones rocambolescas que la amparen. Y que, en el colmo de la vileza, urde simulacros compasivos que traigan placidez a su existencia de monstruos: quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio. Escribíamos el otro día que nuestra época había dejado de ser humana. Tal vez este proceso de deshumanización no sea irreversible; tal vez las generaciones que nos sucedan vuelvan a contemplarse en un espejo y reúnan el valor suficiente para renegar del monstruo que les hemos cedido en herencia. Tal vez esas generaciones futuras quieran saber cómo eran sus antepasados; y entonces se desplegará ante sus ojos el espectáculo dantesco del aborto, los millones de vidas que fueron trituradas y arrojadas al desagüe cuando ni siquiera podían defenderse. Pero no les espantará tanto ese cómputo innumerable como la impiedad de aquellos antepasados que consintieron tanta bestialidad. Y todavía les espantará más saber que aquellos mismos hombres que habían renegado de su humanidad maquinaron coartadas que les permitieran sobrellevar una vida plácida mientras la trituradora se atoraba, incapaz de deglutir tanta vida reducida a papilla. Les espantará hasta la náusea saber que mientras las trituradoras de la muerte industrial trabajaban a destajo sus antepasados lloriqueaban farisaicamente recordando a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana. A esas generaciones futuras sólo les restará un consuelo: saber que, mientras sus antepasados renegaban de su condición humana, había un Dios que abrazaba amorosamente tanta vida arrojada al desagüe. www. juanmanueldeprada. com N cualquier democracia poco degradada, de ésas en la que aún subsiste existe la ingenua creencia de que los responsables públicos deben ser razonablemente ejemplares en el cumplimiento de la ley, un director de Tráfico que se salta los límites de velocidad habría dimitido antes de que nadie se lo pidiera; y en el improbable caso de que no lo hiciese, el ministro del ramo tardaría en destituirlo apenas unas horas. Eso en cualquier circunstancia, como medida inmediata de integridad pública; pero si además el susodicho hubiese promovido una reforma penal para encarcelar a los automovilistas imprudentes, su infracIGNACIO ción sería motivo más CAMACHO que sobrado para una contrita petición urgente de disculpas acompañada de la subsiguiente depuración de responsabilidades. Ésta es la hora en que el ciudadano Pere Navarro, sorprendido por las cámaras de Antena 3 cuando viajaba en su coche oficial a más de un tercio de la velocidad permitida, no ha pronunciado aún la más leve palabra de excusa. Quizá porque sencillamente no la tiene; desde luego no vale que se le ocurra descargar las culpas en su chófer, ni que se ampare en el idéntico mal ejemplo de todo un alcalde de Madrid del que también cabe esperar que respete las normas que debe hacer cumplir. Aunque al menos Gallardón no legisla contra el exceso de velocidad. El incidente de Navarro, cazador cazado, fittipaldi de parque móvil, no tiene más salida que la renuncia o el cese. Ha perdido el crédito, la ejemplaridad, y tiene que perder la confianza. Ocurre que en España existe una irritante doble moral por la que la clase dirigente se excluye a sí misma de las obligaciones normativas que rigen el ordenamiento jurídico, sea a la hora de apretar el acelerador o de colgar una bandera en un Ayuntamiento. Los políticos se han otorgado un estatus de privilegio en el que no les basta con saltarse las colas de la sanidad, despilfarrar en gastos suntuarios o atribuirse pensiones millonarias; han llegado a considerarse intocables como una casta de chamanes, excusados del deber que afecta al común de la gente. Pocos abusos son más irritantes que esta desigualdad simbólica, contradictoria con la esencia misma del hecho democrático, y tan generalizada que ni siquiera la oposición ha levantado en este caso la voz ante una arbitrariedad tan clamorosa. La Dirección General de Tráfico ha impuesto una limitación de velocidad estrecha y timorata, y un orden represivo que toma a los automovilistas por delincuentes potenciales. Pero nadie tiene más obligación que su titular de atenerse a su propio reglamento. Se trata de una función de coherencia elemental, inherente a la lógica del servicio público. Cualquier desliz en esta clase de compromiso se paga en política con el cargo. Toda la prisa que Navarro llevaba en carretera se la tiene que dar ahora para dimitir. Ya tarda. Eso sí, que a su casa se vaya despacito. A 50 por hora.