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4 OPINIÓN VIERNES 30 s 11 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro ESTILO EL ARROLLADOR SARKOZY pesar de la solidez de los mensajes que ha enviado desde su llegada al poder hacia las barriadas de las ciudades francesas con los nombramientos de personalidades emblemáticas salidas de la emigración, el presidente francés, Nicolás Sarkozy, no ha podido evitar que al menor incidente reapareciesen las violencias callejeras. La herida de la sociedad francesa es grave, muy profunda, y necesita todavía mucho tiempo para llegar a sanar. Sin embargo, una vez más Sarkozy ha vuelto a demostrar que sabe perfectamente cuáles son las causas del problema y, además, cómo contribuir a apaciguar los momentos de crisis. Con su decidida gestión al regreso de su visita oficial a China, el presidente francés ha demostrado que no era su política ni su peculiar estilo de afrontar el problema lo que ha incendiado las barriadas, sino más bien al revés. Esta situación no se contradice con el hecho de que después de un inicio de mandato frenético y francamente positivo, ayer mismo aparecían las primeras encuestas en las que se puede apreciar una pérdida de popularidad del presidente francés. Sin ser una situación preocupante, es una señal. En efecto, después del extraordinario pulso con los sindicatos, que ha sido la primera gran victoria de las fuerzas reformistas en muchos años de tentativas y estancamiento, y donde Sarkozy ha sido apoyado claramente por la opinión pública, la sociedad francesa empieza a resentirse en su poder adquisitivo por los efectos de la subida de los precios del petróleo y dirige sus preocupaciones hacia El Elíseo. No será de extrañar que éste vaya a ser el próximo objetivo de la acción del presidente francés, siempre pendiente del pulso de la sociedad. Tal vez esa pueda ser la mayor crítica que se le puede hacer a un líder político que en materia de audacia ha demostrado que está decidido a afrontar sin complejos los problemas en los que sus antecesores fracasaron: como si fuera un hiperactivo adicto al trabajo, Sarkozy se expone mucho y demasiado cerca de los problemas, lo cual será bueno cuando, como hasta ahora, las cosas salen bien, pero puede ser un riesgo, tal vez excesivo, cuando no lo sean tanto. La lente pública tiende a aumentar aún más los desaciertos que los éxitos. No se puede negar que la actitud proactiva del presidente ha inyectado nuevos aires en la sociedad francesa, cuya atmósfera se había hecho irrespirable después de la sucesión en la presidencia de la República de muchas figuras hieráticas, casi faraónicas (De Gaulle, Pompidou, Giscard d Estaing, Chirac) que no lograban- -algunos tampoco querían- -aparecer demasiado cerca de la sociedad. Es lógico que los ciudadanos aprecien ahora el cambio de estilo, cuyos frutos se han visto ya en ciertos casos. El calendario que tiene ante sí no es nada fácil e incluye desafíos como la presidencia de la UE el año que viene. Por prudencia, Sarkozy debería reservarse un poco. A BALANZAS, SOLIDARIDAD Y AGRAVIOS O ha sido el Gobierno, sino una entidad privada- -la Fundación BBVA- -la que ha publicado un informe sobre los saldos de las comunidades autónomas con el Estado. A la vista de las reacciones provocadas tras el conocimiento de los datos, ha de reconocerse que también existen razones que desaconsejan la publicación de las llamadas balanzas fiscales porque, más que suscitarse un debate sobre cómo mejorar el principio de solidaridad entre las regiones, se ha provocado un ejercicio de contabilidad comparativa en el que no faltan sentimientos de agravio. La causa de esta polémica no es desconocida: las contribuciones económicas de los ciudadanos- -porque son estos, con sus impuestos, los que sostienen el sistema financiero- -deberían estar sólidamente enmarcadas en un sentido nacional de la convivencia, que es lo único que da sentido al sobreesfuerzo de unos en beneficio de otros. Lo llaman solidaridad, pero realmente es- -o debería ser- -puro patriotismo. Cualquier menoscabo de ese sentimiento nacional acaba convirtiéndose en una herida en la solidaridad. La reserva oficial con las balanzas fiscales se hace comprensible precisamente porque hay gobiernos autonómicos y partidos, especialmente los nacionalistas, que han patrimonializado el significado político de las aportaciones de sus ciudadanos al interés general, convirtiéndolas en argumento de discursos que, en vez de optar por una mejor y más eficaz solidaridad, propugnan la mera desconexión de su comunidad autónoma respecto del resto de España. El conocimiento de los saldos de las autonomías con el Estado- -analizados por la Fundación BBVA en el periodo 1991- 2005- -deja al descubierto la insolvencia de las quejas de los nacionalistas y el egoísmo de sus reivindicaciones. Saber que el País Vasco, a pesar de su riqueza, recibe más de lo que aporta al conjunto de España ratifica el privilegiado trato financiero de esta comunidad y lo inaceptable que resulta que los nacionalistas se presenten siempre como acreedores mal pagados. De la misma manera, saber que Madrid duplica a Cataluña en saldo neto de aportación al Estado deja al nacionalismo catalán enfrentado a su propia N responsabilidad como gobernante de Cataluña hasta 2003, relevado por el PSC de José Montilla en el abanderamiento de este capítulo de agravios infundados. Es cierto que los catalanes aportan más de lo que reciben, pero más lo hacen los madrileños y otros ciudadanos españoles, también con un saldo negativo con el Estado, como los valencianos. Y no por esto la respuesta de estos últimos y de sus clases dirigentes es una denuncia constante de la integración de Madrid y Valencia en España, ni la creación de una política que gire en torno al agravio y al victimismo. Es ahora el momento de evaluar la gravedad de algunas decisiones- -como el sistema de financiación pactado en el estatuto catalán- -que se han tomado sobre la idea de que Cataluña estaba siendo expoliada por el resto de España. No es cierto, pero se ha legislado como si lo fuera y las consecuencias están siendo ya muy lesivas para la solidaridad entre regiones. Ahora bien, hay otra cuestión de fondo en estos saldos fiscales que no se debe ignorar: el balance de lo que se da no justifica un nacionalismo pedigüeño, pero tampoco lo que se recibe legitima la práctica de un paternalismo público. En este sentido, Andalucía sigue anclada en la misma posición, respecto del resto de comunidades, que hace veinticinco años y ya no sirven los tópicos que remitían las causas del retraso andaluz a la noche de los tiempos. Otras comunidades han superado los cambios en su estructura económica y han pasado a ser contribuyentes netos, como lo son desde 2005 las comunidades de Murcia y La Rioja. Por tanto, junto a carencias objetivas del desarrollo industrial y de infraestructuras- -realidades innegables- -los saldos fiscales también retratan la falta de voluntad política para impulsar a determinadas comunidades lastradas por una economía intervenida, sumida en la cultura de la subvención, que disuade la iniciativa privada y arraiga hábitos laborales impropios de estos tiempos. Quien lo necesite debe recibir el apoyo financiero del resto de los españoles, porque esto es vivir en una nación con un Estado basado en el principio de solidaridad, pero también deberá asumir la obligación de emplear lo que recibe en progresar como lo hacen los demás. INFLACIÓN SIN CONTROL L indicador adelantado de inflación de noviembre ha superado las peores expectativas y se ha situado en el 4,1 por ciento, cinco décimas más que en octubre. El susto de octubre no ha servido para nada y se configura una peligrosa tendencia. El Gobierno sigue culpando al petróleo y a los alimentos elaborados, pero lo cierto es que el descontrol de precios le va a costar al erario público 3.000 millones de euros en la revisión de pensiones de este ejercicio y en aumento de la base de cálculo para 2008. Hace unos meses, el Ejecutivo se quejaba de la despensa recibida, pero el PSOE llega a las elecciones con los equilibrios macroeconómicos absolutamente desbordados y en máximos históricos. Un déficit exterior que se acerca al 10 por ciento del PIB y un IPC que supera el 4 por ciento no representan un balance del que mostrarse orgullosos. No es pues de extrañar que la situación económica se haya vuelto a colocar como la principal preocupación de los españoles, desdiciendo así el mantra oficial. No es hora de buscar excusas, sino de definir políticas. Petróleo y materias primas suben para todos, pero sólo en España han provocado una situación fuera de control. En una unión monetaria en la que los tipos de interés responden a las circunstancias del conjunto de la Eurozona, sólo cabe E aplicar con fines de estabilización la política fiscal y la política de competencia. A juzgar por los resultados, y con independencia de las justificaciones teóricas de la Oficina Económica y el Ministerio de Hacienda, sólo cabe afirmar que ambas han sido un fracaso en esta legislatura. El superávit público ha sido insuficiente para evitar la explosión de los dos desequilibrios crónicos que en España han abortado todo período de crecimiento, porque se ha preferido estirar el gasto público más allá de lo razonable para pagar compromisos políticos territoriales y movilizar electoralmente a grupos sociales concretos. La política de competencia, por su parte, no se ha utilizado para evitar monopolios que abusen de su posición de dominio y se apropien del excedente del consumidor, sino que se ha sacrificado al control del poder económico, a la promoción de campeones nacionales y a la creación de grupos empresariales afines al partido de Gobierno. El resultado es que nos enfrentamos al cambio de ciclo económico en muy mala situación. Imparciales observadores internacionales miran con seria preocupación el futuro de nuestro país y mencionan con insistencia el fantasma de la estanflación, una situación, de estancamiento con inflación, de la que sólo nos libra la pertenencia a la unión monetaria, dado que de buscar responsabilidades exteriores se trata.