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ABC MARTES 27 s 11 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL PARAGUAS DE SOLBES AYA, almenos Solbes hadichoalgoconcreto, tras la hueca irrupción de Zapatero como candidato a sucederse a sí mismo. Concreto y relativamente tranquilizador, porque su voluntad de continuar supone el descarte de cualquier experimentalismo de ingeniería política en el único campo en que por ahora no se ha metido el presidente a pisar los terrones de su adanismo. Con la economía más vale dejar los inventos para otro día, que ya se estropea sola; tampoco es que Solbes haya dado en los últimos meses prueba de una firmeza incontestable ante los urgentes requerimientos de disIGNACIO pendio electoral que le han CAMACHO sido formulados desde Moncloa, pero siempre es una garantía de que habrá alguien sensato y con oficio al mando de la despensa del Estado. Ayunos de ideas, de propuestas y de noticias como nos había dejado ZP con su melódica presentación dominical, sonora y vacía como una carcasa, la disponibilidad del responsable económico constituye en sí mismaunasedantedosisdealivio. Ahorayasólo falta que nos sorprenda un poco contraprogramando la rebaja fiscal de Rajoy con alguna propuesta competitiva. Por lo menos que podamos creer que, gane quien gane, nos va a bajar los impuestos en vez de repartir subvenciones. La necesidad de seguir contando con Solbes merecería una reflexión de Zapatero sobre las virtudes del consensonacionalquecon tanto ahínco ha roto en esta legislatura. Algo tendrán que ver la estabilidad y el dinamismo de la economía española con la unidad esencial de las recetas aplicadas por los Gobiernos del PP y del PSOE, y con el hecho de que en los últimosquinceaños sólo dos ministroshayan estado al frente de tan sensible departamento del Gabinete. En ese hilo que va de Solbes a Solbes pasando por Rodrigo Rato se unifican las tres últimas presidencias españolas- -González, Aznar y ZP- -en una línea de continuidad básica de criterios que, con los matices propios de cada partido y cada momento, ha mantenido la misma inspiración pragmática y estabilizadora. Si esonoesunapruebadelaexcelenciapráctica, que no sólo moral, del consenso, que venga Philip Petit a rebatirlo y se traiga a su troupe de gurús de guardia. Tampoco puede resultar casual que lo que mejor ha funcionado en esta legislatura sea aquello en que el presidente ha metido menos baza. Cuandosehafiado delosquesaben, cuando se ha olvidado de ensayos y tanteos, cuando no ha pretendido desestructurar nada, ni inventar la gaseosa, ni descubrir un Mediterráneo deaventurasinciertas, lascosashan idorazonablemente bien. Y sensu contrario cada vez que ha tratado de buscar atajos, de emprender reformas contingentes y precarias, de creerse el más listo, el más guapo y el más seductor, lo ha enredado todo y le ha salido el disparo de su arrogancia por la culata del fracaso. Debería tomar nota él mismo de su propio balance, dejar paso a un atisbo de autocrítica, pero es de temer que, al seguir protegido bajo el paraguas del prudente y discreto Solbes- -probablemente bajo la tormenta económica que se barrunta en el horizonte- sólo busque quedarse con las manos libres para continuar manejando su temerario mecano de osadía política. Más vale así, en todo caso, que dejar las cosas de comer a la intemperie de un relevo. V LISTAS ABIERTAS PODER MODERADOR DEL CONSENSO N el censo electoral español actual hay votantes que no habían nacido cuando se hizo la Constitución de 1978, los hay que entonces eran unos niños y los hay que casi ni se dieron cuenta de lo que pasaba. Al cumplirse los veinticinco años de la Constitución, Miquel Roca escribió que si una reforma constitucional no es el resultado de un gran acuerdo político y social, ampliamente mayoritario, se habrá dado un peligroso paso atrás: es decir, el consenso constitucional es más importante que su resultado. Antes que para qué hay que saber el cómo se pretende llevar a cabo. Se supone que el argumento es extrapolable a todo el corpus constitucional, incluidos los estatutos de autonomía. Esas son sustanciosas enseñanzas de la experiencia para una nación. Son las claves de la estabilidad y del pacto entre generaciones, las que hicieron una Constitución y las que vinieron detrás. El siempre sensato Natalio Botana ha escrito en La Nación de Buenos Aires que el poder moderador descansa en el difícil arte de conciliar fuerzas rivales sin identificarse con ninguna en particular. Ese fue el papel de la Corona a finales de los años setenta, cuando España transitaVALENTÍ ba de un régimen autoritario a un sistePUIG ma democrático, como fue avalado por el referéndum de la Constitución. Esas cosas se hacen para que permanezcan y no para que cambien de forma veleidosa o atropellada. Desde entonces, todas las iniciativas de Estado- -reformas, pactos, estrategias antiterroristas- -se han sustentado en el consenso entre los dos grandes partidos, hasta la llegada de Zapatero al poder. Toda sociedad abierta requiere que un sentido institucional empape la vida política y su urdimbre cívica. Por eso Botana sostiene que si en América del Sur las instituciones predominan sobre los gobernantes, habrá más desarrollo e inserción en el mundo. Lo desafortunado es que abunden tanto los políticos histriónicos como Hugo Chávez o Evo Morales. La gesticulación prepondera, los rasgos de parodia dan el tono, algo tóxico se expande por los arrabales de la sociedad. En Bolivia, el presidente Evo Morales ha prescindido E radicalmente de los poderes moderadores del consenso y ha impuesto una Constitución regresiva que hace más impracticable la presencia boliviana en el siglo XXI. La suma de indigenismo y chavismo bolivariano lastra Bolivia con lo más arcaico. El expresidente Jorge Quiroga acusa a Morales de degollar la democracia. Con el cerco de los manifestantes opositores, los trabajos de la Asamblea Constituyente han concluido en una discordia plena, a mano alzada, contra toda norma jurídica, con la actitud agresiva de los Ponchos Rojos que apelan a la revolución. La institucionalización de unos poderes locales etnicistas y secesionistas desborda el margen legal y los pactos sociales, el espectáculo ya es cruento y la sociedad vive entre la perplejidad y el terror. La revuelta contra el proyecto constitucional va por provincias. Todo irá a más en las jornadas del referéndum, como en Venezuela. Evo Morales ha desdeñado la mayoría cualificada por dos tercios. Es otro hachazo al Estado de Derecho mientras Chávez propugna su mando vitalicio sui generis -su reforma constitucional elimina la restricción a dos mandatos y permite sucesivas reelecciones- -frente a la ciudadanía que protesta en la calle. Según la propuesta de reforma constitucional, el estado de emergencia dota al presidente de plenos poderes dictatoriales, sin salvaguarda legal alguna. Ambas iniciativas son de naturaleza hostil al consenso para sustituir anteriores modos de concordia colectiva por una supremacía que a la larga sólo se consigue a sangre y a fuego. En Venezuela, las encuestas indican un rechazo mayoritario a la reforma constitucional que propone Hugo Chávez, pero es un no de mayoría muy estrecha. A pesar de todo, Chávez sigue teniendo apoyo popular. En todo caso, la ruptura del consenso prologa el enfrentamiento civil, la dislocación institucional y la huida hacia delante. Ante el referéndum del 2 de diciembre, incluso algunos sectores que apoyaban al chavismo ahora se retraen para no dar carta blanca a un nuevo emperador bolivariano. El líder populista busca la hegemonía sin trabas, cambia el marco legal si hace falta, degrada el rasero institucional. Sobre todo, corrompe la integridad de los consensos. vpuig abc. es